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EDITORIAL

Lo que está en crisis es la libertad, no la socialdemocracia

Los partidos tradicionales están siendo fagocitados, en mayor o menor medida, por el viejo y retrógrado socialismo continental.

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Son muchos los que llevan años alertando de la supuesta crisis en la que está sumida la socialdemocracia a nivel global cuando, en realidad, lo que está en peligro no es, ni mucho menos, el profundo intervencionismo estatal y los elevados impuestos que dicha ideología propugna, sino los partidos tradicionales que, hasta ahora, la representaban. La práctica desaparición del otrora todopoderoso Partido Socialista en Francia, el desplome electoral de los laboristas británicos o la grave división interna del PSOE no reflejan el declive de la socialdemocracia, sino la caída y el caos que sufren sus referentes partidistas.

La socialdemocracia, por desgracia, sigue gozando de una excelente salud en Europa y, muy especialmente, en España. Lo que está en crisis, por el contrario, es la libertad. Los partidos tradicionales están siendo fagocitados, en mayor o menor medida, por el viejo y retrógrado socialismo continental, cuya ruinosa deriva naufragó en la mayoría de países europeos durante los años 80 y principios de los 90. No en vano, basta observar mínimamente el programa económico y social que blanden los populismos de nuevo cuño, ya sean de derechas o de izquierdas, para percatarse de que todo su recetario gira en torno al proteccionismo comercial, la autosuficiencia económica, la antiglobalización, la estatalización de los sectores productivos, la politización de la sociedad y una carga fiscal mucho más lesiva. En definitiva, mucho más Estado y menos mercado.

Y España no es ajena a este preocupante fenómeno, tal y como advierte el último Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage. La economía nacional se ha desplomado hasta el puesto 69 de la tabla, situándose así en la zona media de una clasificación que incluye un total de 180 países. Se trata del peor resultado que ha cosechado España desde que comenzó a elaborarse este indicador, en 1998, y da buena cuenta de la peligrosa deriva por la que transita el país. El elevado déficit, la histórica deuda pública, los altos impuestos, la excesiva y pesada regulación, la inseguridad jurídica, la lentitud de la Justicia o los problemas de corrupción son los factores que explican este gran retroceso.

Lo que impera en España, por tanto, no es la responsabilidad individual, la defensa de la propiedad privada o la eficiencia de las instituciones que defiende el liberalismo, sino la profunda y lesiva politización de la vida económica y social que impera por doquier. La doctrina socialdemócrata se ha impuesto de forma incontestable y lo grave del asunto es que no hay ni un solo partido que se atreva a cuestionar hoy en día el discurso políticamente correcto, pero profundamente lesivo, de la progresía dominante. Defender lo contrario es un estigma. La socialdemocracia está, por tanto, ganando la batalla de las ideas porque no hay casi nadie dispuesto a rebatir sus postulados y, como consecuencia, ha emprendido una huida hacia adelante cuya próxima parada es el socialismo recalcitrante de oscuras décadas atrás o, en última instancia, el bolivarianismo de Podemos.

Lo que está en crisis es la visión liberal de la vida, la responsabilidad del individuo y la defensa de sus derechos y libertades fundamentales, como bien demuestran los vítores a la ocupación de pisos o los insultos a quienes progresan y triunfan en el mundo empresarial por parte de políticos y medios de comunicación, en general, entre otros innumerables ejemplos. No, no es la socialdemocracia la que está amenazada, sino la libertad.

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