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Itxu Díaz

Capitalismo de monserga

Que yo solo quería comerme una hamburguesa. Una gorda, por el amor de Dios.

Que yo solo quería comerme una hamburguesa. Una gorda, por el amor de Dios.
David Alonso Rincón

Que yo solo quería comerme una hamburguesa. Una gorda, por el amor de Dios. Con una amplia sonrisa, una mini Claudia Schiffer con gorra corporativa con los colores del orgullo gay me extendió una cajita en cuyo interior estaba, supongo, mi comida. En el exterior, me informaban de que con mi heroica acción –recuerdo: comer una hamburguesa– estaba contribuyendo con 0,001 euros a repoblar el Amazonas, que lo primero que pensé es que ni acogiendo en la hamburguesería una boda de los galos de Goscinny y Uderzo alcanzarían a plantar la mitad del primer cedro.

Un poco tenso con lo del Amazonas, quise sumergir los morros en el refresco y, en la pajita de cartón, otra jaculatoria verde: "Pequeños gestos salvan el planeta. Hemos eliminado el plástico de nuestras pajitas". Gracias, cabrones, ya lo había notado, que con las burbujas el cartón se corroe y la bebida sabe como si chupetearas un volumen de Una verdad incómoda de Al Gore.

Decidido a cerrar los ojos y comer en paz, en el interior de la cajita me sorprendió un folleto con una oferta de carne "tamaño XXL" y un consejo no solicitado: "Camina más de 2 horas al día, bebe agua, come verduras y lleva una vida saludable", que con cierto rubor me hizo calibrar de inmediato las dimensiones de mi panza cervecera. Si lo piensas, es como si con cada botella de ron te regalaran una caja de Alka-Seltzer.

Rodeaba a la hamburguesa un papelillo con una homilía donde la multinacional alardeaba de su compromiso con la "ganadería ecológica y sostenible", y otro párrafo en letra minúscula que podía haber escrito Garzón en pleno éxtasis anticapitalista y que terminaba con una confusa confesión, que igual yo me estoy volviendo gilipollas, pero que se lee con cierta extrañeza mientras masticas ternera picada: "¡Nuestras vacas son felices!".

Al fin me dieron un café en un vasito de cartón reciclado, como los de la máquina de una funeraria, y le pregunté a la mini Schiffer si podría ser en vasito de cristal, que es que verá usted, que soy más pijo que el caballito de Ralph Lauren, o en su defecto me sirve también una puñetera taza de las de la primera temporada de Cuéntame. Con impecable sonrisa, negó con la cabeza, antes de proferir explicaciones con aroma a naftalina woke: en resumen, que los propietarios de la empresa están deeply concerned con frenar el calentamiento global que produce la sobrecarga energética de encender el lavaplatos para lavar mi taza y que milagrosamente no producen sus aviones privados.

Como me estaba poniendo verde azulado, como Greta Thunberg chillando locuras ante la ONU, me di un paseíto hasta casa con intención de sestear un rato. Pero al llegar me topé con la factura de la luz. Me desperté seis horas después en la UCI, con el sobre en la boca y el corazón sonando como un solo del batería de Metallica. En el reverso de la interminable cifra se veía un cielo azul, arbolitos muy verdes y cascadas de agua cristalina, junto a una perorata en la que agradecían mi fidelidad como cliente porque así ellos podrían seguir trabajando para frenar "entre todos" el deterioro de la capa de ozono.

A punto ya de morir de un ataque agudo de resiliencia, me fui al banco a sacar dinero para abandonar esta otrora gran nación, hoy tomada por el capitalismo de monserga y bostezo. Pero en la sucursal un gran cartel me recibió con el rapapolvo número 300 del día: "Con la igualdad de la mujer y contra el machismo: ¡di no al patriarcado!", que imagino que se refieren al que llevo aquí colgado.

Aún no había terminado allí cuando un folleto con muchos negritos llamó mi atención: me invitaban a contratar un nuevo producto bancario y ayudar al tiempo a poner fin al racismo en el mundo, cruzada que también lideraba dicho banco.

Siempre he pensado que de la mala conciencia individual salen los mayores entusiasmos con ideas estúpidas. Pero la mala conciencia corporativa es estúpida en sí misma. Primero, porque las corporaciones no tienen conciencia, y después, porque si te causa tantísima preocupación lo mucho que contaminan, qué sé yo, tus fábricas de coches, hay algo genial que puedes hacer, mucho mejor que dar el coñazo a tus propios clientes: no fabricar coches.

En fin, andaba balbuceando esto cuando decidí volar hacia al Caribe, y solo porque Musk todavía no nos deja viajar a Marte. Relajado por primera vez en todo el día, surcaba ya las nubes y, tras el saludo del comandante, una voz femenina advirtió que, gracias a viajar con ellos, la dirección de la empresa garantizaba el borrado de mi huella ecológica. Eso me inquietó muchísimo, tanto que instintivamente miré alrededor y ausculté en detalle la suela de mis zapatos, que nunca miro por dónde piso, en busca del cuerpo del delito, sin éxito. Al fin una amable azafata que debió de verme cara de cerdo fascista vino a explicarme lo de la huella y el particular deeply concerned progre de la semana en la compañía. Y ya ves. Hacía tiempo que no dormía tan bien. Qué manera de roncar a placer en las alturas pensando que, a esa misma hora, el Consejo de Administración de la compañía al completo, con sus trajes y corbatas, estaría dale que te pego con un algodoncito con alcohol eliminando mi huella de carbono y sin coste añadido. Héroes, héroes sin capa.

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