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José T. Raga

Actividad económica, actividad humana

La ministra de Trabajo pretende aumentar la prestación por desempleo e incrementar sustancialmente el período de percepción. Las ayudas públicas desincentivan el trabajo formal.

José T. Raga
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No se asusten por el título de hoy, porque no tengo el mínimo propósito de entrar en disquisiciones filosóficas sobre el hombre y, menos aún, sobre la economía. Lo que quisiera expresar en el título es que toda actividad económica es una actividad humana –así lo diría, aunque con mayor brillantez, Ludwig von Mises en su libro La acción humana–. ¿Cabría decir, también, que toda actividad humana es una actividad económica? Pues yo me arriesgo a decir que sí.

Cualquiera que sea la actividad humana imaginable recae siempre sobre un recurso que es escaso: el tiempo. Hagan lo que hagan, sólo 24 horas al día; menor elasticidad que la tierra, el capital, la mano de obra, etc.

O sea que detrás de cada actividad económica hay un hombre. Y, afirmo, un hombre y no un ángel; es decir, un sujeto con sus grandezas y sus miserias, con sus preferencias y sus rechazos; un ser dubitativo, erróneo, egoísta a veces y generoso otras.

Proclamarse el mejor, sabio, agudo, certero, en otras palabras, perfecto, únicamente puede hacerlo un oligofrénico profundo. Todos tenemos carencias, y muy grandes en ocasiones, siendo nuestra acción, frecuentemente, resultado de una reacción.

Toda persona que dirija o gobierne un grupo tiene que saber que el hombre puede ser objeto de incentivación y de desincentivación, de compromiso y de inhibición… dependiendo de circunstancias externas a él.

Nadie puede sorprenderse de que eso sea así; ya he dicho que no somos ángeles. Además, hay que añadir que, en economía, las cosas son como son, no como quisiéramos que fueran. Además de que también los hombres son como son, y no como nos gustaría que fueran.

Con lo dicho, me pregunto cómo puede extrañarse un ministro de que en España, con una cifra de parados superior a los tres millones y medio –sin incluir los afectados por ERTE–, no existan 150.000 trabajadores para recoger las cosechas del campo.

¿Justificación? La desincentivación del sistema, llamémosle ‘social’, de nuestro país. Sigamos pensando que no somos ángeles, y propongamos a un parado – con PER acumulado o con prestación por desempleo– que deje de percibir la prestación para recoger las cosechas a cambio de un salario incluso ligeramente superior a su actual percepción. La respuesta negativa, expresada como "total, por eso más", está garantizada.

Si llega a establecerse esa renta mínima –o ingreso básico garantizado– de entre 600 (para solteros) y 1.200 euros (con familiares a su cargo), ya veremos quién y a dónde irá a buscar trabajadores no cualificados.

Mientras tanto, la ministra de Trabajo pretende aumentar la prestación por desempleo, reducir sus requisitos e incrementar sustancialmente el período de percepción. Las ayudas públicas, señora ministra, debería saberlo, desincentivan el trabajo formal, incentivando el fraudulento –que algunos llaman ‘opaco’, ‘sumergido’, ‘informal’…–.

Suecia –que no es un país del Sur– podría hablar ampliamente por su experiencia del impuesto negativo sobre la renta. Apenas duró quince meses, porque acababa con su economía.

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