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Emilio J. González

Grecia y la ruptura del euro

Los inversores se han llevado un buen susto, pero ¿tan grave sería que los griegos se marcharan? Personalmente, creo que no.

Emilio J. González
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El fantasma de la ruptura del euro planea nuevamente sobre Europa. Este viernes, los mercados se han sobresaltado ante la posibilidad de que Grecia decida abandonar la unión monetaria europea, una noticia publicada por un medio alemán que ha sido desmentida por todos, incluido el propio Gobierno heleno. Aun así, los inversores se han llevado un buen susto, pero ¿tan grave sería que los griegos se marcharan? Personalmente, creo que no.

Es cierto que la salida del euro por parte de Grecia podría interpretarse como un síntoma de debilidad de la unión monetaria europea, que no es capaz de mantener su unidad en tiempos de crisis. Y, en seguida, se empezaría a pensar que Portugal, Irlanda o hasta España podrían verse obligadas a tomar el mismo camino. Todo esto, sin embargo, no sería más que un análisis simplón de lo que está ocurriendo de verdad con Grecia y su pertenencia a la unión monetaria europea. De entrada, el país heleno hizo de la indisciplina fiscal una forma de vida, a pesar de que el Pacto de Estabilidad prohíbe déficit presupuestarios superiores al 3% del PIB. Los griegos, sin embargo, no han cumplido dicha norma ni un solo año desde que entraron en el euro y, para encubrir su falta de interés por acometer los ajustes presupuestarios necesarios, se dedicaron a engañar a todo el mundo. Es decir, su compromiso con las exigencias de la unión monetaria ha sido nulo, a diferencia de Irlanda, Portugal y España.

Ahora, cuando tienen que realizar los ajustes que no han llevado a cabo antes se niegan a hacerlo porque, dicen, los griegos no están acostumbrados a pagar impuestos. Baste un botón de muestra: de acuerdo con las estadísticas fiscales del país, sólo cien ciudadanos tienen rentas superiores a 60.000 euros. ¿Alguien puede creérselo? No, verdad. Pues bien, si el Gobierno no quiere combatir el inmenso fraude fiscal del país, no debe aspirar ni a que nadie le rescate, ni a seguir siendo miembro del euro. Nuevamente, las diferencias con las otras economías en dificultades son más que patentes. Además, apenas están tomando medidas estructurales para sanear y relanzar su economía y, de esa forma, pagar sus deudas. Por el contrario, en lo que confían es en una especie de cuento de la lechera, según el cual si China empieza a consumir aceite de oliva, tendrá que comprárselo también a ellos y entonces estarían salvados sin tener que hacer nada. En fin, ya se sabe que los sueños, sueños son.

Por tanto, y con semejantes actitudes, si Grecia finalmente optara por marcharse del euro, nadie debería interpretarlo como el fin de la unión monetaria europea, sino simplemente como que un país no quiere cumplir las normas que impone la pertenencia a ese club y los demás, como es lógico, no están dispuestos a salvarlo ante semejantes actitudes. De todas formas, dudo mucho de que los griegos vayan a optar por salir del euro porque hacerlo supondría volver a la dracma y su tipo de cambio se hundiría, con lo que el país quebraría y lo pasaría todavía peor. Así es que me parece que la alarma ha sido gratuita.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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