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Colectivos, jefes, depredadores y parásitos

Hay un problema muy importante que Costas ignora por completo: el control de los gorrones o parásitos, de los oportunistas que viven a costa de los demás, recibiendo más de lo que aportan.

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Antón Costas, catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona, utiliza una mala metáfora biológica para intentar explicar la problemática de los mercados y la deuda de los países con problemas financieros: “El comportamiento de los 17 países que componen el euro se parece al de una manada en la que el jefe no ejerce un liderazgo solidario e intimidador”. O sea que los mercados son como violentos depredadores, asesinos en serie que se ensañan con inocentes presas a quienes el jefe de la manada, la todopoderosa Alemania, se niega a defender.

Su analogía es chapucera: ofrece “un símil con lo que ocurre en la selva”, pero en seguida habla de “las sabanas”, que no son la selva; menciona que “los depredadores huelen la sangre de los miembros más débiles”, lo cual no suele ser el caso, ya que las presas no suelen sangrar antes de ser atacadas, y para detectar debilidad no hace falta oler sangre.

Según Costas los depredadores merodean alrededor de los débiles y “hacen conatos de ataque para ver la reacción del jefe de la manada”, pero sólo atacan a su presa “cuando tienen la seguridad de que el resto de la manada no vendrá en su ayuda”. El jefe que defiende a los demás “desarrolla un liderazgo solidario”; el que no lo hace tiene un “comportamiento oportunista”; y si caen las presas más débiles los agresores terminan eliminando a todos, incluso “al propio líder de la manada”.

El problema es que en la sabana no hay manadas de animales que ayuden en bloque a los miembros atacados: los animales o huyen (cebras, gacelas) o cierran filas (búfalos, elefantes), y ocasionalmente un macho dominante o alguna hembra intentan defender a las crías. Pero no suele haber acción colectiva coordinada de defensa ni jefes que den órdenes de defenderse.

Cuando los atacantes se cobran una pieza suelen dejar a los demás en paz, porque disponen de alimento para bastante tiempo, y porque si el animal caído era el más débil, la caza de los siguientes será progresivamente más complicada (aunque sean menos, son relativamente más fuertes).

Donde sí hay acción conjunta es entre los atacantes, como los casos de los grupos de hienas o leonas. Cuando un colectivo es capaz de usar la fuerza en bloque no suele ser simplemente presa sino que, probablemente, es agresor, como en los casos de los insectos sociales (que guerrean sin necesidad de jefes) o los grupos de chimpancés (que viven en la selva y pueden ser depredadores o presas).

En los grupos que tienen un jefe intimidador, como el macho alfa de los gorilas, el colectivo no es en absoluto democrático e igualitario sino que se parece más bien a una monarquía absoluta donde el jefe es el único que tiene acceso sexual a las hembras. Costas reclama al jefe que cumpla con su deber de protección, pero seguramente no aceptaría que ejerza sus derechos de pernada.

En los grupos cooperativos, como las sociedades humanas, hay un problema muy importante que Costas ignora por completo: el control de los gorrones o parásitos, de los oportunistas que viven a costa de los demás, recibiendo más de lo que aportan. Y esa es la función que los países financieramente más sólidos y los mercados de crédito están realizando en este momento: la desparasitación, disciplinando o expulsando a los tramposos que pretenden vivir del cuento.

Francisco Capella es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.

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