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Podemos y el fracaso de la democracia participativa

En verdad, el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el dirigente medio de Podemos.

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Si alguna idea ha caracterizado a Podemos desde su irrupción como partido político ha sido la de redemocratizar las instituciones políticas españolas. En su programa para las elecciones europeas de 2014 se defendía la necesidad de convertir la participación ciudadana en "un elemento central de la construcción europea" y en su programa marco para los últimos comicios autonómicos propugnaban articular legislativamente "instrumentos de democracia directa". Su mensaje de fondo siempre ha sido que había que rescatar a la democracia de la casta que la había gobernado y que para ello había que perder el miedo con darle voz al pueblo sobre muy distintos asuntos. La democracia participativa debía ser el eje sobre el que girara la vida política, económica y social de España.

En realidad, la democracia es un mal sistema para coordinar la mayor parte de las interacciones sociales: como explico en mi último libro, Contra la renta básica, la democracia tiene problemas irresolubles en materia de información (el votante es incapaz de conocer en profundidad todos los asuntos sobre los que está emitiendo su sufragio), sesgos individuales (el votante deja llevar por sus impulsos, corazonadas y percepciones torcidas sobre la realidad), agregabilidad de voluntades (un mismo conjunto de votos con distintas reglas electorales dan lugar a resultados dispares en unos comicios, y no existe ninguna regla electoral que sea objetivamente superior a otras) e incentivos.

Este último problema de la democracia, el de los incentivos, fue sistematizado en 1957 por Anthony Downs -en su libro, Una teoría económica de la democracia-. Básicamente, Downs expone que la racionalidad de todo votante debería llevarle a no votar: el coste de votar medianamente informado es alto, pero los beneficios que obtiene por votar son cuasi nulos -la influencia marginal de un voto sobre el resulta electoral es totalmente insignificante-. La conclusión de Downs, por tanto, es que los incentivos de racionalidad individual llevarían a la gente o a no votar o a votar desinformadamente -por modas ideológicas-.

Evidentemente, cualquiera que defienda extender la democracia a todos los ámbitos imaginables -economía, medios de comunicación, educación, sanidad, etc.- debería plantearse cómo solventar tan descoordinadores problemas. Otros, en cambio, somos conscientes de que tales problemas no tiene solución y que, por tanto, el imperialismo democrático es un error: la forma de articular una sociedad cooperativa, coordinadora y donde las personas puedan promover sus distintos proyectos vitales no es mediante la extensión de la democracia a todos los ámbitos sociales, sino mediante la estructura de libertades que propugna el liberalismo. No más Estado -tampoco democrático-, sino más sociedad y mercado.

Desde Podemos, sin embargo, no parece que hayan apostado por multiplicar las esferas de libertades de los ciudadanos con el propósito de permitirles vivir sus vidas de manera autónoma y no tutelada ni por élites extractivas ni por plebes extractivas. Al contrario, y como ya hemos visto, siguen defendiendo un imperialismo democrático consistente en someter porciones crecientes de nuestras vidas a la voluntad arbitraria de las mayorías electorales. De ahí que uno esperara que, al menos, los dirigentes de Podemos contaran con algún mecanismo para solventar los anteriores problemas consustanciales a toda democracia.

Mas, al parecer, tampoco ellos han dado con la fórmula mágica para, por ejemplo, remediar el problema de los incentivos a no votar: según han expuesto desde la cúpula del partido, la bajísima participación en sus primarias se debe a que a lo largo de este año ya se han efectuado muchas votaciones y que, además, estas últimas han tenido lugar en pleno verano. Anthony Downs en estado puro: la gente se cansa de votar porque votar conlleva altos costes y muy pocos beneficios. Pero si este es un vicio consustancial al procedimiento democrático, ¿cómo seguir sacralizando la democratización de la vida social española como la llave para solventar todos sus problemas? ¿Cómo extender la democracia a la economía cuando los ciudadanos no tienen el más mínimo interés en votar e informarse continuamente sobre todos los asuntos? ¿Acaso el desafecto popular hacia la borrachera electoral no terminaría dando lugar a un proceso de captura democrática por parte de aquellas oligarquías políticas que supieran manejar y orientar un suficiente número de votos -partidos, lobbies, demagogos, populistas, etc.-?

Podemos ha demostrado en su propias carnes por qué no debemos exigir más estatismo democrático sino más libertad frente al Estado: el objetivo final no debería ser que una mayoría social desinformada, desincentivada, sesgada y manipulable decidiera sobre mi vida, sino que yo mismo decidiera sobre mi vida con autonomía frente a esa mayoría social desinformada, desincentivada, sesgada y manipulable. Decía Churchill que el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio: pero, en verdad, el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el dirigente medio de Podemos.

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