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¿Dónde está la cuestión?

Los comunistas de Syriza están haciendo lo que ideológicamente querían hacer.

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La cuestión griega parece clara pero la realidad es que sobre ella inciden opiniones diversas. La más sencilla es la que describe el fenómeno como un país con problemas, fundamentalmente de sostenibilidad del sistema económico, que requiere, para hacer frente a su escasez financiera, recursos monetarios para no paralizar la actividad económica, y para que los empleados, públicos y privados, y los pensionistas puedan percibir sus haberes.

El problema ahora es que los griegos han elegido un gobierno que les ha explicado que el dinero recibido es una forma de humillación, intolerable para un país de tan rica tradición. Sí que necesitan el dinero, pero quieren tenerlo sin pedirlo (no pueden humillarse más), incluso sin que nadie haga el gesto ofensivo de dárselo o, simplemente, ofrecérselo. Lo cual complica mucho el asunto.

Por eso lo piden (de tapadillo), pero oficialmente no lo piden, y cuando tienen que mostrar y comprometer su política económica y fiscal no presentan los documentos, o los presentan pero aclaran que están equivocados. Llegan al esperpento de, oficialmente, aceptar el documento redactado por la Troika y montar una campaña para el referéndum en la que el mismo gobernante que aceptó el documento aludido pidió que el pueblo rechazase su aceptación.

Algunos, los más moderados en sus opiniones pensarán, y no sin fundamento, que, simplemente, están locos. Yo sin embargo no soy de esta opinión; creo que están haciendo lo que ideológicamente querían hacer, aprovechando su necesidad de financiación. De hecho, no son más que ideología.

Claro que Grecia necesita dinero, pero ni Tsipras ni Varufakis ni Tsakalotos lo necesitan; además, no creo que los ciudadanos griegos y sus problemas preocupen a quienes les están gobernando. Lo de estarles gobernando es un eufemismo.

El escenario y sus tramoyas se entenderían mejor si pensáramos que el señor Tsipras es una antisistema y, como tal, pretende atentar contra el orden establecido, que es su principal objetivo. Para él no hay plazos, no hay formas, no hay compromisos, no hay líneas rojas ni verdes; hay, simplemente, un desbarajuste para trastornar los procedimientos que hasta ahora han marcado nuestras relaciones.

Tan pronto solicita reestructurar la deuda como renuncia a ello; realmente, si no piensa pagarla, qué más le da reestructuración arriba o abajo. Hasta el lenguaje que manejamos, identificador de las instituciones, es motivo de conflicto. No conocen el respeto ni la seriedad en el trato. Y tienen palmeros garantizados, para ovacionar sus folclóricos despropósitos.

Lo único que me preocupa es: ¿qué hace el resto de países de la Unión Monetaria soportando la tomadura de pelo y los desplantes de estos personajes? La dignidad no tiene precio y no puede renunciarse a ella en aras de un acuerdo que parece mendigarse por la Unión de una necesitada Grecia.

¿Por qué no se habla con Grecia como lo haría cualquier acreedor estafado cuando el estafador le solicitara créditos adicionales? Ante la posibilidad de humillación, crédito responsable por ambas partes es la solución.

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