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EDITORIAL

La solución a la "pobreza energética"

El paro, y no las eléctricas, es la auténtica raíz de la pobreza en España.

La denominada "pobreza energética" se ha convertido en el último mantra de la izquierda, especialmente de Podemos, para defender y justificar sus desastrosas políticas económicas. Siguiendo el plan de Pablo Iglesias de "politizar el dolor", el partido morado ha aprovechado la trágica muerte de una anciana en Reus que carecía de luz para lanzar una amplia campaña política y mediática en contra de las eléctricas, culpándolas así tanto de este fallecimiento como de la difícil situación económica que, por desgracia, todavía sufren muchos españoles. Así pues, poco importa que la familia de la víctima haya acusado a la nieta de homicidio imprudente o que existan dudas razonables sobre la mala gestión que ha llevado a cabo el citado Ayuntamiento, gobernado por CiU, según los propios afectados.

Pero más allá de la mezquindad y la profunda miseria moral que supone emplear el mal ajeno en beneficio propio, el problema de fondo es que Podemos y la izquierda, en general, yerran totalmente en el diagnóstico y, por tanto, ofrecen soluciones erróneas, cuya implementación acabaría generando muchos más problemas que soluciones al conjunto de la población.

El "rescate energético" de Iglesias y los suyos consiste, básicamente, en impedir o limitar por ley los cortes de luz, al tiempo que abogan por nacionalizar de nuevo el sector energético. Lo primero que cabe señalar a este respecto es que ninguna de estas dos medidas ataca el problema de fondo. A saber, la alta tasa de paro y la elevada factura de la luz. En este sentido, el aumento de la "pobreza energética" en los últimos años o, lo que es lo mismo, la dificultad para mantener a una temperatura adecuada la vivienda es una consecuencia directa del incremento del paro, sobre todo el de larga duración, que es donde se concentra dicha problemática.

El paro, y no las eléctricas, es la auténtica raíz de la pobreza en España. Sufrir una tasa de desempleo próxima al 20% supone una anomalía inaceptable en el mundo desarrollado, pero no es algo nuevo en el panorama nacional. España era, hasta hace poco, uno de los países con mayor rigidez laboral del mundo y, por ello, no es casualidad que el índice medio de desempleo haya rondado el 17% en los últimos 30 años. La positiva, aunque insuficiente, reforma laboral aprobada en 2012 ha logrado mejorar parcialmente este drama, tal y como evidencian los 500.000 nuevos empleos anuales que registra el país, pero no ha logrado solventarlo. Si un pequeño avance en la flexibilidad laboral se ha traducido en la mayor creación de empleo desde la época de la burbuja inmobiliaria -pero sin burbuja-, completar esta reforma, a imagen y semejanza de los países del centro y norte de Europa, aceleraría de forma muy sustancial la reducción del paro.

El empleo es, por tanto, la primera y más eficaz receta contra la pobreza y la marginalidad, pero no la única. El segundo gran problema es que España sufre una de las facturas eléctricas más caras de Europa y de la OCDE, y no, precisamente, por culpa del inexistente mercado eléctrico, sino por su completa politización. La energía es, junto a la banca, el sector más intervenido por el Gobierno, ya que los políticos, no los consumidores ni las empresas, deciden qué, cómo, cuánto y a qué precio producir la electricidad.

Una de las brillantes ideas que desarrolló la clase política en esta materia fue fomentar el uso de energías renovables, las más caras e ineficientes, mediante primas cuyo coste sufragan las familias y las empresas a través de la factura de la luz. El resultado de semejante despropósito fue un abrupto y creciente encarecimiento de la electricidad. Si a ello se suman todos los impuestos y el resto de costes políticos que soporta el sistema, la clave es que más del 50% del precio final que pagan los consumidores es ajeno al mercado energético. O, dicho de otra forma, sin intervencionismo público, la factura de la luz se reduciría a la mitad, aliviando con ello el bolsillo de muchas familias y empresas.

Podemos, sin embargo, propone todo lo contrario: mayor rigidez laboral (más paro y sueldos más bajos) y mayor politización energética (encarecimiento, ineficiencia y altos impuestos para cubrir los agujeros que surgirían por doquier). En poco tiempo, tal y como se ha encargado de demostrar una y otra vez la historia, la receta podemita se traduciría en mucha más pobreza e incluso escasez de energía (apagones generalizados y racionamiento de luz). La pobreza se combate generando riqueza, no al revés, pero la especialidad de Podemos y la extrema izquierda es justo la opuesta.

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