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¿Cuánto tardará Bruselas en llamar a la puerta?

Al final, si no queremos hacer sacrificios voluntarios, nos acabaremos comiendo la suspensión de pagos. Y ahí los sacrificios llegarán sí o sí por un simple detalle: no habrá dinero.

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No hay nada en la redonda cifra de 400 puntos básicos en nuestra prima de riesgo que exija a gritos un rescate o una intervención. Lo mismo da 400, que 395 que 412. La línea roja no la marca un número, sino la diferencia cualitativa entre unos riesgos que son digeribles para los inversores –Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia u Holanda: todos ellos con tipos de interés por debajo del 3,5% y con primas de riesgo inferiores a 100 puntos básicos– y otros que ya no lo son –Grecia, Irlanda, Italia, Portugal o España: todos con tipos superiores al 6% y diferenciales por encima de los 350 puntos básicos–. Lo grave para nuestro país es que, por mucho que ahora mismo nos sigan mimando unas agencias de rating –que todavía le confieren a nuestra deuda las más altas garantías de la doble A–, el mercado nos ha discriminado como malos riesgos, de modo que todos aquellos inversores que estén buscando reservas de valor más o menos seguras, no acuden precisamente a nosotros.

Las causas de este fiasco no hay que buscarlas en el insaciable apetito de los mercados, sino más bien en la ilimitada voracidad de los políticos por continuar gastando mucho más de lo que ingresan. No hace falta estar dotado de una inteligencia extraordinaria para descubrir lo que diferencia a los países seguros de los arriesgados: los primeros tienen déficits públicos modestos y acumulan volúmenes de deuda manejables; los segundos, en cambio, presentan déficits públicos o volúmenes de deuda desproporcionados. En el fondo, es lo que diferencia a buen de un mal deudor también en el sector privado.

Fíjense: en 2010, Alemania apenas tenía un déficit del 3%, Austria del 4%, Finlandia del 2,7% y Holanda del 5% (pero con una deuda total del 60% del PIB); en contraste, España alcanzaba un déficit del 9,2%, Grecia del 9,5%, Irlanda del 32%, Portugal del 7,3% e Italia del 4,6% (pero con una deuda total del 120% del PIB). Y ello por no hablar de la muy dispar capacidad de estas economías para crear riqueza y, por tanto, amortizar su deuda.

Hay un mundo de diferencia entre ambos grupos que nuestros políticos no han querido ver y ahora cosechamos, cuando ya es demasiado tarde para darle la vuelta a la tortilla, las podridos frutos de su irresponsabilidad pasada. Precisamente, las economías periféricas, las más débiles, las que debíamos atravesar por un mayor reajuste interno y las que teníamos menos capacidad para asumir nuevas deudas, deberíamos haber sido las más austeras. Pero fue al revés: no le hicimos caso al sentido común –más bien nos guiamos por el común sinsentido keynesiano– y ahora nos sorprendemos de que la prima de riesgo salte por los aires.

Lo cierto es que la dinámica en la que nos encontramos tiene muy difícil salida. Es harto complicado que el Reino de España recupere la credibilidad de que va a honrar todos sus compromisos internacionales. No porque los mercados nos odien –después del tijeretazo, cuando dio la impresión de que íbamos a coger al toro por los cuernos, nuestro diferencial cayó por debajo de 150 puntos básicos– sino porque ya nos hemos burlado demasiado de ellos –recuerden al jefe del Eurogrupo, Jean Claude Juncker, diciendo que "cuando las cosas se ponen feas, hay que mentir"– y, sobre todo, porque parece que no nos tomamos en serio el riesgo de suspender pagos. Si, según reza el imaginario socialista, las cosas dentro del país están bien como están y nuestros problemas sólo provienen de los malvados especuladores de fuera, la respuesta de esos ahorradores internacionales de los que dependemos será bien sencilla: quédense con su paraíso interno, que nosotros nos guardamos el dinero fuera.

¿Solución? Hacer en unas semanas lo que deberíamos haber hecho en toda una legislatura. Pero, primero, no parece ni que el PP ni mucho menos el PSOE estén dispuestos a ser austeros y liberalizadores de verdad; segundo, aunque alguno quisiera serlo, no van a anunciarlo antes de las generales, en esencia porque la mayoría de los españoles no quiere asumir el coste de que lo sean; y, tercero, para las generales todavía quedan casi cuatro meses.

Bruselas está cada vez más cerca de llamar a la puerta y de volver irrelevante la R que nos gobierne en 2012; claro que, viendo los planes de ajuste a medio camino de Grecia y Portugal, tampoco esto es garantía de nada. Al final, si no queremos hacer sacrificios voluntarios, nos acabaremos comiendo la suspensión de pagos. Y ahí, fuera del euro y con una devaluación de caballo, los sacrificios llegarán sí o sí por un simple detalle: no habrá dinero.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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