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Camino de la recesión estructural

La UE debe asumir la responsabilidad del control del destino final de esas ayudas.

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El sendero abrupto y sinuoso fortalece al hombre que por él discurre; análogamente, las crisis son una ocasión para el fortalecimiento de la economía. Es bien cierto que en uno y otro caso hay un condicionante: el hombre. Él es el artífice de la acción de emprender el camino, en el primer caso, y de implantar las reformas precisas, en el segundo. Su indolencia o ignorancia frustrará las esperanzas en ambos objetivos.

Las ayudas pueden dar una imagen de solución, cuando no pasan de ser un modo de encubrir la realidad. Allanar el sendero no asegurará la fortaleza esperada, ni las ayudas  limpiarán la economía de ineficiencias, convirtiendo las crisis en estructurales.

Recuerdo la oposición de Keynes, en las negociaciones del Tratado de Versalles, a que Alemania pagara gastos de reparación a los vencedores en la Primera Guerra Mundial. Alemania se vería obligada a desarrollar una economía muy productiva para asumir el coste y los vencedores vivirían cómodamente con los recursos recibidos del vencido, lo que haría retroceder su competitividad frente a éste (véase The Economic Consequences of the Peace (1919). La exigencia de algunos –Francia fundamentalmente– permitió comprobar, tiempo después, que Keynes tenía razón.

¿Pueden las ayudas de la Unión Europea producir efectos semejantes a los previstos por Keynes al final de la Primera Guerra Mundial? El enemigo en este caso se llama covid-19, y las ayudas procederán del sacrificio de unos países de la Unión en beneficio de los perceptores.

Pero, hablando de España ¿qué se va a hacer con esos 150.000 millones de euros que se espera recibir? Los viejos del lugar decían: “Dinero que cuesta poco de ganar, cuesta poco de gastar”. La historia demuestra que el despilfarro nunca se da sobre ganancias del sacrificio.

¿Puede la alegría del dinero fácil adormecer el espíritu de iniciativa y de mejora de las empresas españolas? El adormecimiento del sector privado, resultado de ayudas públicas, se da con excesiva frecuencia.

Y, pensando como europeo, ¿se pueden entregar 150.000 millones de euros a quien, en once meses de Gobierno de coalición –así le llaman–, ha aumentado la deuda pública española en 124.000 millones? ¿Cuántas subvenciones electoralistas cabrán en la cifra prometida? ¿A cuánta ideología se puede satisfacer en un Gobierno de ideologías varias?

La UE debe asumir la responsabilidad del control del destino final de esas ayudas. ¿Cómo estaría hoy Alemania si las ideologías hubieran repartido las ayudas del Plan Marshall? En España no existe un Adenauer ni un Erhard, por ello ¿quién garantiza el resultado?

Sin criterio, como en la vacunación, la tentación próxima será repetir el desastre de Zapatero: clientelismo de las políticas de demanda con desconocimiento de las de oferta. El camino más corto para una recesión estructural de la que no saldríamos por generaciones, y con grandes esfuerzos.

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