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Juan Ramón Rallo

Que nos rescaten, pero sin que se note mucho

Que nos rescaten pero sin que se note mucho y, sobre todo, sin que tengamos que hacer las reformas que nuestros cortesanos decían que ya habíamos hecho pero que obviamente nunca hicimos.

Juan Ramón Rallo
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Cuando todo lo demás falla, échale la culpa a los demás. Las servidumbres políticas se pagan caras en términos de honradez y credibilidad: y es que aquellos mismos que hace unos meses sacaban pecho por que España ya había hecho todas las reformas necesarias y por que la recuperación marchaba viento en popa, se topan ahora con la realidad que no quisieron ver o no supieron comprender.

Así, en opinión de nuestros economistas cortesanos, no hay ninguna razón de peso ni para que la prima de riesgo esté en máximos históricos ni para que el país se halle a las puertas de la intervención. Simple irracionalidad de los mercados que como tal se debe combatir: si nadie nos quiere prestar voluntariamente, habrá que articular mecanismos comunitarios para que lo hagan de manera coactiva. Es decir, para que nos rescaten pero sin que se note mucho y, sobre todo, sin que tengamos que hacer las reformas que nuestros cortesanos decían que ya habíamos hecho pero que obviamente nunca hicimos 

El recetario no es novedoso: o bien eurobonos para que nuestro alto riesgo se diluya con el buen crédito alemán o bien monetización masiva de nuestra deuda por el BCE para socavar la liquidez del banco emisor colocándole nuestros bonos públicos suprime (o bien los dos a la vez, que nada sería más fácil que la monetización de los eurobonos por parte del BCE, a imagen y semejanza de la Fed en EEUU).

Cualquier cosa menos reconocer que, como algunos veníamos diciendo, los fraudulentos parches que ZP colocó a nuestra economía tenían bien poco que ver con las reformas que necesitábamos. Al cabo, si todo se hizo bien, ¿por qué nadie nos quiere prestar salvo a crecientes tipos de interés? ¿Acaso no existe ningún riesgo de que impaguemos, de que se rompa la Eurozona y de que, en definitiva, nuestros acreedores no vayan a recuperar la totalidad de los fondos que nos extienden o de que lo hagan en una divisa absolutamente devaluada?

Y, por favor, no sigamos con la milonga de que tenemos una ratio de deuda pública sobre el PIB muy bajo. Nuestro problema es que, debido a las masivas expansiones crediticias del BCE durante la década pasada, nuestra deuda total, incluyendo la privada, es tan elevada que la única manera de no suspender pagos es pidiendo refinanciación al extranjero. Lo que se pone en duda es si un sector privado tan debilitado como el nuestro podrá atender sus obligaciones sin la asistencia continuada de un sector público –por ejemplo, vía subsidios de desempleo– que, por cierto, tampoco es autosuficiente al necesitar del crédito exterior para financiar sus déficits: y es que si el Estado subiera los impuestos –para reducir su dependencia del exterior– el sector privado vería minorados sus recursos para amortizar sus deudas, incrementando su dependencia del crédito extranjero: estamos presos en la trampa de gastar como país mucho más de lo que producimos y esa diferencia nos la han de sufragar unos inversores que temen que en ningún momento produzcamos más de lo que gastemos y podamos pagarles.

Con una deuda exterior bruta del conjunto del país superior al 200% del PIB (o del 100% en términos netos), no les negaría yo cierta lógica a los temores. Lean, si no, el estudio más exhaustivo realizado hasta la fecha, el de Reinhart y Rogoff: "Al final, las suspensiones de pagos suceden con frecuencia a niveles de deuda externa bastante por debajo al 60% del PIB". ¡Del 60%! Y nosotros estamos en el 200% y con cinco millones de parados.

Así pues, si existe un cierto riesgo de suspender pagos, alto, bajo o muy bajo, pero si existe –es decir, si es posible que los acreedores extranjeros sufran unas pérdidas descomunales–, la prima de riesgo ascendente es más que comprensible. De hecho, si ahora mismo, como ya todos reconocen, la única manera de no ahogarnos en el lodazal de la desconfianza que generamos es rapiñando la credibilidad del Tesoro alemán o de la moneda europea, es que ya necesitamos un rescate; es que ya no nos valemos por nosotros mismos; es que ya requerimos de medidas extraordinarias para no derrumbarnos como economía.

Podemos seguir engañándonos a la espera de que lleguen Trichet o Draghi con los préstamos subprime. Pero al menos dejémoslo claro: si hemos llegado a esta situación es porque en ningún momento hemos hecho los deberes. Es decir, en ningún momento hemos comenzado a gastar como país sustancialmente menos de lo que producimos; ya sea porque hemos continuado gastando a ritmos de burbuja o incluso superiores (sobre todo por parte del sector público) o porque no hemos sido capaces de reconstruir nuestra economía para volver a fabricar tanta riqueza como la que deseábamos consumir (sobre todo, por las rigideces que el Estado no se ha dignado en eliminar). Ahora, claro, tras la servil y cómplice operación de mascarada de los últimos meses, sólo cabe patalear por la irracionalidad de los mercados y exigir la intervención del BCE. Es decir, que nos rescaten pero por la puerta de atrás, no sea que nos obliguen de verdad a hacer las reformas y dejen a más de un político y de un economista con sus vergüenzas al descubierto.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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