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José T. Raga

¿Tampoco en el cálido verano?

¿Qué grave pecado hemos tenido que cometer los españoles para que ni siquiera en un estío tórrido nos dejen vivir nuestra vida?

José T. Raga
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¿Qué grave pecado hemos tenido que cometer los españoles para que ni siquiera en un estío machacado por el cambio climático nos dejen vivir nuestra vida? Es verdad que nuestro Gobierno sufre las desdichas de quienes le vigilan, advirtiéndole de compromisos no cumplidos.

También nosotros pensamos lo mismo, pero la verdad es que las llamadas de atención del FMI –ese al que quiere ir la Sra. Calviño–, la Comisión Europea, la OCDE, el Banco de España, la Airef… tienen más impacto que las que podamos hacer los españoles; por razón simple de su condición supranacional o su prestigio institucional, cuando, por razón de legitimidad, llevamos los españoles ventaja más que sobrada, pues, al fin y al cabo, somos los sufridores.

Es tan errática la forma de gobernar del Sr. Sánchez –y ello presumiendo que es gobernar lo que hace, o mejor lo que no hace– que ha conseguido lo que era menos probable: que todos califiquen como caótica su acción de gobierno. No hay una opinión, salvo la de sus deudos, que se alinee con nuestro presidente en funciones.

Dondequiera que pongamos el oído, todo son amenazas. Desde el otrora conocido hombre del tiempo, hoy también mujer del tiempo, que a diario nos amenaza con más y más calor, hasta las ministras que pretenden, a toda costa, recaudar más y más, con mayores impuestos y, como aun así será poco, eliminando exenciones en algunas comunidades.

Y qué decir de nuestra libertad, la del hombre, atributo del que éste goza desde antes de existir Estado alguno y de aparecer la primera autoridad. ¡Suprimamos la libertad! ¿Por qué motivo? No importa, se es autoridad –en minúscula– cuando se hace lo que venga en gana. Justo o injusto, ¿qué más da?

A la señora Calviño se le ha ocurrido crear un órgano, la Autoridad de Protección del Cliente Financiero, con capacidad jurisdiccional sancionadora, de instancia única, que impone una penalidad –algo como 200 euros– por cada reclamación que efectúe cada cliente ante una entidad bancaria. Tenga razón para ello o no, porque la ministra no está pensando en la veracidad de la queja.

Dado que los bancos son muy, pero que muy malos, hay que proteger a los clientes, que son buenos, muy buenos, para que aticen a los bancos a sus anchas. Para el cliente es gratuito atizar, aunque sea con falsedad, pero el banco pagará siempre. ¿Esto mismo piensa implantarlo Calviño a nivel mundial, si accede al FMI? Pero ¿en qué mundo vivimos?

Encariñada con la idea, podría aplicar medidas equivalentes a las reclamaciones contra las compañías de telefonía, las suministradoras de gas, de electricidad, y por qué dejar fuera a Renfe o al servicio de transporte aéreo, marítimo o terrestre.

Pensar que esta ministra nos cautivó en origen… Parecía otra cosa…

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