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El salario mínimo genera paro

El salario mínimo perjudica especialmente a los trabajadores menos cualificados y, dentro de este colectivo, especialmente a los jóvenes.

Francisco Aranda
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A primera vista, y en este magma de mediocridad, demagogia e inútil mesianismo público que nos impregna, la afirmación que ocupa el titular de esta tribuna puede parecer digna de un terrible explotador sin escrúpulos, que pretende aprovecharse de forma inmoral de los más débiles y tratarlos como esclavos del siglo XXI.

Pues bien, necios y falsos empresarios aparte, le voy a tratar de exponer que se trata de todo lo contrario. Es decir, que esa afirmación sólo puede partir de quienes precisamente quieren ayudar a los que presentan más dificultades para integrarse en el mercado laboral.

En primer lugar, hay que señalar que el salario mínimo perjudica especialmente a los trabajadores menos cualificados y, dentro de este colectivo, especialmente a los jóvenes. La economía funciona porque existen organizaciones que desarrollan productos o servicios que otros demandan, para lo cual se necesita capital humano con unas habilidades, una experiencia y unos conocimientos concretos. Si una persona aporta valor añadido a una empresa y no se ve suficientemente recompensada, lo normal es que pretenda buscar un nuevo proyecto en el que perciba que su trabajo es mejor valorado. Aproximadamente, la retribución de sólo el 3% de los activos depende del salario mínimo. Y si no existiera ese concepto probablemente obtendrían el mismo salario en un mercado competitivo.

Pero lo que es más relevante aún es el número de personas que no cobran ni eso, debido a que se encuentran en el paro. El hecho de obligar a las empresas a pagar salarios que están por encima de la aportación que ofrecerían esos trabajadores provoca que los empleadores no los contraten. Póngase usted en la posición de un empresario, por ejemplo, del dueño de un taller de automóviles especializado en chapa y pintura. Pregúntese si contrataría por 600 o 700 euros a un joven, o un mayor, sin experiencia ni formación profesional, que llama a su puerta con la sana intención de integrarse en el equipo. Lo lógico es que no lo contratara. Pero imagínese que esta persona le convence de que lo que quiere es aprender de verdad y empezar desde cero, para lo cual va a poner todo su interés. Es decir, que va a poner mucha voluntad, pero que alguien va a tener que ocupar su tiempo en enseñarle y guiarle hasta poder dejar en sus manos, con garantías, la reparación de un automóvil, si esta circunstancia llega a producirse.

Pues, pese a su posible buena voluntad, hay un salario mínimo que tendrá que abonar, a pesar de que es superior a lo que le va a aportar esa persona. Por eso, el salario mínimo es una montaña con un pico elevadísimo de superar para aquellas personas sin formación, que en España pueden ser cerca de un millón y medio de las que están encarceladas en el desempleo.

Le diré, al mismo tiempo, que no participo de la idea de que para que nuestra economía sea competitiva –de forma sostenible– ha de estar basada en salarios bajos. Yo creo en los salarios (libres) altos porque eso significa que tenemos una economía donde se aporta mucho valor añadido. Competir en el mercado sólo en función del precio significa entrar en una dinámica que siempre acaba mal y que nos empobrece a todos. La clave está en la diferenciación, que no tiene que basarse en una I+D+i efectuada por varios premios Nobel en física cuántica, sino en la diferenciación, en la adaptación permanente a las necesidades del cliente, al servicio postventa, a la sostenibilidad del medio ambiente, al packaging, a los valores que rodean al producto o, efectivamente, a la sofisticación tecnológica del mismo.

Recuerdo cuando el pintoresco Rodríguez Zapatero afirmó en 2008 que pretendía subir el salario mínimo a 800 euros o a 1.000. Eso sólo hubiera condenado al desempleo a aquellas personas cuya aportación a sus empresa no llegara a esa cantidad, por falta de formación o experiencia. Si un empleador no contrata a una persona que pide cobrar sólo el salario mínimo es porque no le compensa tenerla en plantilla. Y sólo le dará un empleo cuando el valor de su trabajo sea, al menos, igual al coste que le supone emplearlo.

Estoy convencido de que el joven sin formación ni experiencia que empieza a aprender en el taller citado anteriormente, si pone todo de su parte, tiene paciencia y es diligente, cuando transcurra un tiempo prudencial estará percibiendo una retribución por encima del salario mínimo. Pero porque él lo vale, no porque una ley lo obliga de forma artificial.

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