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Cuando la ideología aniquila la razón

El mercado, señor vicepresidente, conoce mejor lo que ocurre y encuentra el equilibrio con mayor rapidez que cualquier Gobierno o cámara legislativa.

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¿Razón e ideología, son compatibles necesariamente en la actual realidad humana? O, más concretamente, ¿afirmaríamos que toda ideología presupone un sustrato de ideas y de principios coherentes para un fin digno, es ajena a toda consideración?

Quizá el que está alejado de lo que le rodea sea yo mismo, de modo que lo que para mí es esencial no pasa de ser un sueño que, cierto en etapas anteriores, es hoy propio, como máximo, de los que pertenecemos a ese grupo que el tratamiento del covid-19 ha dado en llamar población de alto riesgo.

Siempre he creído que la entidad de una persona se identifica por las ideas que impregnan su vida, su forma de ser, su comportamiento… y que ello viene fundamentado en la racionalidad del ser humano frente a las bestias, que se las conduce por donde otro, el conductor, quiere que vayan.

Pero ¿están siempre presentes esas ideas razonables en las diversas ideologías? Mi respuesta, claramente, es negativa. Es imposible que el mismo sujeto, en virtud de sus ideas razonables –mejor, de su ideología–, emita un juicio y el contrario sin alterarse. Quizá sean otros los intereses, pero eso no son ideas sino sumisión a las ideologías.

Tales personas no se identifican, pues, por las ideas, sino por seguir un manual impuesto –de lo que hay que decir o hacer–, o bien por repetición de eslóganes o, peor aún, por gestos externos. Yo, que por edad me complací en aquel momento que desapareció el brazo en alto como signo de identidad, me aterra ahora el puño en alto, también como signo de identidad. ¿Es que se es comunista por levantar el puño?

Y hoy puede ser el puño, pero mañana será una propuesta en las Cortes sólo avalada por semejante signo. ¿Puede un vicepresidente del Gobierno, en un momento de crisis de los alquileres –basta con pasearse por cualquier ciudad española para ver que todo se alquila o se vende–, aprobar un tope máximo a los alquileres? ¿Qué más tope que el de seguir en oferta? El mercado, señor vicepresidente, conoce mejor lo que ocurre y encuentra el equilibrio con mayor rapidez que cualquier Gobierno o cámara legislativa.

El resultado se ha hecho pronto visible. Frente a reducciones importantes de los alquileres en lo que iba de año –antes de su genial idea–, el mes de octubre –tras su idea– ha roto la tendencia anterior. Aprenda, señor vicepresidente, que el puño en alto no disminuye los alquileres, ni ofrece empleo a los parados ni da de comer al hambriento.

¿Es un simple gesto? Hombre, me parece anticuado, pero eso es cosa suya. Aunque los problemas exigen ideas contrastadas y no gestos ni ideologías vacías. Y recuerde que la identidad está en el interior del hombre racional, no en sus gestos ni tampoco cuando, cual merina, sigue al carnero adalid.

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