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Derecho a despedir

Las empresas deberían poder despedir, y contratar, cómo, cuándo y a quien les diera la real gana.

Daniel Rodríguez Herrera
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Es fácil argumentar contra el escándalo y el boicot que se ha montado a costa de los despidos en Iberian Partners, la empresa española que embotella las bebidas de Coca Cola. Más que nada, porque los beneficios de la multinacional son irrelevantes, ya que se trata de una empresa distinta. Y porque parece un poco contraproducente montar un boicot contra una empresa que decide cerrar plantas y despedir trabajadores porque ha descendido la demanda de su producto. Pero aunque así se pueda convencer a personas desinformadas, que, sin embargo, no son impermeables a la razón, no dejan de ser cuestiones accesorias.

Lo realmente importante, lo que parece que no nos entra en la cabeza, es que las empresas deberían poder despedir, y contratar, cómo, cuándo y a quien les diera la real gana. En nuestra vida diaria lo tenemos muy claro. Si, por ejemplo, contratamos a una persona para que nos limpie la casa, nos planche la ropa y demás, nos parece normal contratarla por horas y romper la relación si no nos satisface, generalmente sin indemnización por despido ni nada. Y no encontramos problema moral en ello: al fin y al cabo, es lo que habíamos acordado desde un principio.

Sin embargo, eso que vemos tan claro cuando somos nosotros los empleadores deja de estarlo cuando éstos son otros. Si, como es el caso, una empresa tiene varias plantas y centenares de trabajadores que no aportan valor, no porque sean malos ni vagos, sino porque simplemente no hay ventas suficientes para justificar tanta capacidad de producción, mantener esos empleos no es sino caridad. Y la caridad está muy bien, pero sólo si es voluntaria. Cuando es obligatoria se parece demasiado al robo. Imagine que decide limpiar y planchar usted mismo y, sin embargo, se le obliga a seguir pagando a alguien para hacer esa misma labor todos los meses, pese a que no lo necesite. Aunque no pasara apuros económicos, seguiría siendo injusto.

Un contrato de trabajo no es ni debe ser un matrimonio, que es como nos lo tomamos en España, al menos cuando quienes contratan son los malvados empresarios explotadores. Y no sólo porque sea injusto para quien contrata, sino porque es malo también para los empleados. Nos creemos que impidiendo el despido todo lo que podamos tendremos un trabajo seguro para toda la vida. Y sin embargo somos el país de la OCDE donde más miedo hay a perder el empleo. Porque, claro, con tanta supuesta protección, los empresarios intentan contratar lo menos posible, y es mucho más difícil conseguir un trabajo si finalmente, y pese a todo, nos despiden o la empresa se va a pique.

Un mercado laboral mucho más libre como el norteamericano, o flexiseguro, como los nórdicos, no sólo es éticamente más justo para todos los implicados, sino que facilita que mucha más gente encuentre trabajo y que haya menos miedo a perderlo. Pero nuestro odio al empresario nos impide siquiera considerarlo. Sí, perder el trabajo sin merecerlo es injusto. Pero lo es mucho más obligar a otra persona a pagarte cuando ya no quiere hacerlo.

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