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El equilibrio del terror financiero

La suerte del sistema económico de los Estados Unidos está en este preciso momento en manos del Buró Político del Partido Comunista Chino.

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Donald Trump y Xi Jinping | EFE

Larry Summers, el responsable del Tesoro con Clinton y luego rector de la Universidad de Harvard, sentenció no hace mucho que el principio fundamental de la Guerra Fría, la destrucción mutua asegurada, es lo que sustenta ahora mismo en pie a la economía mundial. Un orden, el de la globalización, que a decir de Summers se basa en lo que él llama el "equilibrio del terror financiero". Y es que, acaso porque la Historia se escribe a base de paradojas, resulta que la mayor parte de la deuda nacional de la primera potencia capitalista del mundo, los Estados Unidos de América, está en manos del Estado de la última gran potencia comunista del mundo, la República Popular China. Un asunto, el de la identidad de los poseedores de la inmensa deuda pública de Estados Unidos, nada baladí. Porque no implicaba lo mismo que sus dueños fuesen mayoritariamente europeos, como ocurrió hasta finales de la década de los ochenta. O que resultasen ser japoneses, lo que sucedió justo después, cuando ese país se vio en la necesidad de colocar su enorme superávit comercial de la época en un activo internacional seguro, los bonos del tesoro norteamericanos.

Pero cuando Japón comenzó su estancamiento crónico tras el estallido de su particular burbuja inmobiliaria, China entró en escena para sustituirlos como principal tenedor exterior de títulos de deuda norteamericanos. Lo que significa, lisa y llanamente, que la suerte del sistema económico de los Estados Unidos está en este preciso momento en manos del Buró Político del Partido Comunista Chino. Con razón habla Summers de un equilibrio financiero del terror. Y no sólo Summers, por cierto. La propia Oficina de Presupuestos del Congreso, un organismo técnico y no partidista, ha recordado en un informe anual reciente que si algún país extranjero decidiera vender en masa su cartera de bonos americanos, una clara alusión a China, el dólar se hundiría en el acto y los tipos de interés y la inflación se dispararían al tiempo. Por su parte, los mercados de valores entrarían en barrena y el consumo privado se reduciría también de repente. Tras ese colapso instantáneo en América, ya solo sería una cuestión de tiempo que la recesión llegase a las economías de los socios comerciales de Estados Unidos. No es ciencia ficción apocalíptica, es la opinión profesional de uno de los organismos de evaluación económica más serios, independientes y prestigiosos del mundo.

Por eso, cuando en abril de 2006 Obama habló con semblante serio de "mantener la deuda alejada de las manos de inversores extranjeros", todo el mundo entendió que se estaba refiriendo a China. Un deseo nunca satisfecho, por cierto. Porque otra de esas paradojas, las que hacen avanzar la Historia a trompicones, es que los entusiastas del libre mercado han ganado, sin duda, la batalla de las ideas en el ámbito del pensamiento económico, tanto en el académico como en el de la divulgación popular. Pero, sin embargo, los viejos mercantilistas, con su tan denostado intervencionismo monetario para favorecer las exportaciones manipulando el tipo de cambio de sus divisas, la gran especialidad de los chinos contemporáneos, han sido quienes han triunfado allí donde realmente importaba: en el mundo tangible. Aquí y ahora, los occidentales del G20, con Trump a la cabeza, están sentados sobre un barril de dinamita amarilla.

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