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Orgullo y caída

En medio de la crisis de confianza que está castigando con dureza inusitada a España empiezan a aparecer propuestas con sentido, entre ellas la que acaban de realizar conjuntamente Francia y la Comisión Europea.

Emilio J. González
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En medio de la crisis de confianza que está castigando con dureza inusitada a España empiezan a aparecer propuestas con sentido, entre ellas la que acaban de realizar conjuntamente Francia y la Comisión Europea para que el Mecanismo Europeo de Estabilidad rescate a la banca española sin que tenga que pedirlo previamente nuestro Gobierno.

La propuesta es acertada por varios motivos. Si el rescate de la banca española se tiene que hacer mediante la emisión de deuda pública se plantea el problema de que las subastas para financiar las operaciones de recapitalización de las entidades crediticias de nuestro país se queden desiertas o la demanda no se cubra en su totalidad. Si se diera esta circunstancia, sería un verdadero desastre para la economía española porque la desconfianza hacia la misma se dispararía aún más y, probablemente, la colocaría en una situación de insolvencia. Ese es un riesgo que, de ningún modo, se puede correr. Además, suponiendo que las subastas de deuda se cubriesen en su totalidad, lo serían, muy probablemente, con tipos de interés muy altos. Todo ello aumentaría el peso del capítulo de deuda pública en los presupuestos del Estado, presionando el déficit al alza cuando lo que hay que hacer es reducirlo cuanto antes. Y también encarecería las emisiones de deuda que tiene que llevar a cabo el Estado para financiar el desequilibrio tanto de sus cuentas públicas como de las de las autonomías y ayuntamientos. Las consecuencias presupuestarias, por tanto, volverían a ser las mismas que las de la utilización de la deuda pública para recapitalizar a los bancos y cajas de ahorros españoles que lo necesiten. En consecuencia, ésta no es, ni de lejos, la mejor opción.

Mucho más sensato resultaría, como proponen Francia y la Comisión Europea, que estas operaciones se llevaran a cabo con cargo a los fondos del Mecanismo Europeo de Estabilidad porque ello evitaría los problemas presupuestarios y de deuda antes comentados. Además, serían los bancos y cajas de ahorros, y no el Estado, quienes tuvieran que devolver esas ayudas y pagar los intereses que generaran las mismas, en vez de tener que hacerlo el contribuyente. Entonces, ¿por qué el Gobierno rechaza esta opción de forma tajante? Pues, en primer lugar, porque el Ejecutivo piensa más en los costes políticos que ello le acarrearía que en hacer todo lo posible para sacar adelante a la economía española. Y, en segundo término, porque la intervención del Mecanismo Europeo de Estabilidad podría conllevar que la solución para algunas entidades crediticias españolas fuera la quiebra o la venta a entidades extranjeras y el Gobierno no quiere ni lo uno ni lo otro, cuando sería lo mejor para poner fin a la crisis del sistema financiero español y, con ello, a la crisis de confianza en nuestra economía. Dicen los ingleses que el orgullo precede a la caída. Pues si por orgullo rechazamos que el Mecanismo Europeo de Estabilidad capitalice a la banca española, lo que puede venir después es la caída de nuestra economía. El Gobierno debería tenerlo en cuenta.

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