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Condenado a vivir en una furgoneta por culpa de su okupa: "Tengo 51 años y vivo en la calle... ¿Quién es el vulnerable?"

José lleva cuatro meses durmiendo en una Camper aparcada a las afueras de Valencia. Su inquiokupa lleva sin pagarle desde el verano pasado.

José lleva cuatro meses durmiendo en una Camper aparcada a las afueras de Valencia. Su inquiokupa lleva sin pagarle desde el verano pasado.
Así es la furgoneta en la que se ve obligado a vivir José por culpa de su inquiokupa

Enredado en su particular batalla con el presidente argentino, y tratando de aplacar el escándalo que rodea a su mujer, el presidente del Gobierno sigue haciendo caso omiso a muchos de los problemas que sufren los ciudadanos en su día a día. Entre ellos, la okupación y, especialmente, la inquiokupación, aquella protagonizada por inquilinos que dejan de pagar el alquiler y se convierten de facto en okupas.

Lejos de la imagen de propietarios de clase alta que la izquierda pretende vender, lo cierto es que las víctimas son en muchos casos hombres y mujeres que dependen de ese dinero para llegar a fin de mes. Este es el caso de José, un hombre de 51 años que este miércoles cumple cuatro meses viviendo en una furgoneta por culpa de una inquiokupa que lleva sin pagarle desde el verano pasado y que se niega a abandonar su vivienda, a pesar de que sus propios padres viven en el piso de arriba y tienen espacio más que de sobra para acogerla en su casa.

"Me está arruinado la vida y, además, de una manera sibilina y caprichosa", lamenta este propietario de Valencia al que, además, todo ese asunto le ha pillado en medio de una dolorosa separación, después de 10 años con su pareja. "Antes vivía en su casa, pero ahora no tengo donde ir. Mis padres fallecieron hace años, mi hermana vive en Sitges, y ni tengo ese dinero para intentar alquilarme yo otro piso, ni dispongo de él para irme allí a vivir", denuncia. Con todo, su vida se reduce ahora a los escasos metros cuadrados de la Camper que antes usaba para ir de vacaciones.

Apostada en un aparcamiento a las afueras de Valencia, su vieja furgoneta se ha convertido en su hogar. Allí duerme y cocina como puede. "Me ducho en el gimnasio o en el trabajo, lavo la ropa en una lavandería pública y tengo toda mi vida metida en un trastero -relata mientras muestra las fotografías que así lo atestiguan a Libre Mercado-. "Para pasar unos días en la playa, la furgoneta está de maravilla, pero vivir allí es otra cosa, y encima tengo el cruzado y el menisco roto y estoy esperando a que me llamen para operarme, así que imagínate como sería aquí un posoperatorio. Y si no tuviera a dónde ir, pues vale, pero es que yo tengo un piso que es mío y hay una persona a la que no le da la gana ni pagarme ni irse", lamenta indignado.

De inquilina a inquiokupa

La hoy okupada es la única vivienda que José tiene en propiedad. Su hermana y él la recibieron como herencia de su abuela y su tía cuando fallecieron, y él decidió comprarle a ella su parte para preservar los grandes recuerdos que albergaba aquella casa: "Mi familia tenía un quiosco en el local de abajo, así que su piso siempre había sido un lugar de reunión familiar, porque, al tener que abrir domingos y festivos, siempre nos juntábamos allí para comer. Por eso yo le tenía tanto cariño y por eso decidí quedármelo".

Por aquel entonces, sin embargo, él vivía en casa de su pareja. "Ella tenía su piso pagado y, como era más nuevo y estaba mejor ubicado, decidimos hacer allí nuestra vida", explica. Así que, con el fin de complementar su sueldo, optó por poner en alquiler el suyo. Los primeros inquilinos no dieron problemas. Su particular calvario empezaría en el año 2022: "El piso se quedó vacío y los señores que viven justo encima me dijeron que tenían una hija que estaba muy interesada, porque vivía en un barrio muy complicado con sus hijos y le vendría muy bien estar cerca de ellos. Me dijeron que conocían a mi abuela y a mi tía de toda la vida, y como me entraron por ahí, pues pensé que, de tener que alquilárselo a alguien, mejor a una persona de la que tuviera referencias".

A pesar de ser un piso amueblado de tres habitaciones -cuatro, antes de una obra para ampliar uno de los salones-, José tan solo le pidió un mes de fianza e incluso le rebajó el precio y se lo dejó en 600 euros al mes. "La chica siempre me pagaba tarde: si tenía que pagar del 1 al 5, igual me pagaba el día 15; pero, como siempre terminaba pagándome, no me importaba", se justifica. El problema es que un día dejó de hacerlo: "En agosto del año pasado dejó de pagarme la mensualidad y yo, evidentemente, antes de tensar la cuerda, le hice reflexionar, diciéndole que no podía seguir así, porque yo dependía de ese dinero y, si me fallaba, iba muy apurado".

