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La oportunidad de la España vacía: el alcalde gallego que ofrece su pueblo a los refugiados ucranianos

San Juan del Río, en Orense, acogerá a medio centenar de refugiados en 7 edificios públicos y ofrece todas las facilidades a los que quieran quedarse

San Juan del Río, en Orense, acogerá a medio centenar de refugiados en 7 edificios públicos y ofrece todas las facilidades a los que quieran quedarse
José Miguel Pérez, alcalde de San Juan del Río (Orense) | Libertad Digital

Desde que empezó la invasión de Ucrania, decenas de asociaciones y familias españolas se han echado a la carretera para traer a nuestro país a mujeres, niños y ancianos que huyen del horror de la guerra. Otras tantas, las que no pueden permitirse un viaje tan largo, abren sus casas a los refugiados que llegan a sus comunidades autónomas sin un lugar en el que vivir. En medio de esta cadena solidaria, sin embargo, hay quien va más allá y, tras reparar en lo duro que puede ser para muchos tener que separarse de sus amigos y familiares, les brinda un pueblo entero, el suyo.

"Ahora mucha gente ofrece su casa, pero si todo esto se alarga… ¿Cuánto tiempo van a mantener a todas estas personas? -pregunta a modo de advertencia José Miguel Pérez, alcalde de San Juan del Río-. Hay que buscar soluciones a largo plazo, porque no sabemos lo que va a durar esto, y aquí tenemos unas instalaciones municipales vacías, donde no solo pueden estar seguros y tranquilos todo el tiempo que dure la guerra, que obviamente es lo más importante, sino que, si quieren, pueden empezar una nueva vida".

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El edificio principal del poblado donde se alojarán los refugiados ucranianos

La España vacía

Tras perder más del 80% de su población, este pequeño municipio gallego, situado en el noreste de Orense, apenas cuenta hoy con 500 habitantes. "Hasta el Wall Street Journal vino a hacernos un reportaje sorprendido por estas cifras -relata a Libre Mercado su regidor-. Aquí, por cada niño que nace hay 20 muertes, superamos los 63 años de media de edad y los centenarios son algo habitual".

Cuando se enteró de que unos empresarios de la zona iban a viajar a la frontera con Ucrania para traer refugiados, empezó a soñar con la idea de volver a dar vida a su pueblo. Máxime cuando le contaron que todos ellos procedían de una región conocida como Galitzia o Galicia de los Cárpatos que tenía mucho en común esta otra Galicia situada a más de 3.000 kilómetros.

"Separar a familias enteras y mandar a cada uno a una ciudad, en muchos casos sin dinero y sin saber nada de español, me parece un error como un piano", sentencia José Miguel, que ve en su pueblo, como en tantos otros de la España rural, una gran oportunidad para que los ucranianos que llegan a nuestro país puedan encontrar una casa y un medio de vida que tal vez no todos puedan conseguir en las grandes ciudades.

Un poblado de la II Guerra Mundial

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Las aulas con las que cuenta el poblado

Por lo pronto, este fin de semana, este pequeño municipio gallego dará cobijo a medio centenar de refugiados que un grupo de voluntarios liderados por Amadino, un abogado de la zona, ha ido a recoger a la frontera con Ucrania. "A unos 4 kilómetros del pueblo, tenemos siete edificios vacíos que entre los años 60 y los 90 fueron el hogar de varias familias británicas y alemanas. Tienen camas, cocina y hasta aulas que se pueden utilizar para dar clase a los niños. Es un lugar perfecto".

El poblado en cuestión se creó después de la II Guerra Mundial para los trabajadores de Decca Navigator, un sistema de posicionamiento de barcos y aeronaves a través de ondas de radio que los británicos desplegaron por varios puntos de nuestra geografía. "Aquí, en San Xoán de Río, pusieron dos antenas de más de 100 metros -explica José Miguel-. No había ningún español que supiera manejar esa tecnología, así que vinieron varias familias inglesas y alemanas".

Los últimos habitantes se fueron en 1996. Desde entonces, el poblado ha sido utilizado como albergue y como centro formativo, de ahí que cuente con todas las comodidades: "Aquí pueden hacer lo que quieran, seguir sus costumbres, organizarse y ayudarse entre ellos, y nosotros les podemos echar una mano en la medida de nuestras posibilidades".

Un lugar donde empezar de cero

Para empezar, su intención es ofrecerles "un curso de inmersión en nuestra cultura y nuestra lengua, integrarlos y ayudarles a que se valgan por sí mismos". Aquellos que mantengan sus empleos y puedan teletrabajar, no tendrán ningún problema ya que, como presume el alcalde, San Juan del Río cuenta con una fibra óptica de primera y el ayuntamiento puede facilitarles ordenadores si lo necesitan. "Ya estamos pensando en comprar teclados en cirílico", se apresura a aclarar.

El resto, si lo desean, pueden dedicarse a la agricultura o la ganadería, antiguos motores de una zona hoy envejecida, pero con el mismo potencial que antaño. "Aquí llegamos a tener más de 300 explotaciones ganaderas, aunque ahora solo quedan 37, y todo el suelo estaba plantado de cereal. Tenemos una tierra fértil, mucha agua, y todo lo que plantas, sale", explica José Miguel.

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Las cocinas del poblado

Los refugiados que están a punto de llegar ya han sido informados de ello. Por eso, como relata el regidor, "lo primero que hicieron fue llenar sus maletas con semillas". Sin embargo, esta no es la única posibilidad que San Juan del Río les ofrece: "Uno de los edificios tiene cocinas profesionales y, si alguien tiene formación en hostelería, este también podría de ser un punto de ocio para los ucranianos que llegan a la zona, de tal forma que puedan autogestionarse sus vidas".

Construir un nuevo hogar

Es imposible predecir cuánto durará la invasión de Ucrania y qué querrán o podrán hacer las familias que llegarán a este pequeño municipio gallego, pero si algo está claro es que este alcalde está dispuesto a todo para ayudarlas. Incluso se ha puesto en contacto con un arquitecto para ver cómo se podría sacar más partido al poblado: "Ahora mismo hay muchas literas en una misma habitación, pero lo suyo es poder dar un espacio a cada familia, para que puedan tener intimidad, llorar, hablar con sus maridos o lo que necesiten".

Si finalmente deciden rehacer sus vidas allí, José Miguel les ofrece incluso el terreno para que levanten sus propias casas. "A unos 20 kilómetros de aquí hay una mujer ucraniana con cuatro hijos y otro en camino. Dadas las circunstancias, a su marido le han dejado salir y da la casualidad de que es un ingeniero experto en construir casas de madera. Tal vez se pueda hablar con empresarios de la zona para que pongan el material y, si se da formación a esta gente, a lo mejor pueden hacérselas ellos mismos", apunta tras puntualizar que está convencido de que no obtendrán ninguna ayuda estatal: "Cuando hay dinero, se lo llevan los de siempre. Ya sabemos cómo funcionan las ayudas a dedo del lamentable Gobierno que hoy tenemos en España".

Las ideas no para de brotar en su cabeza. No sabe si algo de todo esto podrá hacerse realidad, pero su ilusión y predisposición están fuera de toda duda. Sabe que no será fácil que esas mujeres y niños que llegarán en unos días se olviden del horror de la guerra, pero lo que tiene claro es que hará todo lo posible para que estos habitantes de la Galitzia ucraniana encuentren en la Galicia española un lugar confortable en el que intentarlo.

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