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Unidos para quitarle lo que es suyo

Lo que está en juego es muy serio. No es solo Europa, no es solo el euro.

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En una de las manifestaciones alentadas por Podemos en apoyo al partido gobernante en Grecia, Syriza, se veían imágenes con una pancarta al fondo en la que se leía "Unidos contra la austeridad". Expresado correctamente, los portadores de la pancarta lo que estaban diciendo exactamente es: queremos reunir gente suficiente para presionarle a usted de tal modo que no tenga más remedio que entregarnos su propiedad.

Si un vecino, o incluso un familiar, quisiera vivir eternamente con nuestro dinero no se lo permitiríamos. Eso mismo es lo que pretenden los que abominan de la austeridad en el gasto público. Consideran que hay que gastar mucho dinero, obviamente para recibir muchas prestaciones, y por supuesto con unos recursos que aportan otras personas. La austeridad en el uso del dinero ajeno siempre es una virtud, nunca es una maldad.

Eso es en el fondo lo que ocurre en Grecia. Manuel Llamas o Juan Ramón Rallo lo han expresado perfectamente en Libertad Digital. El referéndum es, ni más ni menos, una pregunta a los griegos sobre si desean pagar lo que deben o prefieren que no les molesten los acreedores. Una pregunta así no es un ejercicio democrático, porque no cabe someter a la opinión de nadie si se debe pagar lo que se debe o no. El dinero recibido en préstamo, sencillamente, se devuelve en la fecha acordada. Y si uno no es capaz de devolverlo, trata de alcanzar un nuevo acuerdo con sus acreedores, en lugar de intentar esconderse detrás del voto popular en un referéndum para no pagar. No es, por tanto, "terrorismo" de ninguna clase, como dice Pablo Iglesias, rechazar ese referéndum. Ni es un referéndum sobre las exageradamente calificadas como exigencias europeas. Es una votación sobre si se paga o no se paga. Y recordemos que los fondos tomados en préstamo por Grecia son fondos que pertenecen a millones de personas. No es una élite de poderosos la que arrincona a Grecia. Más bien es el gobierno griego el que amenaza a millones de ciudadanos comunes y corrientes de muchos países del mundo –accionistas de bancos o contribuyentes en sus respectivos estados– con no devolverles el dinero que le prestaron.

Lo que está en juego es muy serio. No es solo Europa, no es solo el euro. Esas son instituciones relativamente recientes. Tampoco es solo la estabilidad financiera lo que está en entredicho, con ser ésta tan importante para la vida de las personas, que no quieren volver a encontrarse en un panorama de crisis.

Lo que están en juego son cuestiones profundas de valores. La primera, el eterno deseo humano de vivir mejor pero que sean otros quienes lo paguen. La segunda, la responsabilidad de un gobierno capaz de derrumbar a un país, y hacerlo en nombre de los buenos sentimientos. La novelista y filósofa Ayn Rand decía que el hombre (o un país entero, en este caso) es libre de evadirse de la realidad, pero no es libre para evitar el abismo que se niega a ver. Eso es lo que no quieren aceptar los Tsipras y Varoufakis de Atenas, ni los Iglesias de España.

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