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Sin reformas, sin votos, pero con déficit

El problema es que en el mandato de Rajoy no ha habido reformas. Se ha hablado de reformas, pero en realidad no se han efectuado.

Javier Fernández-Lasquetty
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Mariano Rajoy, este fin de semana, con su cúpula | Twitter @marianorajoy

Es injusto decir, como tantas veces se oye, que el problema del gobierno de Mariano Rajoy es que se ha dedicado a la economía y se ha olvidado de la política. Eso no es cierto. No se ha dedicado a la economía para no tener que hacer política, y me refiero a la política de verdad, la que merece la pena, la de los principios, los valores y las convicciones.

Hace pocos días se dieron a conocer las cifras de ingresos y gastos de las Administraciones Públicas en el 2015. Los gobiernos de España gastaron más de 55.000 millones de euros que no figuraban en sus Presupuestos, pese a que estos ya contenían una deuda importante. Hablar de desviación del déficit, o de que se trata de un punto más de lo comprometido ante la UE, impide dimensionar la magnitud de lo que esto significa. No les basta con gastar aproximadamente la mitad de la economía nacional, que es lo que gastan anualmente los distintos gobiernos y la Seguridad Social. Ni siquiera con eso han tenido bastante para cubrir todos los gastos y han tenido que pagar 55.000 millones adicionales, que se convierten directamente en deuda pública para las siguientes generaciones.

El Gobierno nacional ha echado la culpa a las Comunidades Autónomas. Tiene parte de razón, pero oculta una parte muy importante de la verdad. El gasto de las CC.AA. está condicionado en una medida amplísima por las leyes nacionales. Porque son leyes nacionales las que obligan a malgastar mucho dinero público en educación o en sanidad sin que ese dinero malgastado genere ningún efecto positivo en el conocimiento o en la salud de las personas. Es, simplemente, dinero que la ley obliga a gastar, por ejemplo en mantener un sistema sanitario a base de funcionarios vitalicios, que ganan lo mismo con independencia de la efectividad de su trabajo. Y conste que no abogo por abandonar el carácter nacional de esa legislación básica, sino que simplemente propugno su reforma integral, como han hecho muchos países europeos.

El problema es que en el mandato de Rajoy no ha habido reformas. Se ha hablado de reformas, pero en realidad no se han efectuado. Reducir el gasto temporalmente durante tres años no es una reforma, sino un recorte temporal. Pero ya sabemos –quien esto escribe lo ha experimentado en carne propia- que es mucho más duro proponer reformas que hacer simples recortes.

En España el dinero público se gasta en cuatro grandes apartados, que engloban la parte del león del gasto público: pensiones, subsidios de desempleo, sanidad y educación. Es inconcebible que España pretenda salir de una crisis como la que ha vivido sin reformar en profundidad esos cuatro sectores. Pero desgraciadamente es lo que se está queriendo hacer. Salvo en el apartado laboral, en estos años se ha abdicado de la responsabilidad, e incluso se ha perdido la oportunidad, de reformar a fondo el sistema de pensiones, el de salud o el de la educación pública. España pagará muy caro y durante muchos años no haber hecho ahora esas reformas que son, además de inevitables, beneficiosas para los ciudadanos. ¿O es que en Holanda, donde reformaron la sanidad de manera que toda ella está prestada por operadores privados, no hay un excelente sistema para prevenir y curar las enfermedades? Si en estos años se hubiera tenido la valentía de reducir el peso del sector público, romper el monopolio funcionarial, abrir al sector privado la prestación de servicios o la capitalización de las pensiones, el futuro de España sería muy distinto, y desde luego mejor.

No se ha querido, y ahora los episódicos recortes se cancelan, porque se creen que la crisis ha pasado. ¿Qué razón había para volver a dar días de vacaciones adicionales a los 2,5 millones de empleados públicos, los llamados "moscosos"? Pues se está haciendo ahora mismo, como si nada hubiera pasado y como si la crisis hubiera sido un episodio ajeno y pasajero.

Si no se han hecho reformas en serio ha sido por el temor de Mariano Rajoy a desgastar su imagen personal, y en consecuencia a perder votos. ¿Se creyó que lo inteligente era no hacer casi nada para de ese modo evitar el rechazo de los ciudadanos? Pues no ha podido equivocarse más. No ha hecho reformas, y con eso lo que ha conseguido es perder la tercera parte de sus votos, y por si fuera poco ha sacado de sus cavernas a los revolucionarios que alimentan el resentimiento. Todo un balance, por el que merecerá ser recordado siempre.

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