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Caos, desvergüenza y economía

La economía se desenvuelve bien en el orden, en la honestidad, en la verdad y en la rectitud de criterio. Lo contrario es pedir peras al olmo.

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La Economía tiene pocas leyes, muy pocas, pero algunas se cumplen de forma irremisible. Por encima de leyes como la de la demanda, que también cuenta con excepciones, existe un principio de validez universal cuya evidencia se manifiesta una y otra vez en la historia de la humanidad: es el referido al caos, según el cual, en situaciones de caos político, jurídico o social, la actividad económica se paraliza sin solución.

En España acostumbramos a desmontar la propia existencia y la razón de la misma, por cualquier circunstancia. Un simple cambio de gobierno, aun dentro del mismo partido político, con frecuencia supone comenzar de nuevo. Se diría que en este país nada permanece; todo, hasta lo que supuestamente debería ser más permanente, está siempre en cuestión, con los políticos y el pueblo dispuestos a su demolición.

En ocasiones es el simple resultado de gobernar a la contra y en otras se trata de impedir que se gobierne, por si el modo de gobernar resultase ajeno a los gustos de la minoría; de esa minoría que, dada su insignificancia en el respaldo popular, no encuentra otro medio de hacerse valer que el conflicto, la coacción, las agresiones y, en general, la perturbación del orden; es decir, el caos.

Se entenderá que la laboriosidad, la disponibilidad a asumir riesgos en un mundo de incertidumbre y el capital para la inversión requerida para el crecimiento económico huyan en busca de otros escenarios que al menos procuren sosiego, orden y seguridad jurídica. La incompatibilidad entre economía y desorden es, pues, manifiesta. Y no importa que los autores del caos sean los antisistema o los apóstoles de un mundo mejor, como el de aquella vieja fábula alemana donde todo se conseguía sin esfuerzo, todas las necesidades eran satisfechas y el futuro estaba asegurado para todos.

Grave para la actividad económica es también la desvergüenza testimoniada por los visibles representantes de los poderes públicos. Ésta transmite a los ciudadanos la sensación de que todo es posible sin coste personal alguno. Es vergonzoso que un expresidente de comunidad autónoma sólo conociera por la prensa las irregularidades que se cometían en su gobierno. Como vergonzoso es que quien convoca unas elecciones autonómicas para liderar un proceso secesionista pida quinientos millones al Estado del que se quiere segregar.

¿A quién puede sorprender que baje el IBEX y que suba la prima de riesgo? Desde el exterior, y también desde aquellos que en el interior aspiran a otro modo de vivir, no pueden sino considerar nuestra Nación como un país de chufla, en el que nada es, y por no ser, ni siquiera es lo que parece ser.

La economía se desenvuelve bien en el orden, en la honestidad, en la verdad y en la rectitud de criterio. Lo contrario es pedir peras al olmo y lamentarse cuando no las da.

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