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El euro, nuestra mosca cojonera

No le echemos las culpas al euro, echémoselas a los políticos y palmeros empeñados en impedir que nuestra economía funcione sin fraudes monetarios de por medio.

Juan Ramón Rallo
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La cuasi universal antipatía que está despertando el euro a cuenta de esa explosión en las primas de riesgo de la deuda soberana de los países menos responsables y solventes sólo demuestra una cosa: que nuestras sociedades prefieren vivir engañadas. Al cabo, la moneda única no crea problemas, los pone de manifiesto: nos revela, cual insolente Pepito Grillo, que padecemos de un mercado laboral absolutamente inflexible, de un mercado energético con costes inflados por las ayudas a las renovables, de unas regulaciones y trabas burocráticas ideadas para impedir la creación de nuevas empresas y, sobre todo, de un Estado de Bienestar hipertrofiado que no nos podemos costear salvo mediante la asfixia tributaria de la clase media.

Fuera del euro no es que todos estos problemas no existieran, sino que los camuflábamos bajo el manto de la inflación y de las devaluaciones. O tempora o mores. Los buenos viejos tiempos. ¿Que necesitábamos rebajar algunos salarios frente al exterior? Pues hundíamos el valor de nuestra moneda y los recortábamos todos a la vez. ¿Que nadie quería prestarles un duro a nuestras Administraciones Públicas para seguir gastando mucho más de lo que ingresaban? Pues nada, le dábamos a la imprenta del Banco de España o, lo que es idéntico, aprobábamos un expoliador impuesto extraordinario llamado inflación.

Hoy, por suerte, nada de ello es posible. Si queremos mejorar la competitividad de nuestros productos no nos queda más remedio que ajustar precios y salarios para crear riqueza de manera coordinada con el extranjero; si deseamos gastar más de lo que ingresamos, o bien toca subir los impuestos o bien endeudarnos con el compromiso hacia nuestros acreedores de que les devolveremos lo que nos prestaron. De ahí que necesitemos de austeridad pública y de flexibilización privada. Es la dura realidad de un mundo adulto, responsable y donde los trileros tienen escasa cabida.

Por eso, todos los Peter Pan que en nuestro mundo han sido prefieren que el BCE empiece a monetizar deuda a que los políticos efectúen las reformas y aprueben los presupuestos que requerimos. De hecho, algunos de ellos incluso optan por la monetización para que no haya reformas. Angelitos, como si la provisión privilegiada de liquidez fuera una salvaguarda contra la insolvencia. No lo es, o no lo es a menos que esa monetización sea realmente masiva y generemos una inflación igualmente desbocada, que no por casualidad equivaldría a un impago hacia nuestro acreedor.

La alternativa para reconducir nuestras primas de riesgo es, pues, clara: o cargarnos la moneda monetizando deuda o implementar programas de austeridad pública y liberalización privada. Lo lamento pero no existe una vía intermedia: que nadie piense que el BCE es capaz de comprar cantidades moderadas de deuda española e italiana que no pongan en riesgo su supervivencia y, al tiempo, minorar de manera permanente nuestros tipos de interés. No puede lograrlo de ninguna manera: pequeñas compras, un poco superiores a las que ya ha venido haciendo, no bastarán, y grandes compras apuñalarán al euro.

Que sí, que ya sé que Japón tiene una deuda pública cercana al 200% del PIB y EEUU una del 100% del PIB aun cuando los tipos que pagan por sus bonos a 10 años son risibles. Pero la explicación no cabe buscarla en la barra libre de sus bancos centrales, sino en sus altísimos niveles de ahorro interno que se destinan a comprar deuda pública (en el caso de Japón: tan es así que le sobra ahorro para financiar a Gobiernos extranjeros) o en la consideración de su divisa como moneda internacional de reserva (en el caso de EEUU). No es demasiado complicado de entender: el Banco de Japón posee menos del 6% de toda la deuda pública del país y la Fed alrededor del 11%, mientras que el coste de su deuda oscila entre el 0,5% y el 2%. Por su parte, el BCE ya ha comprado alrededor del 15% de la deuda griega y del 5% de la deuda española e italiana, sin que los tipos de interés de estos tres fallidos Estados hayan dejado de ubicarse entre el 7% y el 20%. Más bien, el ejemplo remoto –pues lo nuestro es peor– nos lo proporciona Reino Unido, país que sólo ha sido capaz de mantener a raya sus tipos a costa de monetizar el 17% de toda su deuda pública y de padecer, en consecuencia, una inflación superior al 5% y una depreciación de su divisa de entre el 10% y el 20% con respecto al euro y al dólar.

Las cosas son así: si no hay demanda de nuestra deuda porque ésta se percibe como demasiado arriesgada, el banco central sólo podrá ejercer una significativa influencia sobre los tipos de interés comprándola en inmensas cantidades, lo cual implica erosionar el valor de nuestra divisa. Sin duda los habrá que deseen una elevada inflación para minorar el valor real de las deudas privadas, pero el camino es algo torpe y arriesgado: ¿qué sentido tiene rebajar nuestro excesivo endeudamiento nacional generando inflación a través de la monetización de un creciente endeudamiento público? ¿Menos deuda privada y mucha más deuda pública? No, definitivamente no necesitamos inflación.

¿Qué tal si, llegados a este punto, nos dejamos de los fracasados y muy cerriles intervencionismos que no han dado resultado en ninguna parte –ni en Japón, ni en EEUU ni en Reino Unido– y pasamos a adoptar las políticas rigurosas que sí han acreditado que funcionan? Después de tres años en los que hemos encadenado los déficits públicos más altos de nuestra historia y en los que, en cambio, no hemos tocado ninguna regulación sustanciosa, se me escapa cómo alguien puede defender que hemos de ahondar en ese camino hacia la miseria. No le echemos las culpas al euro, echémoselas a los políticos y palmeros empeñados en impedir que nuestra economía funcione sin fraudes monetarios de por medio. Maduremos de una vez y asumamos nuestras responsabilidades: ninguna sociedad puede vivir permanentemente de la deuda si, al tiempo, se ata las manos para generar la riqueza con la que amortizar esa deuda. Los atajos inflacionistas –el cerrar los ojos ante la realidad– no nos traerán nada bueno, sobre todo si conceden un balón de oxígeno a unos políticos y a unas sociedades que en cuanto se relaja mínimamente la prima de riesgo se creen que "la crisis de deuda ya ha terminado" y que pueden persistir en sus malas costumbres. Las soluciones están encima de la mesa, ahora sólo falta que alguien se atreva a aplicarlas para recuperar la confianza de los ahorradores nacionales y extranjeros.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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