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A vueltas con los billetes

¿Qué aconseja este cambio de mentalidad? ¿Es la impotencia del Estado para perseguir actividades delictivas?

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Naturalmente, me estoy refiriendo a los billetes de banco, títulos emitidos por la autoridad monetaria en régimen de monopolio. Aunque el monopolista, que ya sabemos detenta poder, debería respetar unos principios que se encuentran en los cimientos de propia sociedad. La Escuela de Salamanca penalizaba al soberano que devaluase la moneda.

Se viene hablando, con machacona insistencia, de la eliminación del dinero impreso, el cual se verá sustituido en las transacciones por instrumentos financieros como transferencias bancarias, tarjetas de crédito, etc., con el mismo poder liberador que ha tenido el dinero durante tantos siglos.

¿Qué aconseja este cambio de mentalidad? ¿Es la impotencia del Estado para perseguir actividades delictivas? Si este fuera el caso, habría que acabar con el Estado por su impotencia, no con el dinero, que ha mostrado su capacidad en la función que siempre ha tenido asignada: intervenir en las transacciones eliminando la complejidad del trueque.

De momento, parece que ya está muy cocinada la supresión de los billetes de quinientos euros, aunque lo sea de forma gradual, como pretende Alemania. Pero temo que si el problema es el tamaño de la maleta para acarrear el dinero delictivo, en breve se decidirá prescindir también del billete de 200, más tarde del de 100, etc.

En la situación actual, ya nos hemos dejado algún principio por el camino. Así, el billete de banco, en terminología mercantil, es un título al portador –recordemos la fórmula de los años cincuenta a los setenta: "El Banco de España pagará al portador veinticinco pesetas"; no figuraba esta leyenda en el papel moneda de una, dos y cinco pesetas–. Pues bien, si es un título al portador, ¿por qué me piden identificación si presento en el banco un billete de quinientos euros?

El problema tiene mayor alcance: cada día se habla más de eliminar el dinero en las transacciones, lo que nos llevaría a un escenario de todo el dinero en el banco, que sólo se utilizaría a través de instrumentos financieros, quedando nuestra caja doméstica a cero. Una situación óptima para gravar los depósitos bancarios mediante impuestos, ante los que no cabría elusión, pues el dinero en casa sería un dinero estéril.

Ya ven que, por cursilón, no he utilizado el argumento, que se adujo en la creación del euro, de que la moneda crea una identidad nacional, pero sí que el dinero, en tanto que instrumento para las transacciones, forma parte del sentir de las necesidades humanas desde hace casi treinta siglos, cuando el lingote metálico se ve sustituido por la moneda acuñada.

Y eso que muy pronto aquella moneda empezó a falsearse por el propio emperador que la acuñaba, obligándonos, ya para siempre, a utilizar monedas quebradas –lo contrario es inimaginable–, en las que el valor facial (nominal) es superior al real. Una diferencia que en el origen era una renta para el emperador.

¿Hasta dónde llegarán los emperadores del siglo XXI?

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