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José García Domínguez

Elogio de Deng Xiaoping

Vuelve la recesión mundial, sostiene el FMI. Algo que todo el mundo relaciona de un modo u otro con China.

José García Domínguez
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Vuelve la recesión, sostiene el FMI. Algo que todo el mundo relaciona de un modo u otro con China. Deng Xiaoping, tal vez el hombre más inteligente que haya gobernado un país en la última centuria, descubrió que la fórmula magistral para sacar a China de la miseria consistía en implantar el capitalismo, pero incumpliendo la mitad de las reglas de la economía de mercado. Una fórmula, por cierto, tan eficaz como poco original. De hecho, iba a ser la misma que, grosso modo, ya habían aplicado con éxito los llamados tigres asiáticos, todos ellos alumnos aventajados de Japón, otro transgresor célebre de la ortodoxia económica de raíz intelectual anglosajona. Paradojas de la historia, la estrategia de Deng Xiaoping demostró ser tan buena que los organismos internacionales, encabezados por la Organización Mundial del Comercio, acabaron prohibiéndola. De ahí que todo lo que hizo Pekín para salir de la pobreza crónica sea ilegal ahora mismo. Al punto de que cualquier nación que decidiera imitarla hoy, incluida la propia República Popular China, se vería sometida de inmediato a sanciones comerciales y de todo tipo por parte de los grandes países industriales del planeta.

Más aún que por su tamaño, China es tan importante porque su caso ilustra como ningún otro el gran éxito y, a la vez, el gran fracaso de eso que se ha dado en llamar globalización. El triunfo, como todo lo obvio, no requiere mayor comentario. El fracaso, en cambio, merece mucha más atención. Y es que no puede obedecer a una mera casualidad que el desmoronamiento del orden capitalista mundial en 2007 coincidiese con un superávit comercial chino de dimensiones estratosféricas, un asombroso 11% del PIB. Desequilibrio gigantesco que tampoco por azar comenzó a gestarse justo después de que las autoridades chinas cedieran frente a la presión de Estados Unidos y Europa para acabar con su política industrial contraria a las normas de la OMC. China, a mediados de los noventa, bajó de golpe todas las barreras arancelarias que protegían a su industria nacional de la competencia exterior. Pero el remedio resultó ser mucho peor que la pretendida enfermedad. Muchísimo peor. El gran problema de los chinos es que si cumplen las normas no crecen al ritmo deseado; y si no crecen al ritmo deseado la legitimación del Partido Comunista para seguir monopolizando el poder se desvanecería como un azucarillo en el café. Para los comunistas, crecer anualmente a tasas superiores al 5% no es un simple asunto de estadísticas, es una cuestión de vida o muerte.

Así las cosas, dado que el supremo dogma del orden económico global contemporáneo proscribe toda política proteccionista nacional, a Pekín no le quedó otra salida que empezar a manipular su moneda para favorecer las exportaciones. El Banco Nacional de China lleva tres lustros forzando a diario la depreciación de su propia divisa en los mercados monetarios. Con una divisa infravalorada, es universalmente sabido, se exporta más y se importa menos. Y cuando eso lo hace por norma el país más poblado del mundo, el asunto no es para tomarlo a broma. Sin esos tres lustros ininterrumpidos de manipulación a la baja de yuan, a estas horas no existirían ni Donald Trump ni Bernie Sanders. Y seguramente tampoco se habría producido el gran cataclismo financiero de 2007 en Estados Unidos. Al final, impedir que los emergentes siguieran por su propio camino nos ha llevado a todos al precipicio. Tenemos tanto que aprender de Deng.

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