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Mar, la propietaria que pide limosna en la calle por culpa de su okupa

Autónoma y con una hija de 10 años, esta barcelonesa asegura estar literalmente arruinada. Los independentistas le dan la espalda por vivir en Huesca.

Autónoma y con una hija de 10 años, esta barcelonesa asegura estar literalmente arruinada. Los independentistas le dan la espalda por vivir en Huesca.
Mar, pidiendo ayuda en las calles de San Sadurní de Noya | Libertad Digital

El creciente número de inquiokupas -inquilinos que dejan de pagar, pero se niegan a abandonar la vivienda que tenían en alquiler- está llevando a muchos propietarios a una situación límite, tanto psicológica como económicamente. Es el caso de Mar, una autónoma de Barcelona que este viernes se ha visto obligada a salir a pedir dinero por las calles de San Sadurní de Noya para hacer frente a la ruina a la que le está llevando su inquiokupa.

Con dos cuentas en números rojos, una con un descubierto de 300 euros y otra con más de 10.000 por culpa de los créditos a los que ha tenido que recurrir, Mar ya no puede más. "Estoy separada y tengo una niña de 10 años que ha tenido que renunciar a extraescolares y a todo. La pobre ya no me pide nada, sólo las cosas del cole. Y a veces ni si quiera puedo llegar a eso -relata con la voz entrecortada-. El otro día le mandaron comprar un compás y tuve que escribir a la profesora para decirle que hasta el lunes no lo podía llevar porque no teníamos dinero. No hay derecho a que una niña viva así y tenga que comer pollo todos los días porque a este señor le de la real gana".

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Mar, pidiendo limosna por las calles de San Sadurní de Noya

Inmobiliaria y seguro de impagos

La historia se remonta a finales de 2018. Después de trasladarse a Huesca, Mar decidió poner en alquiler su piso en la ya mencionada localidad con el fin de poder pagar la hipoteca del mismo y el alquiler de su nueva vivienda. Una inmobiliaria se encargaría de buscar al inquilino perfecto: alguien con solvencia económica con el que ella ni siquiera tendría que tener contacto. Ellos mismos le facturarían el alquiler y le pasarían las rentas cada tres meses. Incluso la convencieron para pagar un seguro que, teóricamente, haría frente a un posible impago.

Autónoma y madre separada sin pensión alguna, Mar necesitaba cierta estabilidad, así que se convenció de que esa era la mejor opción. La inmobiliaria le alquiló el piso a un hombre que cuidaba de una señora mayor y cuyo salario, sumado a la pensión de esta mujer, superaba con creces la renta de 550 euros mensuales a la que tendría que hacer frente.

Víctima de la pandemia

"Al ser autónoma y no recibir ninguna pensión por mi hija, siempre he vivido al día, con lo justo. Cuando necesitaba algo, pedía un crédito e iba saliendo para adelante, pero al llegar la pandemia todo se complicó más", recuerda con un nudo en la garganta. Con el inicio del estado de alarma, se vio obligada a cerrar durante un tiempo la pequeña tienda de ropa y complementos que regenta en Huesca, por lo que su único ingreso pasó a ser el alquiler de su piso de San Sadurní de Noya. El problema es que entonces su inquilino dejó de pagar.

"Me fueron tapando todo. Para empezar, que este señor había enviado a la señora a una residencia, pero es que cuando dejó de ingresar el alquiler, la inmobiliaria ni me lo comunicó ni puso una denuncia, sino que le dijo que fuera a los servicios sociales a pedir ayuda, así que, como yo cobraba cada tres meses, cuando me enteré, ya llevaba un tiempo sin pagar", explica Mar, indignada a partes iguales con su okupa, con la inmobiliaria y con la compañía de seguros. "Te dicen que, en caso de impago, ellos se hacen cargo, pero la realidad es que, si lees la letra pequeña, ni siquiera te cubren un año", advierte.

La "chulería" de su inquiokupa

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Mar, en la vivienda que su inquiokupa se niega a abandonar

Como la denuncia se puso tarde, oficialmente lleva sin ingresar ni un solo euro desde noviembre de 2020. Hace apenas dos meses, el juez puso una primera fecha de desahucio que, sin embargo, se paralizó en el último momento. Su inquilino alega vivir en una situación de vulnerabilidad y, según Mar, ha empadronado en la vivienda a una hija de 21 años que, cuando firmó el contrato, no vivía con él y que trabaja en B para poder retrasar el desalojo. "Yo le he dicho que mi hermana de 50 años, que es discapacitada y sólo cobra una pensión, ha compartido piso hasta hace nada en Igualada y que eso se lo puede pagar más que de sobra con los 750 euros que gana al mes… ¿Y sabes lo que me ha dicho? Que para qué va a compartir piso si puede vivir gratis", denuncia indignada.

