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UGT y CCOO rescatan el viejo ideal trotskista del "reparto del trabajo'

Además de la experiencia española, la evidencia para Alemania, Bélgica, Dinamarca, Francia, Japón o Noruega desmonta esta teoría.

Además de la experiencia española, la evidencia para Alemania, Bélgica, Dinamarca, Francia, Japón o Noruega desmonta esta teoría.
El secretario general de CCOO, Unai Sordo, junto al secretario general de UGT, Pepe Álvarez | EFE

En el marco de la discusión sobre la "contrarreforma laboral", los sindicatos UGT y CCOO han vuelto a poner encima de la mesa la necesidad de "avanzar hacia la reducción de la jornada de trabajo", un planteamiento con el que aspiran a mejorar "el reparto del trabajo" y "el problema de oportunidades" que enfrentan los desempleados. Desde este punto de vista, la economía es un juego de suma cero en el que el empleo de unos se produce a costa del desempleo de otros, de modo que reducir las horas de ocupación de los primeros puede habilitar la incorporación laboral de los segundos.

Con este discurso, las centrales de trabajadores se remontan más de dos décadas en el tiempo y vuelven a enarbolar los mismos planteamientos que ya pusieron encima de la mesa a finales de los años 90. Entonces, el empresario Juan Rosell, que luego presidiría la CEOE, y el destacado economista Joaquín Trigo, que posteriormente ocupó el cargo de director del Instituto de Estudios Económicos, pusieron fin a este debate con un demoledor ensayo titulado "El reparto del trabajo: el mito y la razón".

Rosell y Trigo recalcan que fue León Trotsky quien planteó por primera vez este tipo de política, defendiendo que se trataba de un paso definitivo en la lucha para derrocar el capitalismo. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que sus ideas estaban equivocadas. Así, ambos autores explican que, en el caso de España, el número medio de horas semanales trabajadas por ocupado se redujo de 46,6 a 38,9 entre 1976 y 1996. Sin embargo, esta reducción de la duración de la jornada laboral no propició mejora alguna en el mercado de trabajo, que de hecho vio cómo el número de ocupados se mantenía constante, en torno a los 12 millones de asalariados.

La evidencia para el resto de Europa

Rosell y Trigo rescatan numerosos ejemplos históricos que confirman que una reducción generalizada del tiempo de trabajo aprobada por decreto no tiene por qué beneficiar a los desempleados. De hecho, la evidencia empírica en los países de nuestro entorno parece sugerir lo contrario:

  • En Alemania, la industria redujo de 38,5 a 35 horas la duración de la jornada semanal entre 1984 y 1994, pero el paro subió con fuerza, pasando del 6% al 11%.
  • En Bélgica, se aprobó un descenso de 45 a 37 horas de trabajo semanal entre los años 1964 y 1978. Sin embargo, este periodo estuvo marcado por un fuerte aumento del paro, que pasó del 2,2% al 8,4%.
  • En Dinamarca, la jornada laboral pasó a 37 horas en el año 1987. Entonces, el empleo pasó de crecer al 1,2% a reducirse durante seis años consecutivos, a una tasa anual negativa del -0,7%.
  • En Francia, la reducción de jornada impulsada por los socialistas en 1982 vino asociada de un tímido aumento de la ocupación durante ese año (+0,4%), seguido de tres años seguidos de caída en el empleo (a una tasa media del -0,4% para 1983, 1984 y 1985).
  • En Japón, el año 1990 vino de la mano de la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales, lo que propició la subida del desempleo desde el 2,5% hasta el 3,1%.
  • En Noruega, el curso 1986 marcó la revisión de la jornada de referencia de 40 a 37,5 horas de trabajo por semana. En 1987, el ritmo de creación de empleo se desaceleró un 1,9% y, de 1988 a 1993, la caída anual media del empleo fue del 1,16%.

Los autores del libro destacaban entonces que "las mejoras de productividad asociadas a la innovación tecnológica y organizativa han permitido ofrecer oportunidades de empleo a una población creciente, con mejoras en el poder adquisitivo de las rentas salariales y en las condiciones laborales. Ese proceso continuará en el futuro. Sin embargo, cuando ese proceso se ve influido por reducciones de jornada impuestas por ley, el resultado ha sido el mismo: un deterioro del empleo, frente a la mejora anunciada".

Así pues, la idea que ahora rescatan UGT y CCOO "parte de tres supuestos difícilmente sostenibles: a) el stock de empleo es fijo, b) las personas son intercambiables, c) realizar la misma producción con más empleados carece de costes adicionales. En realidad, a) el volumen total de empleo crece siempre que no se apliquen políticas económicas que lo desincentiven, b) las personas son diferentes y rara vez pueden sustituirse sin más en el trabajo, y c) el coste de aumentar plantilla con el mismo nivel de producción es creciente y reduce la rentabilidad empresarial, frenando la inversión, los salarios, etc.".

La Era Aznar tumbó un mito que ahora resucita

Así, "la aritmética del reparto de horas puede parecer intuitivamente atractiva, pero parte de una mirada de la economía como un juego de suma cero, mientras que el mercado es un juego de suma positiva que se basa en la creación de valor". De hecho, Rosell y Trigo se mostraban optimistas sobre la posibilidad de que la Administración Aznar, con sus políticas de mayor libertad económica, lograría mejorar el empleo sin necesidad de imponer ningún tipo de reducción de jornada.

El tiempo les dio la razón, puesto que el número de ocupados pasó de 12,6 millones al comienzo del mandato del primer presidente del PP a 17,7 millones en su último trimestre en La Moncloa, de acuerdo con los datos de la Encuesta de Población Activa que elabora el Instituto Nacional de Estadística. Además, el número de horas trabajadas se mantuvo constante a lo largo del periodo estudiado.

Por lo tanto, el regreso de UGT y CCOO al discurso del "reparto del trabajo" se antoja como un profundo error más propio de hace dos décadas que de la realidad económica moderna. Puede que PSOE, Podemos y otras fuerzas políticas de la izquierda sigan creyendo que la producción bajo un sistema de mercado obedece a dinámicas de suma cero, pero la evidencia histórica y las bases teóricas de la producción capitalista tumban frontalmente este discurso.

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