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Jesús Gómez Ruiz

Índices a la carta

El Sr. Rato está en lo cierto cuando dice que el IPC "no es una medida exacta de la capacidad de poder adquisitivo de las familias". Pero es que la misión del IPC no es medir el poder adquisitivo, sino la evolución de los precios. Una mejor forma de medir el poder adquisitivo, por ejemplo, sería el número de horas de trabajo retribuidas al salario medio (después de impuestos) necesarias para comprar la cesta de bienes de la que se compone el IPC –nunca he oído ofrecer esta cifra a ningún ministro de Economía ni a ningún sindicato. También, por razones análogas, se podría estar de acuerdo con él cuando sostiene que el IPC no es un buen indicador de la competitividad.

Sin embargo, resulta sospechoso que el señor ministro quiera cambiar de criterios justo cuando la inflación empieza a repuntar. Da la sensación de que el IPC es un indicador excelente cuando no supera el 2%. En cambio, cuando rebasa el 4% hay que mirar hacia otro lado, esto es, hacia otro índice más favorable, como el de precios industriales, que está un punto por debajo de la media europea. Pero cuando el IPC andaba por el 2%, por ejemplo, el IPRI creció un 0,7%, mientras que la media europea para el mismo índice caía un 0,4%.

Lo cierto es que resulta muy difícil intentar medir el poder adquisitivo y la competitividad cuando no se dispone de un patrón fijo de valor. Si tomamos el euro, puede ser que nuestro poder adquisitivo haya aumentado, o al menos se haya mantenido. Pero, si tomamos como referencia el dólar o el yen, es evidente que ha descendido gracias al indiferentismo del BCE en cuanto al cambio del euro, apoyado en el necio y pernicioso argumento de siempre: la depreciación de la moneda es un estímulo para la economía y una ganancia en competitividad; argumento que, por cierto, D. Rodrigo Rato y D. Cristóbal Montoro, en unión de sus colegas europeos, suscribieron sin vacilar cuando el euro-marco era aún una moneda respetable.

Fueron aquellos polvos principalmente los que trajeron estos lodos, aunque una parte importante de culpa la tienen los "fiscocarburos", el "fiscotabaco", las alcaldadas ministeriales en el sector energético y la cruzada europea contra la concentración empresarial, que impide a los consumidores beneficiarse de las economías de escala en los sectores productivos, todo en aras de un concepto de competencia extraído de manuales de Economía que se obstinan en explicar fenómenos que sólo se producen en economías imaginarias. Puede echarse la culpa al petróleo, a las vacas locas, al tabaco, a la hostelería, a la construcción, a los salarios..., pero eso sería tanto como culpar de los síntomas de una resaca al exceso de luz o de ruido

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