De hecho, según Mar, la "chulería" de su inquiokupa no sólo le está afectando a ella, sino también a sus propios padres, que viven muy cerca de él y ya incluso evitan salir a la calle para no tener que encontrárselo. "Van para 80 años y están sufriendo mucho con todo esto, porque ven que no tiene ninguna intención de marcharse ni de pagar y yo estoy literalmente arruinada -explica a Libre Mercado-. Un día mi madre, que encima acaba de pasar por un cáncer, se lo cruzó en la calle y le dijo: ‘Señora, ¿qué pasa? ¿Que le hacen falta un par de cartones de leche para su hija? No se preocupe, que yo se los compro, pero de aquí no me va a sacar nadie’".

Atrapada por los créditos

Entre su okupa y la pandemia, Mar asegura haberse metido en un callejón sin salida: créditos y microcréditos a los que a duras penas puede hacer frente. "Le pido a la gente que me pague en efectivo para poder comer, mis amigos me van pagando el alquiler de mi piso y, cuando reúno el dinero, se lo devuelvo, pero no puedo seguir así. Ahora, por ejemplo, tendría que pedir otro crédito para poder llenar la tienda, porque ya no tengo stock prácticamente. Tengo cuatro mierdas que voy vendiendo a cuatro amigas que me compran por pena y por echarme una mano", lamenta.

Ante esta tesitura, Mar ya solo espera que su inquiokupa se vaya de una vez por todas para vender su piso. Incluso está dispuesta a renunciar a todo lo que le debe, "más de 10.000 euros", según sus cálculos. "Ya lo doy por perdido, pero necesito venderlo para poder pagar todas mis deudas y empezar de cero. Es lo único que tengo después de 20 años pagando la hipoteca, pero es que de verdad que ya no puedo más", lamenta. Y no puede ni físicamente, ya que esto le está agudizando la enfermedad de Crohn que padece desde hace años, ni económicamente. De hecho, su principal temor es que llegue un momento en el que no pueda hacer frente a la hipoteca. "Si me lo embargan, me quedo sin piso y con muchísimas deudas, y entonces sí que ya me tiro por el balcón".

El rechazo de los independentistas

Algunos vecinos de San Sadurní de Noya le han mostrado su apoyo, aunque muy pocos se han atrevido a hacerlo públicamente. La mayoría no olvida que hace años "emigró" a Huesca, lo que para muchos catalanes es sinónimo de estar con aquellos que les niegan sus pretensiones independentistas. "Me he encontrado a un amigo de mi padre y ha hecho como si nada. Luego me ha mandado un mensaje para decirme que lo sentía mucho, pero que no quería posicionarse en público. Es alucinante que también en esto entre la política", lamenta.

Al menos, su paseo por el pueblo pidiendo limosna ha servido para que, tras más de año y medio reclamando ayuda, el alcalde del municipio (ERC) la haya recibido en su despacho. No sabe si la conversación servirá de algo, pero lo cierto es que, ante el temor a que su historia se convierta en un caso mediático, el regidor se ha comprometido a hablar con el juzgado para tratar de contribuir a que se agilicen los trámites del desahucio.

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Solo algunos vecinos han accedido a ayudarla

Hasta ahora, lo único que le habían sugerido era que, si renunciaba a echar a su okupa, tal vez podrían pagarle 200 euros al mes, menos de la mitad del alquiler que su éste debía pagarle y una cantidad "irrisoria" en comparación con las deudas que ha ido acumulando. "Lo que quieren es que mi vivienda se convierta en una vivienda social", denuncia Mar, que lamenta que en España en general, y en Cataluña en particular, se vele más por los derechos de los okupas que por los de aquellos que, como ella, llevan toda su vida trabajando y pagando religiosamente sus recibos. "Sólo los que pasamos por algo así sabemos lo terrible que es esta situación -lamenta-, pero vamos, que al que defiende a los okupas yo siempre le digo lo mismo: si lo ves tan fácil, llévatelo a tu casa".

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