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La ganadería intensiva planta cara a Garzón: "Al menos mis cerdos tienen calefacción garantizada"

Una ganadera nos permite entrar en su granja de 8.000 cerdos en la provincia de Segovia para comprobar in situ las condiciones de los animales.

La ganadería intensiva planta cara a Garzón: "Al menos mis cerdos tienen calefacción garantizada"

No es habitual que los medios de comunicación puedan acceder al interior de una granja intensiva, pero a nosotros solo nos pusieron dos requisitos: ser sinceros y ducharnos antes de entrar.

La polémica desatada por el ministro de Consumo, Alberto Garzón, y los ataques al sector cárnico del Gobierno han creado un clima de desconfianza máxima entre los granjeros. Temen que cualquier declaración pueda utilizarse en su contra. Incluso en los bares de los pueblos cercanos, los vecinos recelan de hablar con los periodistas: "Nosotros vivimos de la ganadería".

"El sector está dolido y afectado. Deberíamos movilizarnos contra el Gobierno o juntarnos y montar un lobby", nos dice Raquel Conde, gerente de la Granja Nuestra Señora del Pilar, ubicada en Mozoncillo (Segovia). Fuerte, firme y orgullosa, ella es la tercera generación de la empresa familiar de 8.000 cerdos que da empleo directo a veinte familias de la zona. "Disfrutábamos con nuestra labor y se nos está tratando como a delincuentes".

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Raquel nos guía en el interior de su ganadería. | David Alonso

Antes de iniciar la visita, Conde nos ofrece una toalla limpia y nos señala un baño con ducha. También nos tiende un equipo completo de ropa de trabajo que incluye: una muda desechable, calcetines, una camiseta, un mono y unas botas. "Hay protocolos estrictos para todos los trabajadores", explica. "Os tenéis que duchar porque no quiero que los cerdos se infecten con cualquier tipo de virus que traigáis en la piel, el calzado o la ropa".

Después de prepararnos, el recorrido comienza en la sala de cerdas preparadas para inseminar. A ambos lados de un largo pasillo hay filas de corrales en los que unas diez hembras están apaciblemente tumbadas o comiendo en tolvas individuales. Bajo sus pezuñas, un suelo de rejilla filtra los excrementos, lo que permite mantener el espacio bastante limpio teniendo en cuenta que estamos en una pocilga. Las hembras están limpias y parecen saludables.

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Varias cerdas en sus celdas. | David Alonso Rincón.

"¿Por qué no vivimos todos en un chalet?"

"Yo entiendo que los cerdos están mejor en extensivo", admite Conde, "pero esto es lo mismo que pasa con los ciudadanos. ¿Dónde están mejor? ¿En un piso de 70 metros cuadrados, en Madrid, interior, en una octava planta? ¿O estamos mejor todos en un chalet de 500 metros con piscina climatizada? ¿Y por qué no vive todo Madrid en extensivo si es mejor? Exactamente por la misma razón que mucha gente no tiene posibilidades de comer un jamón de 70 euros el kilo", explica Conde.

La visita continúa por la nave en la que están las cerdas recién paridas. Para entrar en esa área, tenemos que cambiarnos las botas. Los lechones no tienen defensas y hay que evitar la transmisión de cualquier enfermedad que pudiera haber en la sala en la que acabamos de estar. "Buscamos que los cerdos estén sanos. El uso excesivo de las medicinas sube el precio del producto y no nos interesa", explica Conde.

La sala tiene una iluminación cálida y una temperatura constante de 25 grados, garantizada incluso si hay un corte de luz gracias al grupo electrógeno de la granja. Las hembras duermen junto a sus lechones, unos ocho o diez por camada. "¿Tú crees que estos cerdos están maltratados?", pregunta susurrando Conde para evitar alterar a los recién nacidos. Las hembras que están a punto de parir pasan una media de 28 días separadas del resto de la piara en corrales individuales con movilidad reducida para evitar que aplasten o pisen sin querer a los lechones recién nacidos. Durante ese tiempo, pueden consumir toda la comida y el agua que deseen con solo pulsar un botón.

"Nuestros animales tienen al menos comida, bebida, calefacción y limpieza garantizadas, algo que a lo mejor no existe en el 30% de los hogares españoles. ¿Y es que acaso el Gobierno maltrata a las familias? ¿Cuántas familias pueden tener la calefacción a 22 grados todo el día? Es la pregunta que lanzaría al ministro de Consumo, que a lo mejor es lo que tiene que saber, si las casas tienen una temperatura óptima."

