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Cuando el emergente se hunde

Rendimiento y seguridad son variables contrapuestas.

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Rendimiento y seguridad son variables contrapuestas.

Las cosas pasan hoy como han pasado siempre, aunque su percepción sea distinta, como diferentes pueden ser sus efectos. Es bien cierto, aunque no tanto como suelen decir los oráculos mundanos, que el mundo es cada día más global. Lo es, paradigmáticamente, en el mercado financiero, donde sus recursos, gracias a sus agentes y a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, fluyen con gran agilidad y rapidez de un lugar a otro, operando en tiempo real, en puntos opuestos de nuestro planeta.

Ya lo es menos cuando de movimiento de mercancías y servicios se trata, pues el mundo, donde impera el egoísmo, está sembrado de actitudes proteccionistas que convierten esa globalización de los mercados en una pura utopía. Y, aquí, sí que hay alguna novedad.

Desde hace algunos lustros, hemos visto nacer un nuevo proteccionismo, no tan transparente como el anterior –de corte tarifario–, cuyo objetivo no es proteger a las economías pobres de las ricas, sino las ricas de las pobres. En unos casos se concreta en productos agrarios; en otros, en los industriales y los servicios. En conclusión, que los esfuerzos para un mercado global se encuentran impotentes ante los egoísmos proteccionistas.

Dejamos para otro día la globalización del trabajo y de las rentas, es decir, del movimiento de las personas. Aquí, si somos sinceros, todo está por hacer. El egoísmo parece decir que la supervivencia es problema de quien la pretende.

En este mundo global, cada vez son más las categorías en que agrupamos a las naciones. Frente al dualismo inicial desarrollados-subdesarrollados, o ricos-pobres, hoy hablamos de países en desarrollo, de economías en transición, de países emergentes, en definitiva, bloques que operan como tales, frente a la libertad por la que se apostó terminada la segunda guerra.

Las economías emergentes suelen ofrecer oportunidades de inversión a tasas de rendimiento inimaginables en las economías maduras y estables. Ahora bien, como todo financiero sabe, las altas tasas de rendimiento probable tienen un coste implícito: la posible inestabilidad y quiebra del sistema. Rendimiento y seguridad son variables contrapuestas.

Una quiebra en países emergentes tiene un efecto financiero que afecta a los inversores en activos financieros y también los que lo son en activos reales. Y en el mundo financiero sí que la globalización es un hecho, trasladándose los efectos de un lugar a otro y de una institución a otra, sin reconocer fronteras.

La rapidez con que se transmite la crisis financiera de 2007, que se hace notar con la quiebra de Lehman Brothers, está en la mente de todos. El dinero abundante y barato, motivo de grandes alegrías para sus beneficiarios, y con grandes rentabilidades políticas para quienes las promueven a través de los bancos centrales, genera tristezas, además de para quienes se beneficiaron, para los que nunca tuvieron tal privilegio.

Esperemos que en este caso no llegue la sangre al río y que se trate de simples escaramuzas.

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