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Calviñismo

El calviñismo es una especie de macroeconomía de andar por casa cuyos fundamentos son aún ignotos y difíciles de establecer.

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Nadia Calviño | Europa Press

El calviñismo es una especie de macroeconomía de andar por casa cuyos fundamentos son aún ignotos y difíciles de establecer debido a que su principal ideóloga se prodiga poco en escritos y declaraciones. Pero algunas hay y merece la pena detenerse en ellas. Ahora que el doctor Sánchez se ha decidido a presentar sus Presupuestos para este año, siguiendo la costumbre, en el Ministerio de Economía han elaborado un bonito cuadro macroeconómico cuyas cifras no se sabe muy bien qué es lo que reflejan, sobre todo si se tiene en cuenta su incoherencia con las versiones anteriores de tan delicado instrumento de propaganda. He aquí, efectivamente, el quid de la cuestión, pues en el calviñismo lo esencial es el apostolado político y lo secundario la ciencia económica. Es verdad que esto tiene precedentes, principalmente zapateriles, como aquel que se plasmó en la proposición de que "el superávit también es socialista", formulada por el entonces presidente del Gobierno cuando las cuentas públicas le revelaron que había más ingresos que gastos.

El caso es que ahora estamos en la situación inversa y a la ministra Calviño, en vez de entrarle el canguis, lo que le ha venido es un furor por aumentar el exceso de gasto sobre los ingresos públicos porque cree, con fe de carbonero más bien estúpido, que así logrará impulsar el crecimiento económico. Keynesianismo barato, dirán algunos sin percatarse que la interfecta, seguramente, no ha leído nunca a Keynes; y si lo ha leído, no lo ha entendido. No, no se trata de keynesianismo sino de calviñismo; o sea, de esa idea que pone por delante eso que algunos denominan "lo público" en detrimento de lo privado, atribuyéndole efectos taumatúrgicos, sobre todo para el bienestar de los ciudadanos. La ministra de Hacienda, a la que se le notan sus carencias formativas en la materia, lo ha expresado incluso mejor que la Calviño, al presentar los Presupuestos, afirmando que "se ponen las bases de un crecimiento económico más inclusivo, eficiente e inteligente". Tres adjetivos éstos que, pobre de mí, jamás había visto atribuidos al crecimiento en la literatura económica que vengo leyendo desde mi juventud, hace ya cinco añoradas décadas.

Pero vayamos a las ideas calviñistas. Para la ministra Calviño, el crecimiento del año que viene será menor al proyectado inicialmente por el Gobierno porque los senadores del PP son muy malos y le han bloqueado su senda de déficit, obligándole a pasar del 1,8 al 1,3 por ciento del PIB. Esto, según la nueva doctrina, rebajará la tasa de variación del PIB hasta el 2,2 por ciento. Más aún, la señora Calviño sostiene que "si hubiéramos mantenido la senda de déficit del 1,8%, hubiéramos revisado al alza el crecimiento, pero un ajuste fiscal más fuerte supone un menor crecimiento". O sea, si lo decimos de otra manera tenemos que cuanto mayor es el déficit estatal, la economía crece más; y lo contrario ocurre si el déficit disminuye. ¡Amén y viva España! Pero entonces me entran dos dudas irresolubles. La primera entronca con la doctrina zapateril: ¿cómo puede ser socialista el superávit? La segunda es más inquietante: si el déficit nos hace crecer, ¿por qué no lo aumentamos, digamos, hasta el 30 o el 40 por ciento y entonces nos forramos todos, incluso los de derechas, aunque esto no sea ni inclusivo, ni eficiente ni inteligente?

Para más inri, la señora Calviño ha dicho también que nuestra senda de crecimiento es "sólida" y "notable"; y además ha señalado que "todo apunta a que el cuarto trimestre de 2018 sería incluso mejor que los anteriores". Si esto fuera verdad, lo que podríamos pensar es que la tasa de crecimiento anual del PIB superará, cuando se publique su estimación, el 2,4 por ciento en el que estaba a final de septiembre, según el INE. Y dado que el valor añadido que refleja esa variable macroeconómica se genera en la producción de bienes y servicios, podría esperarse un mayor optimismo en las previsiones oficiales. Pero no es así porque el calviñismo todo lo centra en el consumo público –que, por cierto, va como un tiro–, sin pensar que, con menos déficit estatal, a lo mejor los ciudadanos corrientes tendrían más dinero para gastar y ahorrar, y los empresarios para invertir. Claro que, entonces, no se podría "blindar el Estado de Bienestar" al estilo sanchista, según ha señalado la ministra Celaá.

Visto lo visto, no me cabe la menor duda de que Nadia Calviño va haciendo méritos para acabar ocupada en la Comisión Europea, siempre que el doctor Sánchez logre alargar su mandato al menos hasta que llegue el momento oportuno para proponer los nombres de los futuros comisarios españoles. Espero que no lo sea en el área de economía, porque sería terrible: ¡el calviñismo convertido en doctrina oficial!.

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