Nada de eso sirvió. Ni sus padres quisieron hacerse cargo de sus deudas, a pesar de que habían firmado como avalistas en el contrato, ni ella accedió a trasladarse a su piso o buscarse otro más barato. "Solo tenía que subir al piso de arriba que, si es como el mío, tiene que ser grande y tener espacio de sobra para ella y sus hijas, porque el de mi abuela y mi tía, en origen, incluso tenía cuatro habitaciones", subraya José.

Condenado a vivir en la calle

Lejos de dar su brazo a torcer, la ya inquiokupa decidió hacerse fuerte en su casa e incluso empezó a difundir que estaba sufriendo amenazas y coacciones por su parte, por lo que el propietario optó por cortar la comunicación tanto con ella como con sus padres y dejarlo todo en manos de la Justicia. En noviembre, puso la denuncia. El mes pasado, tuvo el juicio y, como era de esperar, la sentencia le dio la razón. Sin embargo, el piso sigue okupado y él ya teme lo peor. "Tenía unos días para recurrir, e imagino que pedirá la vulnerabilidad, pero… ¿Qué pasa conmigo? ¿Yo no soy vulnerable? Soy yo el que tiene una casa y, sin embargo, tengo que dormir en una furgoneta; tengo 51 años y vivo en la calle.... ¿Quién es el vulnerable?", se pregunta una y otra vez.

Cuando empezaron los impagos, su situación no era tan delicada, ya que vivía en casa de su pareja. En enero, sin embargo, decidieron romper su relación y él se tuvo que ir. "Mis padres fallecieron hace años y mi hermana no vive aquí. Hay tíos y primos que me han ofrecido quedarme en su casa, pero esto no es como cuando eres pequeño y te vas a dormir a casa de alguien. Yo tengo 51 años -insiste entre el dolor y la rabia-. Yo no puedo condicionar su vida y meterme allí con todas mis cosas sin saber hasta cuándo se puede alargar todo esto, y que encima tengan que aguantar mis malos ratos, porque evidentemente esta situación te consume".

A pesar de que, por tener un trabajo fijo, sabe que es difícil que a él le concedan la vulnerabilidad, José no tira la toalla: "Hasta la Policía me dice que llame a Desokupa porque si no, no la voy a conseguir echar, pero es que vamos a ver… ¿Quién es más vulnerable? ¿Ella, que tiene un techo en el que vivir, porque tiene a sus padres en el piso de arriba, o yo que con 51 años estoy viviendo en la calle?". Para dejar constancia de ello, incluso ha solicitado su empadronamiento en la furgoneta, algo que, según dice, está contemplado por ley.

El problema es que, más de dos semanas después, sigue sin respuesta: "A los okupas les están dando la vulnerabilidad por teléfono. Los servicios sociales incluso ya les entrevistan por teléfono y les otorgan directamente la vulnerabilidad y a mí, que llevo desde el 3 de mayo habiendo presentado toda la documentación, habiendo venido la policía a dar fe de que estoy viviendo donde estoy viviendo, fíjate la fecha en la que estamos y aún no me han dado el papelito definitivo, que es una cosa muy importante a la hora de yo presentársela al juez. ¡Es indignante!".

Contra el Gobierno

Precisamente por eso, José descarga toda su rabia contra el Gobierno: "Este problema existe. No es un caso aislado ni una cosa puntual de una persona concreta como nos quiere hacer creer la izquierda". Y para comprobarlo, advierte, el Ejecutivo solo tiene que reunirse con la Plataforma de Afectados con la Ocupación, a la que él mismo acudió a pedir ayuda y donde se encontró cientos de casos como el suyo. "No somos un fondo de inversión o un banco con miles de pisos -insiste-. Estamos hablando de gente humilde, trabajadora, discreta… Y no es justo que una persona con 51 años se vea en la situación en la que yo me estoy viendo y que nadie se preocupe por ti, porque la sensación que tengo ahora mismo es que hasta un perro tiene más derechos que yo".

Sus palabras resumen la impotencia que comparten todas las víctimas. "Es que no hay derecho… ¡No hay derecho! ¿De qué sirven los contratos? ¿De qué sirven las escrituras? ¿De qué sirven las cláusulas si luego hay gente que se la pasa por dónde quiere? -se pregunta indignado-. Y yo estoy de acuerdo en que, si hay gente vulnerable, se la ayude, pero no yo, sino el Estado, que para eso pagamos nuestros impuestos".

Aunque, incluso en este caso, José insiste en la necesidad de que las administraciones comprueben si existe fraude de ley: "Si se detecta que están inventándose cosas para aprovecharse de la situación, que les que se les meta mano, porque se está jugando mucho con este asunto. Y, además, es que incluso las asociaciones que defienden a estas personas vulnerables deberían ser las primeras interesadas en desenmascarar a quienes se montan estas situaciones ficticias, porque están perjudicando a muchísima gente que lo necesita más que ellos".

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