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El Gobierno español frente al robo de YPF

La nacionalización no es más que un eufemismo que trata de esconder lo que no es otra cosa que un robo, un atraco a mano armada.

EDITORIAL
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Dicen algunos ideólogos y despistados que las multinacionales dominan el mundo. Sin embargo, cualquier Gobierno de vocación tercermundista puede publicar una ley y robarles sus propiedades. Sucede con Chávez y su "exprópiese" y ahora está pasando en la Argentina de Cristina Fernández con YPF, la filial argentina de Repsol.

El Gobierno argentino inició una campaña contra la petrolera muy poco después de que ésta anunciara el hallazgo en el país de su mayor yacimiento de hidrocarburos, equivalente a la suma del resto de sus explotaciones. La historia es la de siempre: una empresa estatal ruinosa, con tantos empleados que teniéndolo todo para ser rentable y aportar ingresos al erario se los hace perder. Es privatizada, la compra una empresa más grande y que sabe cómo hacerla rentable, lo consigue y entonces comienza la clásica retórica de "nos están robando nuestros recursos". El Gobierno roba la compañía a su legítimo propietario y al cabo de no mucho volverá a resultar una ruina, aunque para entonces el político ladrón quizá ya no esté al frente.

Desgraciadamente, esta suerte de nacionalismo económico resulta muy popular. Muchos parecen tratar a las empresas en estos casos como si fueran selecciones nacionales. Se ven las compras de compañías extranjeras como si fueran merecidos goles a favor y las ventas como si nos hubieran marcado de penalti injusto en el último minuto. Pero ni era grave que Endesa acabara en manos extranjeras, ni lo es que YPF fuera comprada por Repsol. Y aunque lo fuera, nada justifica el asalto a la propiedad privada que supone la nacionalización, que no es más que un eufemismo que trata de esconder lo que no es otra cosa que un robo, un atraco a mano armada.

Repsol es una empresa multinacional con sede en España y muchos de sus accionistas son de este país. El Gobierno ha hecho bien en salir antes de que se consumara el latrocinio a advertir a los peronistas de que sus acciones tendrán consecuencias. Pero, desgraciadamente, tanto al Gobierno de Cristina Fernández como al de su marido antes se les ha permitido todo, y como es natural no parece amedrentada por las palabras del ministro Soria.

Es, por tanto, la hora del ministro de Exteriores. No lo tiene fácil Margallo. Los siete años de zapaterismo nos han hundido en la más profunda sima de desprestigio y nula influencia internacional. Nuestra mala situación económica no ayuda tampoco a recuperarlos. Pero es precisamente una actuación firme frente a acciones como ésta lo que nos permitiría volver al camino que nunca debimos desandar. Años de amistad peligrosa con la izquierda carnívora latinoamericana nos han llevado a esto. Es hora de recordar que en el concierto internacional un país no debe tener amigos sino intereses que defender.

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