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¿Retorno a los cincuenta?

El PSOE, protagonista otrora de privatizaciones, clama por una intervención planificadora que resultaría tremendamente perjudicial.

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La vida, la de cada uno, también la de las instituciones y la de la propia nación, con sus euforias y sus depresiones, acaba provocando modificaciones en el comportamiento de los sujetos, en un intento de protegerse de los efectos no deseados de aquellos acontecimientos.

El inicio del siglo XXI ha brindado a la humanidad entera la posibilidad de vivir una crisis económica que afectaba tanto a la economía real como a la economía financiera. Una crisis profunda en su intensidad y amplia en su afectación. Una crisis perturbadora de criterios y comportamientos. Algo se habría hecho mal y convenía descubrirlo para evitar futuros errores.

Cualquier crisis, y me atrevo a decir que toda crisis, junto a la zozobra que produce en los afectados, aporta un componente indudablemente beneficioso: es una llamada a la reflexión y una oportunidad para corregir errores pasados, saneando y racionalizando las ideas, los proyectos y las realizaciones. Nunca de una crisis se debería salir sin modificar conductas y sin establecer nuevos propósitos.

La crisis consigue llevar a término lo que los sujetos no han sido capaces de hacer, por comodidad, por indolencia o por incapacidad. La eliminación, del escenario económico, de empresas poco eficientes, incapaces de competir en un mercado abierto y libre, es un servicio que las crisis prestan a la economía, venciendo así la resistencia natural a eliminar lo que no se puede sostener.

Sin embargo, las cosas no son siempre tan unívocas. También ante una crisis caben las actitudes opuestas, aquellas presididas por el conservadurismo, por el paternalismo y, por qué no decirlo, por el proteccionismo, que, esgrimidas como herramientas para evitar mayores males sociales –desempleo, abastecimiento estratégico de bienes o servicios, etc.–, acaban refugiándose en el paternalismo protector, imposibilitando de hecho su mejor porvenir.

Casi diez años después del detonante de la crisis de 2007, algunas voces proteccionistas alientan la inquietud sobre el futuro económico de las naciones. En nuestra vecina Francia, el presidente Hollande ha decidido declarar el estado de "emergencia económica y social" ante el grave problema del desempleo en el país. Ello trata de hacerlo no liberalizando más la economía, ni ajustando remuneraciones a la eficiencia productiva, sino, fundamentalmente, mediante la inyección de recursos públicos, que, probablemente, restarán libertad.

Entre nosotros, el PSOE riojano también se ha pronunciado reclamando un plan de industrialización que levante la economía de la región. ¿Volvemos a la planificación? Irremediablemente, la llamada del socialismo riojano me lleva de nuevo a los años cincuenta en esta nuestra tierra, en que la acción económica o era planificada o vivía al abrigo de lo planificado.

En Francia como en España, entre otros, el orgullo nacional y su proteccionismo han humillado lo que trataban de enaltecer. El PSOE, protagonista otrora de privatizaciones, clama por una intervención planificadora, que no pretende saciar el orgullo nacional, pues, la frentepopulista izquierda española, siempre sucursalista –soviética, cubana, maoísta, chavista...–, tiene muy difícil tal apelación, simplemente, porque alardea de no sentirlo.

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