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Crisis política y económica: España en la encrucijada

La salud democrática de España, y su regeneración institucional y económica, exigen como condición previa esa transformación radical del socialismo español.

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El colapso de los regímenes socialistas autoritarios europeos puso de manifiesto la inviabilidad del relato marxista. La izquierda fue perdiendo tanto sus raíces ideológicas como su clientela objetiva –el proletariado–, viéndose obligada a admitir que finalmente había sido el capitalismo, y no el marxismo, el que había redimido a la clase trabajadora.

Muy al contrario, la derecha ha afianzado su discurso democrático, abandonando su carga de autoritarismo, y asumiendo los valores de la libertad y de la solidaridad. No en vano, las derechas totalitarias europeas, nacidas como respuesta a la izquierda totalitaria, perdieron definitivamente el poder con la II Guerra Mundial.

En España, sus homólogas fueron desactivadas por la dictadura franquista, carente de cualquier ideología que no fuera la del autoritarismo personalista. Desgraciadamente, no ocurrió lo mismo con la izquierda totalitaria europea, que mantuvo el poder en el bloque comunista hasta hace solamente dos décadas. A partir de entonces, la izquierda totalitaria se ha convertido en residual y ha sido definitivamente equiparada con la derecha totalitaria.

No obstante, hay que reseñar la flagrante anomalía de que en España se mantenga un último reducto de la izquierda totalitaria nacionalista, pretendiendo alumbrar su proyecto político por la fuerza del terror criminal. Tras la I Guerra Mundial, la izquierda democrática, carente de un nuevo discurso, se ha limitado a sobrevivir tratando de adaptarse al capitalismo y al pensamiento postmoderno. Esa acomodación ha tenido un alto coste, ya que ha obligado a la socialdemocracia a doblegarse ante las diferentes oligarquías que, como tales, constituyen los auténticos bastiones del conservadurismo.

En España se ha configurado un frente contrario al libre mercado, fruto de la connivencia entre la ideología estatista, que se traduce siempre en intervencionismo, y la oligarquía económica que tiende naturalmente a la formación de oligopolios. Esa alianza se ha constituido en un lastre insuperable para la competitividad de la economía española, ya que mantiene sometidos a una inflación estructural a los mercados de bienes y servicios básicos.

Las pymes españolas soportan sobreprecios en los costes de instalación y producción, así como un mercado de trabajo ineficiente y unos costes salariales indiciados a la inflación. No es de extrañar que estatismo y oligarquía formen piña ante el modelo liberal, al que procuran mantener relegado en todos los ámbitos. Esa conjunción es la causa profunda de la grave crisis que amenaza con desplazarnos a los arrabales del mundo desarrollado.

A partir del año 2000, en el que la derecha consigue gobernar con mayoría absoluta, el socialismo español cobra completa consciencia de su fragilidad ideológica y clientelar. Ese escenario le orienta a considerar la conquista del poder como su único norte. Con ese objetivo adopta en 2002, y desarrolla hasta la actualidad, una estrategia de alarmantes perfiles totalitarios y reaccionarios:

  • Crear un gran aparato de propaganda para disfrazar un proyecto obsoleto, como si fuera progresista y de futuro, llevando al extremo los postulados del llamado "pensamiento débil".
  • Diseñar e implementar una vasta operación de ingeniería social de profundo calado destinada, en último término, a sustituir los derechos prepolíticos de la persona, por aquellos que, en cada momento, dicten el poder político y oligárquico.
  • Coartar la libertad de expresión, controlando los medios de comunicación mediante la creación de barreras "administrativas".
  • Instrumentalizar las instituciones del Estado, de forma que los intereses partidistas prevalezcan sobre los generales.
  • Desvirtuar nuestro ordenamiento constitucional, forzando una nueva generación de Estatutos autonómicos que lo desbaratan, y lo encauzan hacia un modelo confederal.
  • Explotar los antiguos reductos clientelares, fomentando la agitación para obtener los pingües réditos del enfrentamiento social.
  • Promover la exclusión de la derecha del campo democrático, oficializada en el "Pacto del Tinell".
  • Facilitar el acceso de la izquierda totalitaria nacionalista, "ergo" violenta, a las instituciones democráticas; consagrando así la rentabilidad del uso de la violencia.
  • Alinearse con el frente nacionalista, engrosando sus privilegios regionales a cambio de apoyo político.
  • Someter la economía de mercado al estatismo intervencionista, lo que al ser una contradicción en sus términos, acaba siempre socavando el desarrollo económico.

La aplicación de esa estrategia de poder durante siete años ha provocado importantes daños en la estructura social, institucional, política y económica de España. A lo largo de los últimos tres años, la crisis económica ha hecho notorios esos daños, poniendo en evidencia lo pernicioso de esa estrategia.

Una vez más, se corrobora la experiencia histórica de que toda opción política orientada a obtener y mantener el poder a toda costa, resulta nefasta para los intereses de libertad, justicia y progreso de la ciudadanía.

Tras deteriorar nuestro marco de convivencia, el socialismo español ha sido incapaz de afrontar la crisis de un paradigma económico generado desde las oligarquías y, paradójicamente, asumido como propio por las izquierdas; quienes continúan demandando más de lo mismo.

Solo en clave de poder es posible entender que el socialismo hiciera suyo un patrón de crecimiento económico cuyas señas de identidad son: la especulación, la inflación, la creciente desigualdad en el reparto de riqueza y, su corolario, el desempleo galopante.

Esa incapacidad, derivada de la aceptación de ese patrón, le ha llevado al extremo de negar la evidencia de la crisis económica, y de no tomar medidas para combatirla hasta mayo 2010, forzado por las presiones internacionales.

La sociedad española ha asistido angustiada a un triste espectáculo político- económico, de falseamiento continuo de la realidad y de carencia de un verdadero programa anticrisis.

Es ineludible transformar una economía sustentada en el endeudamiento para el consumo y la inversión de escaso valor añadido, la del "ladrillo", en otra en la que el ahorro se destine a la inversión productiva.

Dentro de la Europa de la moneda única y de la competitividad, esa auténtica metamorfosis pasa necesariamente por una drástica reducción de precios y salarios, equivalente a las históricas devaluaciones de la peseta.

Una crisis de tan profundo alcance no puede abordarse desde la retórica partidista excluyente, ni mediante la pretendida magia de las "recetas" económicas coyunturales, aplicadas tarde, mal y nunca.

Paradojas de la Historia: esos clamorosos errores en su estrategia de poder pueden acabar expulsando del campo de juego político al socialismo español. En el siglo XXI, la izquierda debe afrontar plenamente el reto de las libertades y de los valores democráticos en todos los ámbitos, actuando como necesario factor de equilibrio en el histórico proceso de globalización, que va a constituirse en la seña de identidad de nuestro próximo futuro.

La salud democrática de España, y su regeneración institucional y económica, exigen como condición previa esa transformación radical del socialismo español. Para afrontar con éxito esos trascendentales retos, es imprescindible que la izquierda y la derecha políticas, puestas al servicio de la sociedad española, contraigan un amplio y duradero compromiso de Estado.

Si los poderes públicos asumen sus responsabilidades, se está a tiempo de conseguir que nuestras diferencias políticas, sociales y culturales sumen en un proyecto común para situar a España en el núcleo europeo. De lo contrario, el populismo y el caciquismo acabarían deshaciendo la nación española, arrojándola a la cuneta de la Historia.

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