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La 'maldición' de la ayuda exterior a los países pobres

Muchos de los países que recibieron grandes inyecciones de ayuda al desarrollo han sufrido décadas de estancamiento económico.

Ángel Martín
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Los importantes recortes del Gobierno español en la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) desde 2009 han levantado las críticas del sector y parte de analistas. El objetivo que se marcó el Ministerio de Asuntos exteriores y Cooperación de alcanzar el 0,7% de ayuda al desarrollo en proporción de la Renta Nacional Bruta en 2012 queda ya en papel más que mojado. "Malos tiempos para la generosidad", así comenzaba el artículo de El País en el que daba cuenta de estos recortes y sus previsiones para este ejercicio.

Ahora bien, más allá de la irresponsabilidad derivada de incumplir los compromisos -y la posible mala imagen internacional que esto puede conllevar-, ¿tendría esto graves implicaciones para los países más pobres? Según Intermón Oxfam, sin duda: "Esto se traduce en que millones de personas no van a tener qué comer".

En Reino Unido se está debatiendo acerca de la conveniencia de establecer por ley el objetivo del 0,7%. Un informe reciente de la Comisión de Asuntos Económicos de la Cámara de los Lores sostuvo que esto sería inapropiado. "Creemos que la ayuda al desarrollo debería ser juzgada por los criterios de efectividad y valor para el dinero empleado y no por si un objetivo de gasto específico y arbitrario es alcanzado".

Las organizaciones de ayuda y agentes del sector de la cooperación británica han criticado con fuerza el informe, señalando los efectos beneficiosos de la ayuda y lo que podría suceder de recortarse. "La ayuda británica proporcionará vacunas contra enfermedades mortales a más de 80 millones de niños, salvando 1,4 millones de vidas [...] Ayudará a crear 19 millones de oportunidades de empleo", señala el director ejecutivo de ONE, organización dedicada a luchar contra la pobreza extrema. Así, se proporcionarían "inversiones esenciales que permitirán a los más pobres escapar de la pobreza y no necesitar la ayuda en el futuro".

Esto último -que la misma ayuda exterior iba a hacer que ésta dejara de necesitarse- se afirmó cuando los países ricos occidentales comenzaron a conceder AOD a lo que llamaron Tercer Mundo, allá por mediados del pasado siglo. Sin embargo, la cuantía en términos absolutos no ha dejado de aumentar desde entonces.

Evolución de la Ayuda Oficial al Desarrollo

Fuente: Development Co-operation Directorate (DCD-DAC), OCDE

Desde 1960 se han concedido cerca de 3,5 billones de dólares en AOD. Recursos que, como señala el prestigioso economista William Easterly, no han servido para, por ejemplo, proporcionar las medicinas necesarias con las que se evite la muerte de niños por la malaria, ni para proveer de mosquiteras a todas las familias pobres del mundo, siendo ambos remedios relativamente baratos.

Así, son cada vez más las dudas acerca del papel de la ayuda al desarrollo como instrumento para reducir sistemáticamente la pobreza, tanto desde perspectivas liberales como de izquierda, e incluso académicas. Aunque dichos enfoques varían: las críticas de la izquierda enfatizan el papel de la ayuda como instrumento ideológico de Occidente y de grandes corporaciones; los liberales destacan que es un arma del intervencionismo gubernamental; y las académicas ponen su acento en la falta de evidencia empírica sobre la relación positiva entre ayuda y desarrollo económico.

Lo cierto es que no existe consenso respecto a los efectos de la ayuda exterior sobre el desarrollo. Pero sí es cierto que no hay una evidencia sistemática de que ésta sea un elemento importante para que los países pobres salgan de su estado de miseria.

De hecho, los países que más han crecido en las últimas décadas, como China, India, Chile o los Tigres Asiáticos, lo hicieron sin cantidades significativas de ayuda. La razón de su éxito radica en factores internos -en pocas palabras, reformas aperturistas y liberalizadoras, en contextos institucionales muy deficientes con gobiernos corruptos y grados de respeto por la propiedad privada mínimos- y no en factores externos.

Por el contrario, países que recibieron grandes inyecciones de ayuda sufrieron décadas de estancamiento. El caso paradigmático es el del continente africano en el último tercio del siglo XX, como se muestra en el gráfico.

En su trabajo sobre los esfuerzos de Occidente para "salvar a África", Easterly concluye que hay pocas evidencias de que se haya ido aprendiendo en el esfuerzo de los países ricos por ayudar al continente africano. Sostiene que la evidencia disponible no apoya la hipótesis de que la ayuda externa pueda generar el desarrollo económico tan necesitado en África.

Así, numerosos investigadores han señalado el mecanismo perverso que establece la AOD respecto a las necesarias reformas que los países pobres deberían emprender, al desincentivar este tipo de cambios. Tengamos en cuenta que si un país receptor de ayuda crece y sale de la pobreza dejaría de percibir esos fondos, por lo que existe un problema de riesgo moral en este sentido.

Lo que suele suceder es que los fondos de ayuda externa son -análogamente a los ingresos derivados de los recursos naturales- un dinero fácil que, especialmente en manos de gobiernos con débiles limitaciones de su poder, son una tentación casi irresistible para la corrupción, concesión de favores y otro tipo de medidas que empeoran el entorno institucional y generan conflictos potenciales, perjudicando así el crecimiento. Por ello, reputados académicos han llegado a denominar la ayuda exterior como una "maldición", en analogía con la maldición de los recursos naturales.

Economistas africanos como George Ayittei Dambisa Moyo, por ejemplo, culpan a los países occidentales de prolongar la pobreza en África a través de la ayuda enviada a los corruptos líderes del continente, ya que ayudan a sostener dictaduras represivas y malas políticas económicas al tiempo que desplazan y marginan a las instituciones indígenas locales, claves para el futuro desarrollo económico de la región.

Efectivamente, los datos demuestran que los países desarrollados han enviado de forma continuada considerables cantidades de fondos de AOD a países liderados por algunos de los peores dictadores del mundo, tales como la Zimbabwe de Mugabe o el Sudán de Omar al-Bashir, sosteniendo financieramente a regímenes corruptos, violentos y represivos que, además, han utilizado una parte significativa de ese dinero para financiar gasto militar.

No obstante, debe matizarse que no toda la ayuda es igual, y que en ocasiones sirve a fines útiles para los pobres. Así lo constatan algunos programas específicos que, por ejemplo, han conseguido procurar alimentos o medicinas a niños y mejores condiciones de salud e higiene (como agua potable) a pobladores de comunidades muy pobres.

Asimismo, es cierto que el recorte en el presupuesto para cooperación al desarrollo puede acarrear consecuencias negativas sobre las personas que se beneficiaban de proyectos concretos. Por ello, es importante seleccionar bien las prioridades. Pero, por otra parte, no es menos cierto que estos proyectos pueden generar una dependencia excesiva en los pobres de las dádivas de los demás, algo que es deseable que acabe antes o después para que sean ellos mismos los que tomen las riendas de su futuro.

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