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Éste es el Hospital del Juguete y así trabaja el único Doctor que queda en España

El negocio de Antonio Martínez ha sobrevivido a la aparición de China en el mercado juguetero y a la irrupción de las nuevas tecnologías.

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El 'Hospital del Juguete': la última salvación antes del olvido

Cuando nada más salir del colegio, Antonio Martínez se iba a ayudar a su padre con el negocio familiar, se convertía en la envidia de sus amigos. El motivo no es que a este chiquillo de 12 años le dieran una suculenta paga por su trabajo: la razón de generar tanta envidia (de la sana) era que sus padres regentaban un taller de juguetes.

La historia de esta familia de artesanos se remonta a los años 50. Entonces, los padres de Antonio se dedicaban a la fabricación de juguetes. La hojalata, la madera o la mayólica eran los materiales de la época, pero en con la llegada de los juguetes de plástico a España, "mis padres no se quisieron adaptar y prefirieron dedicarse a reparar los juguetes que ya había", cuenta Martínez en una entrevista a Libre Mercado.

Han pasado 66 años, y Antonio sigue reparando juguetes. Lo que sus padres comenzaron en un taller ubicado en su propia casa, para después montar su propio local en Madrid, él lo continúa haciendo en el madrileño barrio de Pacífico. De hecho, Antonio Martínez es el único Doctor de juguetes con hospital propio que queda en España.

Llegamos a su sanatorio en plena operación. Una potente luz alumbra la particular mesa de quirófano de Martínez, que está ataviado con una bata blanca en cuyo bolsillo puede leerse Hospital del Juguete"Todavía hoy la gente me envidia por lo que hago, me dicen que jugar no es un trabajo ¡Si ellos supieran lo esclavo que es! Entro a las 8 de la mañana y lo dejo a las 9 de la noche", se lamenta.

Pero este peculiar doctor reconoce que arreglar juguetes es su pasión. "Mis favoritos son los autómatas, los que hacen cosas", dice. Y es a una muñeca autómata, "de esas que se mueven", a la que está operando en esos momentos.

"Era de una niña rica", asegura. Se trata de su juguete más antiguo, del año 1890. "La cabeza está bien, por eso la tengo tan protegida. Es una muñeca de cuerda y tengo que hacerle un fuelle y reconstruirle la rueda con plomo, que está machacada". La restauración completa le llevará unos 15 días.

China, un competidor imbatible

Antonio repara muchas Mariquitas Pérez. También tiene hospitalizada a otra muñeca de la época: la Gisela. La que tiene en su hospital es del año 1945. "Sufrió un tremendo golpe y tiene el cuerpo, que es de cartón piedra, machacado. Hay que pintarla, arreglarla con masilla, lijarla y ponerle una peluca nueva", cuenta. Cuando esté lista, sabe que su propietaria podría sacarse un buen dinero por ella, pero no lo hará, "la quiere de recuerdo".

Las Nancys, aunque son más modernas, están entre sus principales clientas. "Ya no se venden Nancys como estas", relata con un modelo de los 80 entre las manos. Tiene la pierna rota y le hará una nueva desde cero. "Primero tengo que hacer un molde de silicona y después, le haré la pierna de resina. No quedará igual porque la pierna será maciza, pero es lo más parecido", explica. Otra de sus Nancys también tiene la pierna rota, "pero le ha salido un donante", bromea. Antonio compra juguetes estropeados para reutilizar algunas de sus piezas. "Hay coleccionistas que llegan a vender por 200 euros Nancys restauradas", afirma.

"Lo que no merece la pena es arreglar una muñeca de las que se venden ahora", asegura el artesano. "Te cuesta más arreglar una Barbie de 20 euros que comprar otra", añade. El declive de negocios como el de Antonio comenzó con la deslocalización a China de las fábricas que compañías como Famosa o Mattel tenían en España. "La mano de otra es más barata y es imposible competir", recuerda con resentimiento. "Después de irse, simplemente, dejaron de fabricar piezas sueltas. Si querías una muñeca, tenías que comprar otra", relata.

Sus clientes ya no son niños

Con la desaparición de las fábricas de repuestos de juguetes, todos los negocios como el de Antonio en nuestro país se vieron abocados al cierre. Ahora, el artesano tiene todo el mercado español para él. Eso es bueno, ¿no?, le preguntamos. "Me da para vivir. Yo cojo todo tipo de juguetes, pero tardo más en hacer el trabajo", responde.

Antonio no tiene a ningún empleado a su cargo porque es muy celoso con su técnica. "Tienes que saber de electrónica, de carpintería, de modelismo y de electricidad, pero otras muchas cosas, son trucos que me guardo", cuenta.

Pero si este artesano ha logrado sobrevivir a la revolución china y a la irrupción de las nuevas tecnologías entre los más pequeños es por su gran capacidad de analizar el mercado en el que se encontraba.

Sabe que los niños han dejado hace tiempo de ser su público objetivo, aunque no puede evitar emocionarse al recordar cuando "todos los 7 de enero se nos llenaba el taller de niños con juguetes para arreglar". Ahora, "los críos nacen con un ordenador bajo el brazo y ya no les puedes conquistar sin un dispositivo electrónico. Puedes engancharles un momento, pero en cuanto te descuides, están pidiéndote el teléfono móvil", explica.

"El único futuro que le veo al juguete clásico es para conservarlo como antigüedad y como recuerdo, aunque hay muchos padres que se empeñan en que sus hijos jueguen con sus muñecos". Por eso, el artesano ha redirigido su negocio a "coleccionistas y nostálgicos". 

A Antonio le queda un año para jubilarse y cree que estará "alguno más" porque ninguno de sus tres hijos continuará con el negocio. No le incomoda que le llamen Doctor. Sabe que lo es… a su manera. "Me han llegado a decir que soy el Geppetto del siglo XXI, pero yo prefiero Doctor de juguetes".

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