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A Obama no le tiembla el pulso

Verán ustedes como esto lo termina solucionando por la vía rápida: subiendo los impuestos. Pero no a los más ricos, como prometió en su campaña electoral, sino a las clases medias.

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Opinaba recientemente The Economist que si algo ha caracterizado a Obama durante su mandato ha sido su falta de valentía. "Es asombroso lo difícil que es recordar un caso en el que no haya sido ambiguo", dicela revista. En efecto, las promesas de aquel brillante orador de la campaña electoral se disolvieron como un azucarillo en cuanto pisó el Despacho Oval. Dijo, por ejemplo, que cerraría Guantánamo, pero una vez en Washington decidió que tenía que pensárselo mejor. Prometió acabar con la belicosa política del malvado Bush y "traer a los soldados de vuelta a casa", pero desde que llegó no ha salido de ninguna guerra y sí se ha metido en otra. A la hora de la verdad, sus decisiones no se han guiado por lo correcto, ni por lo prometido, sino por lo que presentaba menos riesgo electoral. Señala el artículo que incluso la reforma sanitaria la terminó sacando adelante porque cuando se quiso dar cuenta, ya era más arriesgado envainársela que huir hacia adelante.

Sin embargo, aunque se caricaturice a Obama aferrado al trampolín, incapaz de tirarse a la piscina y mojarse, en algo no le ha temblado el pulso en absoluto. Y es que la gran mayoría de las decisiones que ha tomado han supuesto un aumento de gasto público. Poco importaba que se tratara de buscar un modelo eficiente de servicios sanitarios o de salir de la crisis económica, que con la piedra filosofal del gasto todo parecía solucionarse. Obama no está solo, por supuesto. Tirar del erario público para evitar tener que tomar una decisión es una afición muy común entre la gran mayoría de los gobernantes de todos los colores. Un método de operar sencillo y en apariencia indoloro. Pero resulta que el gasto público es la clásica droga que al principio parece inofensiva y estimulante, tal vez algo adictiva, pero que cuando te quieres dar cuenta te está destrozando y te tiene atrapado.

Últimamente el Gobierno de Estados Unidos empieza a notar los efectos de esta peligrosa adicción. La agencia de calificación Standard & Poors decidió la semana pasada poner la nota de la deuda americana en "perspectiva negativa", una especie de antesala a la rebaja de su calificación crediticia. Llegar a este punto es hasta complicado, pues la Reserva Federal se ocupa de comprar casi toda la deuda del Gobierno de Obama con billetes recién impresos por Bernanke. Pero hasta eso tiene un límite, el de disparar la inflación, que Obama no ha dudado en tantear. Cuando un país se pone con una deuda que ya alcanza el 80% del PIB y un déficit del 10%, sus acreedores lo que piden es un plan serio de reducción del gasto público. El castigo llegó cuando ese "recorte histórico"que prometió, resultó ser 100 veces inferior a lo anunciado. Verán ustedes como esto lo termina solucionando por la vía rápida: subiendo los impuestos. Pero no a los más ricos, como prometió en su campaña electoral, sino a las clases medias. En ciertas cosas a este hombre no le tiembla el pulso.

Ignacio Moncada es ingeniero industrial por ICAI y trabaja como analista financiero de inversiones en Nueva York.

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