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Politiquear de oído

¿Nos hemos vuelto locos o ya lo estábamos?

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Todos hemos oído decir de alguien que toca de oído. Se aplica no sólo a los músicos, sino a quienes desarrollan su actividad sin conocimientos.

Vaya por delante que Bach, Beethoven, Mozart… dominaban con amplitud y profundidad el conocimiento, la técnica y el arte musicales, además de brillar por su inspiración y su sentido de la armonía. ¿Qué habría sido de Beethoven si hubiera tenido que componer e interpretar de oído?

¿Qué ocurre con los politicastros que politiquean tocando de oído? Estos carecen de inspiración y de cualquier conocimiento útil para el desempeño de su función: gobernar. Ahí están los rifirrafes continuos entre ellos.

El último destacable ha sido protagonizado por el presidente valenciano, Puig, atacando a la presidenta madrileña, Díaz Ayuso, con el apoyo del ministro Escrivá y la participación de otros miembros del Gobierno desautorizando a este último.

En el debate, ¿alguien ha oído algo digno de ser citado, o simplemente recordado? Natural, politiquean de oído. Su falta de fundamento se muestra ya desde el comienzo. No han aprendido que el impuesto no es una magnitud dada, inamovible, aleatoria, sino la resultante de unos objetivos de gasto bien definidos.

Lo primero –aunque no lo sepa el señor Puig, tampoco el señor Sánchez– es definir las necesidades sociales a satisfacer mediante provisión pública. Definidas éstas y calculados con criterios de eficiencia los costes de provisión, es cuando podemos considerar cómo financiarlos –qué y cuántos impuestos–; si el beneficio de los servicios prestados es igual o mayor que el sacrificio de pagar los impuestos, los ciudadanos no tendrán objeción alguna a ello.

Las necesidades son difícilmente justificables cuando se pretende colocar a amigos y correligionarios, hinchando la Administración pública con objetivos necios o con inversiones estériles.

Aunque nunca es aconsejable mirar al prójimo con los ojos vendados. Una venda que ciega la visión de algunos para ver que hay dos autonomías, una con su cupo y la otra con su concierto, y una tercera con su bilateralidad, que sí son excepcionales: aquéllas, por fuerza de su norma reguladora; ésta, por los votos para sostenerse en el poder; ninguno de los tres casos podría generalizarse. ¡Y se fijan en Madrid, la que proporcionalmente más aporta!

Además proponen una solución –típica de dictaduras de izquierda– que a nadie con pleno juicio se le ocurriría. Para resolver sus celos con Madrid, el IRPF del sistema fiscal español deberá tener dos tarifas: una que se aplicará a todo el territorio nacional, salvo a Madrid, a la que se aplicará una tarifa especial, con tipos tributarios más elevados para las llamadas rentas altas. ¡Qué obsesión con las rentas altas!

¿Nos hemos vuelto locos o ya lo estábamos? A todo esto, el presidente Puig es el adalid de la llamada singularidad, aunque desconoce su significado; singularidad para Puig significa recibir más de lo que le corresponde, algo así como la singularidad catalana, aunque éstos, más honestamente, le llaman independencia.

Tocando de oído, desafinan.

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