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EDITORIAL

Un Gobierno que no ha hecho su trabajo

Que el BCE se haga cargo de nuestra deuda no puede ser la solución ni a medio ni a largo plazo por la sencilla razón de que el problema es y seguirá siendo la enfermiza renuencia de nuestros políticos a ajustar sus gastos a su realidad financiera.

EDITORIAL
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Se supone que quienes tienen que "hacer su trabajo" ante una crisis motivada por la falta de confianza en que los Estados sean capaces de devolver lo que han recibido en préstamo son sus gobernantes. Sin embargo, en lugar de acometer reformas que reactiven nuestra mortecina economía y de introducir drásticos recortes en el gasto público que hagan creíble la posibilidad de que pronto el sector público será capaz de recaudar más de lo que gasta, nuestra vicepresidenta económica, Elena Salgado, se ha dedicado este domingo a reclamar al Banco Central Europeo que "haga su trabajo", que para ella no es otro que comprar los bonos españoles e italianos que los inversores privados no aceptan si no es con una elevadísima prima de riesgo.

El presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, ya anunció el pasado viernes que el banco reanudaría sus compras de bonos, suspendidas desde mayo, tratando de calmar a los inversores. Pero no había precisado hasta ayer si la institución podría comprar o no bonos del Tesoro de España e Italia. Sin embargo, la monetización de deuda no puede ser la solución ni a medio ni a largo plazo por la sencilla razón de que el problema es y seguirá siendo la enfermiza renuencia de nuestros políticos a ajustar sus gastos a su realidad financiera.

Salgado ha querido disimular su irresponsabilidad no sólo pasándole el "muerto" al BCE sino también anunciando un par de medidas que, en realidad, no vienen si no a dejar todavía más en evidencia la pasividad de su Gobierno a la hora de hacer su trabajo en lo que a embridar el gasto público se refiere. Nos referimos a la decisión de incrementar este mismo año los pagos a cuenta para grandes empresas o la de flexibilizar el contrato a tiempo parcial. Si la primera es una medida que pone en evidencia la obsesiva demagogia del Ejecutivo contra las empresas grandes por el mero hecho de serlo y que no va a paliar el mal estado de nuestra Hacienda Pública (pues sólo implica una anticipación de ingresos futuros), la segunda no deja de ser un inconcreto y mero parche que no va a solventar la irresponsable decisión de este Gobierno de no acometer una auténtica reforma laboral.

Lo que resulta evidente es que ni elevar el tope de endeudamiento, tal y como se ha aprobado recientemente en EEUU, ni forzando a que la autoridad monetaria se haga cargo de las distintas deudas nacionales va a contribuir a tranquilizar a largo plazo a los mercados. La reciente rebaja del rating de la deuda estadounidense por primera vez en 70 años deja en evidencia que el auténtico problema está en los políticos adictos al gasto y al endeudamiento público, tanto en éste como al otro lado del Atlántico.

Mientras los Ejecutivos no acometan una ambiciosa y radical reforma destinada a reducir el peso del Estado y a liberar de su pesada carga a empresas y familias no habrá posibilidad de recuperación sino garantía de una decadencia como la de quienes evitan la resaca ingiriendo más alcohol.


 

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