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José T. Raga

¿Queda algún mercado?

Los Gobiernos, que les gusta hacer lo que no saben, promulgan un sinfín de normas que eliminan aquel juego libre.

Evidentemente, la respuesta de "Sí, tengo uno a cincuenta metros de mi casa" no es válida, porque lo que tienes a cincuenta metros de tu casa es un local en el que se dice que mercadean.

Ese local, por sí solo, no garantiza un mercado. De hecho, una de las costumbres ancestrales de cuando había mercado, el regateo, prácticamente ha desaparecido; ahora se considera de mal gusto.

Un mercado existe cuando los oferentes, sean intermediarios o productores de lo que venden, tienen una serie de costes de producción o de mediación que, a partir de un punto, son crecientes, limitando las cantidades que, dado un precio, que aún no sabemos cuál es, limitarán la oferta de cantidades, de modo que la última unidad ofertada tendrá un precio, como las otras, nunca inferior a su coste.

¿Y quién fija el precio? Éste es resultado del encuentro de esos señores, con sus limitaciones, con otros que también encuentran limitaciones: los demandantes, dispuestos a pagar un precio que, en el límite, se vea compensado por la menor utilidad (satisfacción) esperada del bien. Esa utilidad difiere entre sujetos y, también, entre cantidades de un mismo producto.

No necesito decir que acuden a eso que llamamos "mercado" todos los que pretenden algo que puedan conseguir en él; es decir, compradores y vendedores. Tampoco necesito decir que una cosa es acudir y otra salir con el producto unos y con el dinero otros. Es un juego protagonizado por la autonomía de la voluntad.

¿Es necesaria alguna ley para que entremos o para que salgamos? Naturalmente, no. Es un orden natural, que Hayek calificaba de espontáneo, y que conducirá o no a un acuerdo entre compradores y vendedores. Yo, si me apuran, podría aceptar una ley de publicidad que prohibiera mentir sobre condiciones poco visibles de los productos/bienes; pero nada más. No podemos ofrecer zumo puro de naranja cuando jamás se utilizó una naranja.

Los Gobiernos, que les gusta hacer lo que no saben, promulgan un sinfín de normas que eliminan aquel juego libre; ni es tan juego ni tan libre. Toda la PAC (Política Agrícola Común) está pensada para impedir el libre mercado. Y lo que allí ocurra se transmitirá a los mercados derivados de aquellos. Las ventas de automóviles están fuera del mercado espontáneo, porque existe un Plan Renove; no digamos si optan por un vehículo eléctrico. ¿Y el mercado de la energía? Guardemos silencio. Y así sigue, sigue…

Ahora han descubierto una nueva manipulación del mercado. Han visto que cuando terminan las intervenciones de precios, quizá porque se acabó el dinero, los compradores y vendedores se enfadan mucho. ¡Habían perdido el concepto del mercado real! Hoy, los ministros intervienen en el producto, no en su precio, amenazándoles con enfermedades si comen carnes rojas, o productos tratados con insecticidas, fertilizantes, etc. Cuando los ministros existen en exceso, tienen que buscar qué hacer.

Resultado: hacer la vida imposible a aquellos de quienes dependen sus sueldos. A mayor intervención, menor eficiencia asignativa.

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