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Promesas formales y promesas sustantivas

¿Quién tiene que estar tranquilo: el pueblo griego,pensando que se cumplirá lo elegido, o el Eurogrupo, convencido de que se hará honor a lo firmado?

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Como parece que a los políticos les molesta que se les desprecie cuando, sobre todo en campaña electoral, aseveran acerca de un programa de gobierno que ya ellos consideran irrealizable, y lo hacen sin parpadear ni sentir sonrojo, lo que es una muestra de su propia indignidad personal, hablaré de la diferencia entre lo formal y lo sustantivo, sobre todo teniendo las evidencias tan nítidas y recientes como las que ha protagonizado el Gobierno griego de Syriza ante el Eurogrupo.

La razón de la distinción no es porque yo esté de acuerdo en lo que ello implica, pues soy de la opinión que cualquier promesa que haya generado confianza en terceras partes, debe ser cumplida rigurosamente, sino porque, al parecer, el público fiel de a pie, tenemos la obligación de distinguir el cómo y el cuándo se promete para confiar o no en la promesa.

Esto significa que el falso, el tramposo, el fraudulento en ideas y propósitos desplaza la responsabilidad de sus tretas al pueblo que escucha, pues él sabrá, según las circunstancias, si debe de confiar o no en lo que se le está asegurando. No es extraño que en estas circunstancias el pueblo decida no escucharles, y si por azar les oye en alguna ocasión la alternativa es no hacer caso a lo oído.

El programa de reformas que las autoridades comunitarias han estampado sobre el papel y que el Gobierno griego se ha apresurado a firmar es, en esencia, el mismo que pudo tener el Gobierno anterior, con la diferencia de que aquel no nos había inquietado con las nacionalizaciones de empresas, ni con el aumento del personal al servicio del sector público, ni con la revalorización de salarios y pensiones, ni con el rechazo firme a la austeridad, ni menos aún con salirse de la moneda única, si se discutía cualquiera de sus objetivos.

¿Cómo se puede conciliar el discurso electoral de Syriza y su gente, o el más radical aún de Griegos Independientes, con el beneplácito al documento puesto a la firma, y firmado con complacencia? Es que, dirán Tsipras y su arrogante adlátere Varoufakis, lo que dijeron era para la campaña electoral, que ya se sabe no se suele cumplir. Yo, desde luego, no lo sé, y parece ser que los griegos tampoco, de ahí la contestación y el enfado, aunque no dimisión, de Griegos Independientes.

Mis dudas en este momento van más allá del tratamiento teórico de estas líneas. ¿Debemos de considerar que aquel programa electoral eran verdades formales –que ya se sabe no se cumplirán– y que lo firmado ante el Eurogrupo son las verdades sustantivas –para cumplirse–? Y sigo preguntándome: ¿por qué no al revés?

En otras palabras, ¿quién tiene que estar tranquilo, el pueblo griego –pensando que se cumplirá lo elegido– o el Eurogrupo –convencido de que se hará honor a lo firmado–?

Es el problema con quien engaña, que nunca sabes cuándo no lo hace.

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