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Estadísticas, sí… pero algo más

Las estadísticas, cuando son verídicas, constituyen una fuente de información que habrá que utilizar con cautela, para evitar sesgos interesados, que los hay en abundancia.

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Las estadísticas, cuando son verídicas, constituyen una fuente de información que habrá que utilizar con cautela, para evitar sesgos interesados, que los hay en abundancia.

Pero los ciudadanos deben exigir algo más que estadísticas verídicas, a lo que por supuesto tienen derecho, porque la estadística por sí misma sólo refleja un hecho, no a su responsable.

Las estadísticas, presentadas como algo abstracto, desconectadas del cómo, del cuándo, del porqué y, en última instancia del por quién, transmiten la imagen falsa de que son resultado del azar; de aquí la despersonalización de la propia información.

Las personas públicas, aquellas a las que se ha confiado la gestión de la cosa pública, terminada su función, deberían llevar en su mochila un buen número de engaños a la sociedad, de falacias y hasta de acciones fraudulentas, basadas en estadísticas, que la verdad nunca habría permitido.

Ya estamos acostumbrados a que un ministro de Economía –nuestra vicepresidenta Calviño, sin ir más lejos– nos mortifique con sus brotes verdes, muestra de la recuperación económica; cuando la verdad es que en el segundo trimestre del año el PIB se ha desplomado en un 18,5%.

También que un secretario de Estado de Empleo afirme, sin rubor, que el dato de empleo del mes pasado fue el mejor julio desde 2005, aunque reconozca que se han perdido en el último año 750.000 empleos.

O cómo la ministra de Trabajo, Sra. Díaz, con total desvergüenza, espera recibir 20.000 millones de euros para poder pagar los ERTE, sin confesar que eran promesas para cuyo cumplimiento no disponía de fondos. Es decir, engaños.

O, en fin, que el presidente del Gobierno presuma de su compromiso a cumplir con los límites establecidos para el déficit excesivo, aunque ya los haya superado como nadie antes, ni en España ni en la Unión Europea, en un marco de moneda única. Todo falso.

Desde la tolerancia y benevolencia que exige un comienzo de agosto, ha llegado el momento de decir: ¡ya está bien! Que cada estadística –repito que verdadera, pues las otras mejor olvidarlas– lleve aparejada el nombre de quien ha hecho que las cosas vayan tan mal. Porque no es el azar el que daña, es la acción política.

Así, el aumento del salario mínimo por parte de Sánchez-Iglesias generó un desempleo advertido por muchos; el desplome económico se debe al mal empleo de los recursos, y al aumento no productivo del gasto, también diagnosticados; análogamente, la pérdida de credibilidad exterior de España, especialmente en Europa, no es producto del azar, sino de la acumulación de engaños a que sometió Sánchez a los dignatarios de otros países.

La secuencia, de un hecho, su estadística y quién decidió requiere transparencia, por tributo a la verdad, y por derecho a no ser engañados; diga lo que diga el CIS. Porque el que es causa de la causa es causa del mal causado.

Exigir responsabilidades es la nueva tarea de nuestro pueblo.

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