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Actitud Adecco frente a las movilizaciones

Me parece importante subrayar la iniciativa de Adecco de lanzar sus equipos a la calle para acercarse a los desempleados.

Francisco Aranda
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Actitud constructiva frente a la destructiva. Disposición inclusiva frente a la extractiva. Unos cuantos, la verdad es que se están quedando ya en un número casi marginal, prefieren continuar con movilizaciones en blanco y negro, aderezadas con la hoz y el martillo junto con fotos de Lenin y demás parafernalia marxista, exigiendo al Estado que arregle sus problemas. Pero otros, cada vez más, optan por trabajar, por esforzarse, por ayudar, por facilitar a los individuos herramientas para que puedan desarrollarse como ciudadanos libres.

Trato de transmitir la dicotomía que a mi juicio existe en la España actual entre dos actitudes: la proactiva, que está presidida por la cultura del esfuerzo, y, por otro lado, la que prefiere increpar al Estado para que le ayude a salir de una crisis en la que nos metió el propio Estado. Vaya contradicción.

Me parece importante subrayar la iniciativa que empresa Adecco ha protagonizado hace sólo unos días, consistente en lanzar sus equipos a la calle para acercarse a los desempleados y aportarles un primer asesoramiento en la búsqueda de empleo, elemento básico de la dignidad de las personas. Ya sabe usted, querido lector, que durante varios años tuve la suerte de presidir en España la asociación que agrupa a importantes empresas del sector, así que me emocionó especialmente conocer que la empresa líder ponía en marcha esta iniciativa de claro contenido social, pero con un perfil del siglo XXI. Hechos y no bla, bla, bla. La idea no es repartir miseria, ni dar limosnas a aquellos que no tienen empleo, sino ayudarles para que salgan de esa situación, angustiosa desde todos los puntos de vista.

Ahora es insuficiente contar con capital humano con muchos títulos académicos. Si no saben enfrentarse a una entrevista de trabajo o elaborar un currículo profesional en el cual destacar qué saben hacer y cómo pueden ser útiles a una empresa determinada, se quedarán atascados en el lodazal del maldito desempleo. Se trata de ayudarles a ponerse en valor y de acercarles a los empleadores. Y a lo mejor, tras ese proceso, algunos deciden vender sus capacidades a las organizaciones a través del autoempleo. El problema ahora es más evidente porque tres de cada cuatro desempleados no sabe trazar su plan para encontrar un trabajo, lo cual genera frustración y puede hacer estallar en pedazos la autoestima del más pintado. Y eso hay que evitarlo. Buscar trabajo es un trabajo en sí mismo, con enormes dificultades y experiencias muy desincentivadoras, por ello es fundamental que una sociedad verdaderamente social disponga de instrumentos basados en la eficacia.

Según los datos que se han hecho públicos, cerca de mil quinientos expertos de Adecco salieron a la calle al encuentro de casi ochenta mil desempleados y han realizado quinientos talleres (gratuitos). Imagino que alguien estará pensando que detrás de todo esto lo que subyace es una inteligente acción de marketing. Mi respuesta es que probablemente sea así, pero al mismo tiempo me pregunto qué hay de malo en que una empresa cuyo éxito se basa en la eficacia de su servicio ponga sobre la mesa que sabe cómo ayudar a nuestra sociedad en su principal problema, que la hunde cada día más. Desde luego, no es la pócima mágica, pero sí que es parte de la solución. Por eso estoy seguro de que la ministra de Empleo, Fátima Báñez, va a contar con estas empresas para ayudar a los españoles.

Los datos oficiales constatan que la intermediación laboral pública en España no funciona. Ahora no me voy a extender con ella, aunque ya le indico que me gusta mucho el Servicio Público de Empleo de Austria (AMS), que funciona con una gestión por objetivos y una rendición de cuentas por oficina.

Sin embargo, la intermediación laboral privada sí que ha demostrado eficacia, por lo tanto parece razonable hacer recaer sobre ella esa labor y retribuirla exclusivamente en función de resultados, no con subvenciones, ayudas por acompañamiento durante el proceso o dinero por cursillos estúpidos. No es momento de aportar sólo buenas intenciones, ni de hacer experimentos. El objetivo es colocar a los desempleados, por lo tanto la contraprestación económica sólo debe existir cuando se integre a la persona en el mercado laboral, y contar con quienes mejor lo hagan. La situación no está para enredos. Todo ello, lógicamente, de forma gratuita para los individuos. Es lo que yo llamo la Sociedad del Bienestar, porque te ayuda de forma eficaz y no hace falta que los operadores sean públicos.

Tras la primera reforma laboral, es urgente que Báñez avance en esa línea como hizo el ministro Hartz en Alemania hace más de diez años. Uno de los capítulos que nos faltan por reformar es el de las políticas activas y pasivas de empleo. No estoy a favor de un recorte lineal de los subsidios, porque se perjudica al responsable, pero tampoco me parece eficiente el modelo actual, porque se beneficia el caradura. Nuestro sistema está descontrolado desde el principio porque las prestaciones (políticas pasivas) las aporta el Gobierno central, mientras que las políticas activas las desarrollan las autonomías. Me parece básico ligar políticas activas y pasivas.

Mi modelo favorito –en el plano general– es el danés, basado en el llamado principio de derecho y deber, que consiste en que los desempleados tienen derecho a que el Estado les mantenga un determinado nivel de rentas pero también la obligación de buscar activamente empleo y estar dispuestos a trabajar. Así mismo, las personas son libres de acometer esta labor con el operador que quieran (público o privado), el cual desarrollará las labores que considere adecuadas en cada caso para integrarlo en el mundo del empleo. Lógicamente si el cliente (desempleado) no colabora puede retirarle la prestación. Por cierto, en Dinamarca las prestaciones son más elevadas, pero su desempleo ronda el 5%. En cuanto a Austria, me dicen que en abril la tasa de paro de Viena ha sido del 9,6% (83.000 personas), y la de Salzburgo del 6% (15.000 personas).

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