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No todo son ventajas

Menos mal que está Europa para frenar los desmanes del nacionalismo económico.

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El refranero español, cuando se expresa en términos tales como "nunca llueve a gusto de todos", está desmontando la esperanza de encontrar una fórmula magistral, también en política económica, que satisfaga a toda una sociedad. Esas fórmulas milagrosas no existen, al menos en el quehacer de los hombres.

Cualquier opción, por deseada que sea y por ventajosa que se presente, tendrá con seguridad consecuencias adversas, tanto para quien la había juzgado conveniente como para el resto de la comunidad, que no pasaba de ser un sujeto pasivo en la valoración de la misma.

Y como llevo mucho tiempo criticando la política de demanda que se viene practicando en los distintos países de la Zona Euro, y concretamente en España, con la inestimable ayuda del Banco Central Europeo, me referiré a algún resultado negativo que ya se ha hecho presente en nuestra economía.

Asumo el riesgo con estas líneas de que algún lector, convencido del sinsabor económico al que me refiero, apunte alguna medida para corregirlo que nos llevaría a hundirnos más aún en el fango de la negatividad. Veamos, pues, en qué estoy pensando.

Es natural que, cuando se clama por un dinero fácil, abundante y barato, la pretensión no sea directamente la del endeudamiento más que probable, sino la de que un mayor gasto en la economía –resultado de mayores disponibilidades monetarias– acelere la inversión del sector productivo y, con la inversión, también el empleo, cuyos nuevos salarios acentúen más aquella demanda, incrementando, como resultado, el nivel de renta de la nación y, con ella, las rentas personales de sus ciudadanos.

¿Estoy en contra de este principio? Desde luego no, si además se me dice que hay recursos –capitales, deseo inversor, y trabajo disponible– esperando un simple estímulo para movilizarse. Lo que nadie ha dicho es dónde están los recursos esperando ser movilizados y dónde se localizarán los procesos de producción para atender la mayor demanda de bienes y servicios.

En efecto, y no voy a decir lo contrario, la demanda de consumo y de inversión se ha acelerado en los últimos meses, provocando un empeoramiento del sector exterior de nuestra economía, que a finales de julio arrojaba un déficit comercial por encima del doble del que tuvo lugar en el mismo período del año anterior. ¿Quiere decir esto que ese efecto de aceleración económica al que hemos hecho referencia no se ha producido en esta ocasión? Tampoco suscribiría yo esta afirmación. Lo único que sí ha ocurrido es que el efecto se ha dado en el país que ha producido los bienes que han importado los españoles –familias, empresas y Administraciones Públicas– y que ha provocado el déficit comercial en nuestra cuenta del sector exterior.

Espero que nadie tenga la ocurrencia mercantilista de proponer que se restrinjan las importaciones, aunque nada es de extrañar cuando se busca la intervención pública para que resuelva los problemas. Menos mal que está Europa para frenar los desmanes del nacionalismo económico.

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