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Destruimos menos empleo

Los empresarios responsables y que pretenden continuar en la actividad no son aficionados al despido, como siguen queriendo hacer creer algunos.

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Resultaría ridículo hablar de punto de inflexión en nuestro depauperado mercado de trabajo y sería una falta de respeto con los cerca de seis millones de desempleados sugerir que se avistan brotes verdes en el horizonte. Elena Salgado ya salió, afortunadamente, de cualquier responsabilidad política, así que no hay espacio para tonterías. Hay que ser muy rigurosos al analizar los datos de paro registrado y transmitir sólo lo que nos indican, y no lo que querríamos que nos dijeran. En este sentido, es rigurosamente cierto que se sigue produciendo un crecimiento del paro muy importante, pero que los ritmos son menores. La tasa interanual de aumento del desempleo se ha situado en diciembre en el 9,6%. ¿Podemos estar contentos con la cifra? Claramente no. Pero se trata de la menor cifra desde hace exactamente un año. En 2012 llegamos a alcanzar el 12%. Todo ello, a pesar de que estamos en pleno proceso de reestructuración del infladísimo sector público que no somos capaces de pagar.

Realmente podríamos estar muy cerca de tocar suelo, aunque bien es cierto que esto no debe servir de consuelo porque la situación ya es suficientemente dramática. Por otro lado, esto no implica que vayamos a crear empleo de forma inmediata y, a lo peor, ni siquiera mediata. El empleo en economía es un indicador retrasado de actividad, es decir, el primero en responder a la llamada de la crisis y el último en abandonar. Si no seguimos actuando adecuadamente, seguiremos arrastrándonos por el suelo. Lo que parece ya fuera de toda duda es que las políticas de huida hacia adelante y de gastos a tontas y a locas son el camino más directo al suicidio general.

Respecto a la primera reforma laboral de la Ministra Báñez, ya disponemos de datos para empezar a detectar resultados. Desde que se puso en marcha, en febrero del año pasado, hasta el mes de diciembre, el desempleo se vio incrementado en 136.000 personas. Pues bien, durante el mismo período del año 2009, el incremento alcanzó a 450.000 ciudadanos. Parece que la diferencia es más que evidente y que es empíricamente cierto, como ya se adelantó aquí mismo cuando se publicó la citada norma, que se trataba de medidas previas al despido que aportaban a la empresa herramientas de adaptación a las circunstancias negativas. Los empresarios responsables y que pretenden continuar en la actividad no son aficionados al despido, como siguen queriendo hacer creer algunos. Para ellos es su propio fracaso.

En este sentido, hay que subrayar el hecho de que han aumentado los expedientes de reducción de jornada, así como las suspensiones temporales de empleo, en perjuicio de los fatídicos expedientes de extinción.

Todo esto significa que hemos conseguido algo importante, como es frenar la hemorragia, pero el paciente sigue en coma y su estado reviste una enorme gravedad. Continúa con vida, pero porque se están aplicando externamente ayudas que no son sostenibles en el tiempo (gran presión fiscal). Por lo tanto, parece que el nuevo equipo médico sabe lo que se trae entre manos, pero no podemos perder ni un minuto porque la situación continúa siendo trágica.

El nuevo equipo médico debe saber que ellos sólo pueden ayudar a arreglar el problema, pero que el organismo sólo volverá a la normalidad si es capaz de volver a funcionar bien por sí mismo. El Gobierno sólo puede limitarse a eliminar (y ya es mucho) el sobredimensionamiento de las administraciones y facilitar que la economía productiva vuelva retomar su protagonismo central. Esto sólo se puede hacer con reformas, y aún tenemos muchas pendientes. Hay que poner en marcha una nueva reforma laboral que nos acerque más a las condiciones de nuestros competidores de Europa. Es necesario trabajar en políticas activas de empleo porque no vale decir que no son eficaces. Sí que lo son. Las que no son eficaces son muchas de las que se aplican en España, así que hay que cambiarlas sin más demora. Los resultados de estas políticas deben estar permanentemente evaluados para eliminar las que no funcionan, potenciar las que obtienen buenos resultados y poner en marcha las que se necesitan exactamente en cada momento. Básicamente se trata de dos conceptos: formación e intermediación. A las dos hay que exigirles resultados tangibles y en el mundo del empleo los resultados son las incorporaciones al mercado de trabajo, lo demás es quedarse a mitad de camino.

Por otro lado, es necesario acometer políticas que estimulen nuestro deteriorado sector industrial, el cual es estratégico para la creación de empleo de valor añadido. Y de la mano de ello, es crítico favorecer la actividad exportadora que en este momento es fundamental. Tampoco pueden faltar las políticas que rompan muros en nuestros diecisiete reinos de taifas, estimulando la unidad de mercado, ni tampoco aquellas que resitúen la presión fiscal que padecemos familias y empresas en términos razonables.

Mucho por hacer. Es la responsabilidad que tenemos contraída con los casi seis millones de parados y nuestras futuras generaciones. No hay tiempo para autocomplacencias. Por cierto, habría que recordar al líder de la oposición que los desempleados necesitan ayudas económicas, pero lo que quieren es disponer de herramientas que les permitan tener un empleo y poder vivir, no sólo subsistir.

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