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El discurso oficial sobre natalidad y demografía sólo parece preocupado por las condiciones económicas. Pero, ¿son tan importantes?

¿De dónde vienen los niños? Una lección de biología para la ministra García

El discurso oficial sobre natalidad y demografía sólo parece preocupado por las condiciones económicas. Pero, ¿son tan importantes?

Hace unos días, la ministra de Sanidad, Mónica García, publicaba el siguiente tuit:

No hay demasiado lugar para la sorpresa. Desde hace años, cada vez que sale el tema de la baja natalidad, nuestros políticos señalan a la economía: a veces es la tasa de paro y otras la falta de guarderías (o la brevedad de los permisos de paternidad). En esta ocasión, el culpable es la vivienda. Como los pisos están muy caros y los jóvenes no pueden emanciparse, ahí tendríamos una causa que justifica los bajísimos datos de nacimientos en España (en mínimos, en 2023, de los últimos cien años).

El problema es que no es cierto. Lo hemos explicado en numerosas ocasiones:

En todos los casos, los datos son tozudos: no tenemos hijos porque no queremos. Damos prioridad a otras alternativas (de ocio, laborales) frente a formar una familia. No le demos más vueltas, porque sería engañarnos a nosotros mismos. La economía tiene una importancia muy pequeña en este asunto. De hecho, como nos explican esta semana Nuria Richart y Domingo Soriano en La Pizarra, ni los países más ricos de Europa tienen altísimas tasas de natalidad (algo más altas que las españolas, sí, pero porque nosotros somos casi los últimos de la lista); ni en España las regiones más ricas, con menos paro, vivienda más barata, etc. lideran los ranking de natalidad. Tampoco los colectivos con más ingresos son los que tienen más hijos. No hay una España rica con hijos y una España pobre sin ellos. Podemos seguir repitiendo el mantra económico todo el tiempo que queramos y no por eso dejará de ser una manera de engañarnos.

Y entonces, por qué tenemos menos descendencia que hace tres o cuatro décadas. Pues por una razón muy sencilla: porque nos emparejamos más tarde y nuestras uniones son menos estables que antes. Sabemos que es un tema tabú. Pero es lo que nos dicen las cifras: tenemos menos hijos, porque no generamos las condiciones en las que se tienen hijos (parejas jóvenes y estables). A partir de ahí, nos quedan dos opciones: obviar la natalidad en el debate público o afrontar la realidad. Pero la excusa económica debería abandonar la escena. Nunca fue cierta y tampoco lo es ahora.

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