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Un premio para la reflexión

La concesión del Nobel de este año es un motivo para la reflexión y para poner las cosas en su sitio.

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El pasado lunes, cuando en España celebrábamos nuestra fiesta nacional, se concedía el Premio Nobel de Economía 2015 al economista británico (escocés) Angus Deaton, afincado desde hace más de treinta años en la Universidad de Princeton (USA). Es complejo mostrar en pocas palabras el perfil de cualquier persona, más aún si se trata de un científico de larga trayectoria. Pero, si tuviera que hacerlo, concluiría con sencillez que estamos ante un economista humano o, como oí en una ocasión, también aplicado a un colega de profesión, un economista con corazón.

Es un científico al que le preocupa el hombre, su vida, sus grandezas y sus pequeñeces, sus abundancias y sus escaseces, pues, con todo ello, el ser humano es sin duda lo más grande de la creación. Es ese hombre el que conduce a Deaton a su interior para abordar sus carencias en un mundo de abundancia. De ahí su preocupación por la pobreza y también por las formas y, cómo no, por los errores al tratar de mitigarla.

El conocimiento de Deaton y sus preocupaciones a lo largo de su vida actualiza hoy aquel pensamiento tan patente como lacerante en otro economista británico, de honroso recuerdo, Alfred Marshall.

Se decía de él que, en su estudio, y justo enfrente de su lugar de trabajo, tenía un cuadro representando a un mendigo –estamos en la Inglaterra de finales del siglo XIX–. Cada vez que levantaba los ojos de su trabajo y contemplaba al mendigo, concluía que mientras existiera una persona como esa de nada servían sus estudios económicos.

También a Angus Deaton preocupa la pobreza, y, seguramente por ello, critica con dureza la frivolidad de utilizar datos que, siendo esencialmente inquisidores, su valor se desvanece cuando se manipulan en su utilización, también cuando lo son con la noble intención de concienciar a la población sobre tales problemas.

Pero mi intención hoy no era hacer un panegírico del premio Nobel, pues, aunque merecido, es de todo punto innecesario. Sin embargo, no quiero desaprovechar esta ocasión para poner de relieve uno, quizá no el menor, de sus pensamientos doctrinales. Un principio que, aunque muchos lo hemos repetido con frecuencia en las aulas, adquiere especial relieve en Deaton.

Lo enunciaría, simplificando, en que los principios económicos de la microeconómica no difieren de los de la macroeconómica. Es decir, que lo que es verdad en la micro también lo es en la macro, y lo que es falso en una lo es en la otra. ¿Por qué, pues, si denunciamos el endeudamiento masivo del sector privado –y grandes esfuerzos se han hecho para reducirlo– nos martillean los intervencionistas de derechas, de centro y de izquierdas proponiendo aumentar el gasto y el endeudamiento público, sin importar su cuantía?

La concesión del Nobel de este año es un motivo para la reflexión y para poner las cosas en su sitio. Si no por homenaje al premiado, sí porque no hay más remedio.

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