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La hora de la palabrería ha concluido

El crédito del Gobierno y de sus palmeros ha bajado tanto que ya empiezan a vislumbrarse actitudes y comportamientos que parecen decir: ¡ya está bien!

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El crédito del Gobierno y de sus palmeros ha bajado tanto que ya empiezan a vislumbrarse actitudes y comportamientos que parecen decir: ¡ya está bien! La palabrería, eso que algunos llaman “gobernar para las redes sociales”, con gestos avalados por una aplastante publicidad, parece resquebrajarse como presagio del derrumbe de lo que siempre fue, un castillo de naipes.

Ha llegado el momento en que por todas las esquinas están poniendo las peras a cuarto al Gobierno, o lo que sea. Ya nadie en su sano juicio se atreve a mantener las tesis que hace tan sólo unos meses constituían la razón de gobierno o de Estado. La música de hoy es claramente disonante de la de ayer; las contradicciones internas son visibles entre los que querrían seguir con las falacias habituales y los que, temiendo perder su imagen por tan gran desacato, desean abrir la puerta a la verdad del dónde estamos, para qué estamos y a dónde vamos.

Hasta el mismísimo Gobierno ha confesado que aquello de la recuperación de un diez por ciento para este año se ha desvanecido, y ojalá quedase en la mitad, cosa que yo tampoco veo.

¿Es un gesto inaudito de sinceridad? No, tampoco tanto. Apelan a un error en las previsiones: de ser así, deberían cesar todos los que hayan tenido alguna participación en el arte de ver en la bola de cristal. Pero ya hay un responsable: los rebrotes; también sin ceses.

Acostumbrado a la empresa privada, me pregunto y les pregunto: ¿quién de todos los que conocen –entre los que nos gobiernan– se habría librado de un despido en cualquier empresa productiva?

En Europa ya no se fían de la palabrería, que hasta ahora les ha tenido entretenidos, y quieren ver, sobre el papel y con hechos, para qué tienen que dar 150.000 millones de euros en ayudas. ¿Seguirán las subvenciones a las asociaciones feministas en aras de la igualdad? No; algún sensato dice que eso ya no sirve.

No se fían tampoco los inversores, por mucho esfuerzo que haga la vicepresidenta Calviño en el Spain Investors Day, considerando que no hay razones para el optimismo en la economía española; de hecho, es una economía frágil.

La agencia de calificación Moody’s estima que España se puede encontrar en plazo no demasiado largo en una crisis de deuda, consecuencia del descontrolado déficit público. Como información de primera mano, el Banco de España –proscrito por el Gobierno– ha hecho público que en noviembre la deuda pública alcanzó la astronómica cifra de 1,31 billones de euros, lo que equivale a un 120% del PIB. Sólo si se tratase de conseguir un récord –aunque fuera destructivo– sería comprensible.

¿Y si un día hay que pagar intereses? En España, gestionar significa gastar, y parece que cuanto más mejor. Necesitamos con urgencia un Gobierno de verdad; no unos grupos de ministros en oposición mutua con un presidente que no existe.

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