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José T. Raga

Ante el Presupuesto

Aunque resulte muy rotunda la afirmación, estamos en el momento más importante del año para la economía de una nación: el de la conformación del presupuesto del sector público. Pese a nuestra tendencia a trivializarlo todo, cada día alguien, del Gobierno o de la oposición, cuando no de los medios, nos ilustra con referencias que muestran el interés subyacente por conocer cuáles son los grandes objetivos que pretende alcanzar el pueblo español en año 2017, y cómo financiarlos.

La desolación se producirá a posteriori, cuando, como en tantos años, el día de la presentación y debate de dicho Presupuesto en las cámaras legislativas, que son quienes tienen que darle su aprobación, encontremos los escaños vacíos o, para no exagerar, con escasa asistencia; no digamos si la solemnidad del acto presupuestario coincide con un enfrentamiento deportivo de los que no pueden perderse.

Desde el inicio de los años cuarenta, es decir, como resultado de la aportación de John M. Keynes a la economía –recordemos que la Teoría general del empleo, el interés y el dinero aparece en 1936–, el presupuesto del sector público deja de ser una simple cuenta de ingresos y gastos, como en cualquier contabilidad, para convertirse en el instrumento más importante de política económica de la nación.

El pueblo, representado por el poder legislativo, decide cuáles son sus objetivos para el año que se inicia, cómo desea acometerlos y hasta qué punto está dispuesto a hacer sacrificios económicos para alcanzarlos –y quizá no sólo económicos, pues también está presente la convivencia social y lo que eso implica–, todo ello configurando un plan congruente, armónico y realista. Un plan que vinculará la acción de gobierno, que será juzgada por el oportuno control a lo largo de los 365 días.

La importancia de lo que subrayo, y la razón de hacerlo, es porque lo que llamaríamos Oficina del Presupuesto –quizá simplemente Ministerio de Hacienda– no puede ser la taquilla por la que pasan los políticos varios que tienen sus escaños en el Parlamento, para pedir partidas presupuestarias para objetivos particularistas a cambio de un voto favorable en el momento en que el Presupuesto se someta a aprobación o rechazo.

A nadie se le escapa que tal método presupuestario sería el escenario idóneo para objetivos contradictorios, es decir, para la esterilidad económica del mismo. Tampoco puede ser, aunque se practique cada año, que lo que ya está suponemos que está bien y que lo único que hay que discutir es qué añadimos a lo del año pasado. Este modo es el más adecuado para la consagración de cadáveres económicos, que se perpetúan en el tiempo engrosando el volumen del gasto presupuestario estéril.

Estoy de acuerdo con que el objetivo de bienestar nos abre nuevas necesidades que hay que atender en una sociedad moderna, pero ¿cuándo nos preguntamos para qué sirve lo que ya tenemos? ¿Por qué no sustituir lo que ha dejado de tener sentido, ante el nuevo objetivo que nos compromete?

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