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Las hembras de cerdo duermen junto a sus lechones, unos ocho o diez por camada. | David Alonso

"No maltratamos a los animales"

De camino a una de las lechoneras, con nuevo cambio de botas incluido, nos cruzamos con el veterinario de la granja. "Viene dos o tres días a la semana para ver cómo están los cerdos. Y también están los veterinarios de la Junta, que tienen esta casa abierta cada vez que lo requieren". También nos encontramos con un operario que está limpiando y desinfectando la zona a la que se va a trasladar a un grupo de cerdos. Y Conde nos desafía: "¿En qué sala queréis entrar?" Teniendo en cuenta que nuestra visita a la granja se había pactado ese mismo día con apenas un par de horas de antelación, es difícil creer que estemos ante un escenario preparado. Aún así, ella insiste: "Elegid vosotros. Aquí no tenemos nada que ocultar".

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Una de las salas con animales de pocas semanas. | David Alonso Rincón.

Escogemos una sala al azar. Allí nos encontramos a unos sesenta cochinillos repartidos en dos corrales. En un primer momento huyen y a los pocos segundos corren curiosos hacia nosotros. Los animales están limpios y parecen sanos. Conde no esconde que tanto ella como sus compañeros están muy dolidos con aquellos que les acusan de dañar a los cerdos: "No llegamos a entender que nos digan que maltratamos a nuestros animales, especialmente cuando eso lo dice, con todo el respeto del mundo, gente que tiene un perro en un piso de 60 metros cuadrados".

La visita termina en las salas de engorde. El circuito no se puede hacer en sentido contrario. El protocolo de la granja dicta que las visitas deben empezar por las salas en las que se encuentran los animales más vulnerables para terminar por los más fuertes. De ese modo, es más difícil que las enfermedades puedan mermar la población de lechones. Por su parte, los trabajadores están repartidos en grupos burbuja para cada área. De ese modo es más fácil controlar un posible foco de infección.

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Las hembras de cerdo duermen junto a sus lechones, unos ocho o diez por camada. | D.A.

Todos esos protocolos y medidas de seguridad son necesarias para que los inspectores y auditores certifiquen la calidad de la carne. De hecho, sobre la mesa de su despacho, Conde exhibe con orgullo la certificación AENOR de Bienestar Animal basada en Welfare Quality. Precisamente por eso le duele tanto que el ministro Garzón esté difamando la calidad de su producto: "Aquí vienen unos señores a comprobar que nuestros cerdos tienen una calidad. Salen certificados de granja y, cuando llegan al matadero, tienen una trazabilidad de lo que han comido, dónde han estado, cómo se les ha tratado, el espacio que han tenido y de que se han cumplido las normativas de bienestar animal. Es decir, estamos vendiendo un cerdo con calidad".

¿Y qué pasa con los purines?

Antes de terminar la visita, pasamos cerca de cinco piscinas de purines. Las balsas están fabricadas con hormigón para evitar filtraciones al suelo. Los desechos líquidos se trasvasan por decantación de una piscina a otra y, cuando los purines están prácticamente sólidos, un camión accede por una puerta independiente y los recoge. Todas las granjas tienen piscinas preparadas para acumular más de un año de residuos.

"Durante el invierno procuramos no sacar nada, salvo que haya una temporada de lluvias excepcional. En marzo, echamos el abono de primavera en nuestras tierras de cultivo de secano. De ese modo, nos ahorramos el abono mineral del trigo que plantamos. Cuando cosechamos, los camiones llevan ese trigo directamente a nuestra fábrica de pienso. Y ese pienso vuelve a la granja como alimento para los cerdos. Es lo que se llama economía circular. Además, hay una parte de los vecinos que nos piden abono y, con la correspondiente autorización, procedemos a abonar sus tierras", explica Conde.

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Raquel señala el protocolo en una de las puertas. | David Alonso

Concluye nuestra visita. Nuevamente, Conde insiste en que simplemente contemos qué hemos visto: "No nos pueden decir que tenemos a los animales hacinados o directamente maltratados", afirma. "No sé lo que deparará el futuro de la ganadería intensiva. Tendremos que adaptarnos todos, pero no a base de machacarnos e insultarnos".

"Merecemos un reconocimiento y un respeto. Y si tan malos somos, pues nos vamos todos al paro: los ganaderos, pero también los ministros, consejeros y demás cargos políticos relacionados con el sector. Y ya está. Hasta aquí hemos llegado", dice tajante. Es evidente que habla su enfado. Ella es la tercera generación en Granjas Pilar. Es la mujer que lleva años trabajando sin descanso, festivos incluidos, para conseguir la excelencia. Y viéndola exhibir con orgullo sus 8.000 cabezas, resulta difícil creer que Garzón, Pedro Sánchez o el mismísimo Davos pudieran ganarle la batalla.

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