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José T. Raga

España, paraíso de subvenciones

¿Se puede llamar a esto magnanimidad de las Administraciones? Desde luego que no.

José T. Raga
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Las hay para todos los gustos. Desde los llamados artistas, cuyo presunto arte no despierta si no es con una subvención, hasta aquellos empresarios que lo son únicamente en caso de que haya subvención, pasando por los menesterosos a los que la subvención les garantizará la subsistencia y la inexistencia de ocupación…

Junto a ellos, las organizaciones sindicales y empresariales y las ONG, de las cuales sólo se sabe que no son gubernamentales, pero no lo que sí son. Aunque sí que cuentan con la subvención de las Administraciones Públicas.

¿Se puede llamar a esto magnanimidad de las Administraciones? Desde luego que no. Esto sólo tiene un nombre y una consecuencia: el nombre es derroche o despilfarro, y la consecuencia es desincentivación de la actividad personal e irresponsabilidad en la participación del acervo nacional.

Prometer subvenciones generalizadas se ha mostrado eficaz para captar votos –debilidades de la democracia–, aunque llegado el momento lo que hay en caja es lo que hay, y no permite falsas benevolencias.

Pero queda una solución, antes de defenestrarnos violentamente: Europa nos ayudará, porque somos mendigos habituales; con el lenguaje de Bruselas, somos un país del Sur. A los pueblos –no a los países– nos queda la vergüenza de estar sometidos al gobierno de lo inane.

Sánchez ha demostrado que no puede más. De hecho, no está gobernando, sino tapando bocas y garantizando el oscurantismo, el secretismo y la confidencialidad absoluta, que le permitirán seguir en el sistema. En la historia, nunca un Gobierno de izquierdas ha sacado a una nación de una crisis.

España se ha quedado sin alma, por ello debería preguntarse para qué un Gobierno, y para qué este Gobierno. En él, cuando hablan de economía se creen en los años sesenta, en que el profesor Luis Ángel Rojo dijo que todos somos keynesianos. Así que más gasto para incentivar la demanda; no importa el déficit; la oferta no existe. Pero apareció el covid-19, que puede ser un buen refugio donde albergar la incapacidad gubernamental.

Vaticinaba Tocqueville (1805-1859) la democracia española futura cuando describía la americana. Dijo así:

Tras haber atenazado (…) entre sus potentes manos a cada individuo, y haberle petrificado a su guisa, el soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera; cubre su superficie con una red de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes, a través de las cuales los espíritus más originales y las almas más vigorosas no podrán abrirse camino para sobrepasar a la masa; no quebranta las voluntades, pero las ablanda, las pliega y las dirige; raramente obliga a actuar, pero se opone sin cesar a que se actúe; no destruye nada, impide que nazca; no tiraniza nada, molesta, comprime, enerva, agota embrutece, reduce a cada nación a no ser más que un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo gobierno es el pastor.

¿No hay algo de este texto en la democracia española? Ustedes darán su parecer.

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